La suma infinita: «La propagandista. Ensayando a María Lejárraga», de Carla Chillida y Rafa Segura

Sandra González Jurado

Uno, más uno, más uno, más uno… Con esta sencilla y potencialmente infinita suma comienza el espectáculo La propagandista. Ensayando a María Lejárraga, que tuvo lugar el pasado 8 de enero en el Espai Inestable. La obra surge de la colaboración de la productora Chamán Producciones con la compañía A Tiro Hecho, y cuya dirección escénica estuvo a cargo de Carla Chillida con la asistencia de Rafa Segura. 

Una, más una, más una son las sillas escolares (hasta sumar doce), más una mesa, más una pizarra, más un cuadro de Alfonso XIII (y más tarde de Juan Carlos I, y de Felipe VI), que son los elementos que conforman el espacio escénico. La puesta en escena a lo largo de la obra se revelará tremendamente versátil y polivalente. Será el movimiento de las sillas y de la mesa lo que permitirá la creación de diferentes escenarios, así como la inclusión de objetos como una rosa roja, un ejemplar de El Capital de Karl Marx o la bandera republicana española. Hasta el momento de comenzar, hemos visto a la actriz (Gemma Viguera) mantenerse de pie, de espaldas al público, mientras que el actor (Jorge Tesone) consultaba distraído un libro en otra silla —de las no escolares— en el extremo del escenario. La creación de dos sectores diferenciados en el espacio escénico permitirá una clara separación —a su vez apoyada en la iluminación— en el establecimiento de los dos temas principales de la obra. Por un lado, la vida y obra de María de la O Lejárraga —también conocida con los apellidos de su marido como María Martínez Sierra—: dramaturga modernista y diputada socialista del primer tercio del siglo XX. Por otro lado, la reflexión metateatral que actriz y actor hacen sobre cómo representar (ensayar) a Lejárraga, qué carácter quieren imprimir a su representación y las consecuencias que acarrean estas decisiones. Sobre estos sectores diferenciados y la apelación directa al público durante la obra me referiré más adelante. De los elementos que conforman la escena, creo necesario destacar especialmente el uso de la pizarra como soporte audiovisual. A lo largo de la obra veremos cómo esta pizarra se utiliza para proyectar en ella texto y vídeo que acompañan y refuerzan el mensaje general de la obra: estoy pensando por ejemplo en el discurso pronunciado por Alfonso XIII, interpretado por Tesone, sobre el resultado de las elecciones de 1931 que propician su huida de España mientras se proyecta de fondo una escena de una película pornográfica, en clara alusión a las iniciativas cinematográficas personales del rey.

La obra recorre a lo largo de setenta minutos el periodo 1874-1974, o lo que es lo mismo, los casi cien años que vivió María Lejárraga. Se nos señala que la vida de nuestra protagonista tiene un carácter en cierta medida cíclico: nace y muere al filo de una restauración borbónica, y entre ellas encontramos revolución, república, dictadura y exilio. Así pues, el personaje de Lejárraga deviene atractivo para el público desde el primer momento, al menos por haber sido testigo de acontecimientos históricos tan relevantes en la historia del siglo XX.  Sin embargo, conforme avance la obra el público tendrá el placer de comprobar que María Lejárraga no se limitó a ser testigo de su época, sino que también fue protagonista de ella. La panorámica que se ofrece de su vida atiende a aspectos tales como su faceta como creadora, su relación sentimental con Gregorio Martínez Sierra, su militancia socialista así como su labor propagandística durante la Segunda República.

El relato, estructurado de manera lineal, comienza en la infancia de María, donde ya se nos presenta a una ternísima María, ávida de conocimiento y que, apuntando a lo que hubo de ser después su trayectoria política, en conversación con un compañero de clase comenta muy orgullosa haber conocido a Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). De la educación de María pasamos a su faceta como educadora, que abandonaría tras casarse. Asistimos al comienzo de su relación con su futuro marido, Gregorio Martínez Sierra, con el que se casaría en el año 1900, y cuya relación se define en términos de atracción principalmente intelectual. La visión financiera y comercial de Martínez Sierra y el talento de Lejárraga hizo que el matrimonio se caracterizara por una armonía creadora, por su relevancia en el panorama artístico del momento —estableciendo relaciones con artistas como Juan Ramón Jiménez, Manuel de Falla o los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero— y, especialmente, por sus colaboraciones. Así se nos narra el comienzo de lo que hubo de ser una larga colaboración a cuatro manos, que a la luz de los hechos presentes parece que solo fueron dos: las de María. En escena se nos propone un ritmo frenético de cartas donde Martínez Sierra encarga a su esposa discursos, artículos, conferencias y libretos que final y convenientemente él firmará. Por lo que hace a este aspecto de la vida de María, he de reconocer que ante el visionado del espectáculo agradecí que no se hiciera un examen exhaustivo de la casuística que provocó que Lejárraga tuviera años después problemas para reconocer sus derechos como autora. Y repito que lo agradezco, porque es cierto que es un tema realmente jugoso que se hubiera prestado a ocupar toda la representación —que bien lo merece—, y sin embargo la directora ha apostado por atender otros aspectos también interesantes de la vida de Lejárraga. Si el espectador o la espectadora deseara ampliar información siempre puede recurrir a la fuente primaria Gregorio y yo: medio siglo de colaboración (1953). 

Como he adelantado previamente, las tramas de la obra se intercalan y al apunte biográfico sobre la infancia y matrimonio de María le sigue una reflexión sobre el papel de la actriz. ¿Se está metiendo en el papel? ¿O, tal vez, sus propias convicciones le impiden fusionarse con el personaje? Bien podríamos pensar hasta qué punto es necesario que actor/actriz se supediten al personaje de forma amable, y qué problemas puede entrañar representar un personaje —histórico, como es el caso que nos ocupa, pero también ficticio— con el que se está en desacuerdo. Personal y humildemente, desde la visión de alguien que ha pisado en contadas ocasiones un escenario, creo que la actriz y el actor deben sentirse cómodos con su representación, que no tiene demasiado que ver con a quién se representa.

Seguidamente, se introduce la adhesión ideológica al socialismo de Lejárraga y su militancia desde 1931 en las filas del PSOE. Desde el comienzo se hace una interesante reflexión sobre lo que puede llegar a suponer militar en un partido: reparto de carnets que acrediten la pertenencia a una comunidad, así como la supeditación de las creencias propias a un marco común más amplio, esto es, el del partido. Estas reflexiones entroncan de manera coherente con el discurso de Lejárraga que abre —y cierra, lamento el destripe— la obra: la concepción del partido como agrupación humana vinculante aunque no jerarquizada. Esto es: uno más uno, más uno, pero no uno sobre otro. 

En relación con su período como diputada y, sobre todo, como propagandista socialista, se pone en escena su compromiso con la causa feminista. En efecto, Lejárraga emprendió todo un viaje a lo largo de la península con el objetivo de atraer el voto hacia su partido. Esta campaña, además, tenía una destinataria concreta: la mujer. Tras la consecución del derecho al voto por parte de la población femenina, los partidos hubieron de considerar que su potencial votante ahora también era la mujer. Este hecho se aprecia perfectamente en la obra, donde se escenifica un mitin del PSOE del que formó parte María Lejárraga y en el que la diputada se queja de la escasa presencia de mujeres; asimismo, se representa una charla ante un auditorio femenino en el que Lejárraga se queja del espacio que les han dejado, pero donde no duda en instar a las mujeres a votar por su partido y a tomar partido en la República. 

Tras estas escenas, llega el que para mí es el mejor momento de la representación: me refiero al diálogo —casi enfrentamiento— que actor y actriz tienen acerca del enfoque que están dando al personaje y a la obra. El reproche de él se basa en que la actriz no consigue meterse en el papel porque no está en consonancia ideológica con el personaje; el reproche de ella es si de verdad van a hacer otra obra de alabanza a la República. Con este reproche que en cierta medida me recuerda a Isaac Rosa y su ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! (2007), se invita al público a reflexionar sobre el acercamiento al pasado reciente que estamos asistiendo. Alabar la República, sus bonanzas y adquisiciones de derechos es realmente legítimo; sin embargo, en la actualidad resulta mucho más operativo plantear un acercamiento algo más crítico. Ahí reside, en mi opinión, el acierto de la obra, ya que de manera simultánea a la recuperación necesaria de un personaje como María Lejárraga se nos invita a una reflexión sobre nuestro presente, sobre nuestras decisiones como creadoras a la hora de hacer memoria y sobre las responsabilidades que ello acarrea. En un momento dado, la actriz reconoce que «no están las cosas como para meterse con la República» (parafraseo la idea general) y tiene en cierta medida razón: con el auge de la ultraderecha en Europa bastantes piedras nos están echando ya en el tejado como para detenernos a criticar el último régimen democrático que hubo en España. Sin embargo, este argumento se presenta como poco válido si nos damos cuenta de que la mejor defensa que se puede hacer del régimen republicano es precisamente su crítica, con el fin de no repetir los mismos errores cuando se presente la ocasión. Sobre esta cuestión he de destacar el movimiento que cierra la obra y que, de nuevo, nos interpela en la actualidad. A lo largo de las escenas, de acuerdo con el paso del tiempo, el cuadro que preside la sala ha ido cambiando desde Alfonso XIII hasta Felipe VI. El movimiento que cierra la obra consiste precisamente en el fallo de una de las alcayatas que deja el cuadro del monarca descolgado con un movimiento pendular.

Antes de acabar esta crítica me gustaría detenerme en un aspecto relevante que creo que atraviesa toda la obra, y es el concepto de «propaganda». Una palabra hoy cargada de cierto matiz negativo en el que alguien insiste para que te unas a algo, para que le compres algo —una pizza, un sillón de masajes, una idea—, que sin embargo es utilizada por la propia Lejárraga para definir su tarea: ella es propagandista. El título me ha invitado a reflexionar sobre el acercamiento que desde la compañía han hecho al personaje de María. En efecto, María definió su labor como “propaganda”, pero ¿es propaganda lo que yo he ido a ver al teatro? No, y ya he explicado por qué. La obra aporta claves de cómo puede ser la recuperación de un personaje como María de la O Lejárraga —y quien dice Lejárraga dice tantas otras y dice periodos históricos como la Segunda República— sin necesidad de concebir esa recuperación como propaganda, esto es, desde un postulado crítico. 

En definitiva, me ha parecido que Gemma Viguera y Jorge Tesone hacen unas interpretaciones brillantes de un texto magnífico que plantea el espectáculo como un espacio de pensamiento y reflexión colectiva. A través de las reflexiones sobre la puesta en escena y sobre el montaje de la obra se evidencia que no hay teatro que no sea ideológico. El público —uno, más uno, más una, yo incluida— sale de la sala visiblemente contento y satisfecho de lo que acaba de presenciar. 

Espacio Inestable. 8 de enero de 2021

En escena: Gemma Viguera ,Jorge Tesone; Dramaturgia: Rafa Segura; Carla Chillida; Diseño audiovisual: Elias Taño; Diseño de cartel: Elias Taño; Diseño Vestuario: Martin Nalda Juaneda; Confección de Vestuario: Amparo Cámara Tre; Diseño de iluminación: Carla Chillida; Escenografía: Los Reyes del Mambo; Producción: Chamán Producciones; Asistencia de dirección: Rafa Segura; Dirección y puesta en escena: Carla Chillida

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