La voz de Urania: «La fiesta del Chivo» adaptada por Natalio Grueso y dirigida por Carlos Saura

Empar Argudo Alegre – Mar Borredá Cerdá – Carolina Cuevas Gómez

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Adaptar una novela al espacio teatral puede suponer un éxito o un fracaso, en ningún caso pasa desapercibido. Dramatizar La fiesta del Chivo supuso una apuesta arriesgada para su director, Carlos Saura, pues quinientas cincuenta y cinco páginas que sintetizar ante un público que, puede o no, ha leído la novela y juega con la baza del saber es, como digo, arriesgado. El teatro se llena de ojos críticos, expectantes de cómo abordará la difícil trama que Vargas Llosa articula en la obra original. Tres vías novelísticas, los últimos días en vida del dictador Leónidas Trujillo, la noche del asesinato y sus retrospecciones por parte de los desertores y la vuelta a República Dominicana de Urania Cabral, hija del Senador Agustín Cabral, que vuelve para desvelar la razón de su repentina huida. 

Natalio Grueso adapta esta obra, ya lo había hecho con El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, y con el mismo director, e Imanol Arias de protagonista. La representación duraba una hora y veinticinco minutos, duración que se compensa con la densidad de la novela corta del escritor colombiano. Ahora, con un patrón similar, otro de los actores del largo Cuéntame como pasó protagoniza esta historia, Juan Echanove. Sin embargo, tanto Saura como Grueso se enfrentaban a una adaptación más peligrosa. La novela articula en esas tres vías temáticas un hilo perfecto difícil de reducir pero que, sobradamente, consiguen. Fusionan en la dramatización dos de esas tres vías a partir de la llegada y la conversación monologal de Urania con su padre, Agustín Cabral, un hombre enfermo que ya no puede hablar. En una sola noche, a medida que Urania Cabral habla Cerebrito Cabral recuerda, y esos recuerdos se representan in situ, mediante un cambio de escena difuso marcado por el cambio mental de este enfermo senil, que de pronto se levanta quitándose treinta años de encima y representando lo que Urania le incita a recordar. 

La experiencia de ambos en el campo cultural, Carlos Saura como fotógrafo y director en la gran pantalla, y Natalio Grueso, escritor / autor de biografías y adaptaciones y director de salas de teatro, se vislumbra en esta adaptación. La escenografía bebe de esa tradición fotográfica de Saura, simple y suficiente, dejando que la fuerza interpretativa de los actores complete las tablas, de atrezo: un espejo, en realidad el único objeto que sirvió más bien para poco, un teléfono, bebida alcohólica y, de manera muy simbólica, una silla utilizada por los personajes, también como silla de ruedas de Agustín Cabral, frente al butacón señorial de Trujillo, siempre presente en la escena, omnipresente como Dios. Y, bebiendo también de la tradición cineasta de Saura, se refleja al fondo una pantalla donde se reproducen, a conveniencia, imágenes reales que chocan con la ficción teatral, que se configuran como el hilo conductivo hacia la realidad que sustenta ciertas escenas. No obstante eso, esta pantalla se vuelve una fisura con el baile de tiempos en que transcurre la obra, entre la vida de Trujillo en 1961 y la vuelta de Urania Cabral en los ’90. Cumple una función muy importante, cierto, desnudar la ficción al público mediante una ventana al pasado con fotografías reales, la pretensión de la obra va más allá de una simple teatralización, se hace hincapié en el valor histórico de la obra y con esa baza esta fisura pierde importancia, se contrarresta. 

Son seis los actores que dan vida a los personajes que llevan adelante la obra, suficientes para representar la compleja historia ahora sintetizada. El foco temático que plantean Saura y Grueso es, por una parte, el entramado corrupto de Trujillo con sus exacerbadas fiestas y la psicología de los personajes, sus relaciones con el dictador, siempre sumisas y alterables con el más mínimo chasquido. Echanove es el encargado de encarnar a este personaje histórico, rodeado de satélites que giran según su parecer y, aparentemente inofensivo, con un solo gesto dictamina sentencias, tranquilo pero agresivo, paciente y, en tal medida, perturbador. Afirmamos, pues, que su representación es sublime, que consigue contagiar ese temor hasta en el público que lo observa seguro desde su butaca, que tiembla con Balaguer o con Cabral cuando los mira retándolos y, de repente, salta con una risa sarcástica que rompe con las tensiones casi permanentes. 

Asimismo, no se quedan atrás esos satélites de los que hablaba, Manuel Morón, frío y terrorífico en el papel de mano derecha y matón del dictador, David Pinilla, grandioso en su loa a Trujillo representando a Balaguer y Eduardo Velasco, elegante y refinado, pasa más desapercibido. Sin embargo, Gabriel Garbisu interpretaba tanto al Agustín Cabral joven como al senil, de nuevo supone una apuesta arriesgada, y en verdad sale mejor parada que en el caso de Lucía Quintana en su papel de Urania Cabral adolescente y madura. 

Lucía Quintana es el otro astro de la obra, indudablemente. Su papel evoluciona dentro de la misma, progresa hasta explosionar en el fatídico final, aunque desconcierta en la obra que sea la misma actriz, sin cambios en su vestuario, solo modulando la voz, la que interprete su versión adulta y su versión joven. Ello produce en el espectador durante la violación un deslizamiento emocional difícil de abordar, nos resulta un tanto incongruente. Pero, a pesar de ello, retomo esa evolución que enaltece el papel de la actriz. Es la única que rompe con la cuarta pared, se dirige directamente a nosotros, desvía la conversación que mantenía con su padre para revelarnos el final, busca la conexión empática. Esta ruptura, junto con las imágenes de la pantalla y la gran escena descriptiva de la fiesta de Trujillo en boca de Balaguer, nos marcan un distanciamiento respecto a la obra ficcional para acercarnos a verdades acérrimas del régimen: la violación y la corrupción, esta última en su vertiente más sarcástica. 

Por otro lado, estas grandes actuaciones se vieron revestidas de trajes que si cabe las hicieron más verosímiles y, mediante los juegos de luces, enaltecieron momentos que precisaban el cambio en la iluminación, focalizando monólogos y centrando miradas. Sin duda, y por ello Vargas Llosa felicitó públicamente la labor de Grueso y de Saura y la interpretación de su elenco, la obra consiguió en esos noventa minutos que el espectador no se perdiese y acertase el objetivo de la representación, vislumbrar los tejemanejes del régimen y de la figura de Trujillo, corrupto y violador, pues junto con la pequeña presentación en imágenes, hasta quien no conocía su figura se hace una idea de cómo era. De ese modo, entiendo que se llenen las salas de teatro con un elenco y una producción como estas, directa y trascendente que cala en el público que la observa desde su butaca y sale del teatro nada impasible, rebosantes de memoria viva. 

Empar Argudo Alegre

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La fiesta del Chivo es una adaptación a cargo de Natalio Grueso de la exitosa novela de Vargas Llosa. Esta producción de José Velasco, protagonizada por Juan Echanove como el dictador Trujillo, se representó del 25 de noviembre al 6 de diciembre en el Teatro Olympia de València, bajo la dirección de Carlos Saura y con el siguiente elenco: Lucía Quintana como Urania Cabra, Eduardo Velasco como Manuel Alfonso, Gabriel Garbisu como Agustín Cabral, Eugenio Villota como Johnny Abbes y por último, David Pinilla como el Doctor Balaguer.

En esta adaptación de 90 minutos, que empezó al ritmo de la canción ¡Qué viva el jefe!, se narran los días antes de la muerte del dictador Trujillo desde el punto de vista de Urania. Esta mujer, después de haber salido del país de manera precipitada siendo una niña, vuelve tras 30 años para reconstruir su historia y pedir explicaciones a su padre Agustín Cabral, que está enfermo y al borde de la muerte.

Adaptar una novela así es un proyecto muy ambicioso, que desde mi punto de vista Natalio Grueso realiza muy acertadamente. Para ello, lo imprescindible es tener una buena capacidad de síntesis para concentrar el espíritu de una obra tan amplia sin perder de vista la coherencia argumental. La decisión que se toma, bastante acertada de acuerdo con el auge del feminismo en los últimos años, es sacrificar las diferentes vías que se exploran en la novela en favor de una, la de Urania. 

Aunque en un primer momento creamos que lo que se cuenta es la historia de Trujillo, no es así, ya que toda la dramatización se va a articular en torno a los difusos hechos de la huida de Urania. Por tanto, se construye la obra desde una perspectiva feminista y se recrea la voluntad de reconstruir la historia a partir de los vaivenes naturales de la memoria desde la mirada de la víctima, y no del opresor. Todo ello imbuido en complejo entramado donde se combinan presente y pasado. 

El escenario resulta bastante minimalista y aunque este es un recurso que permite poner el foco directamente en los autores, resulta demasiado pobre y sobrio. La escena se compone de un espejo en la parte izquierda del escenario donde se refleja la luz, hay un momento de introspección en el que Trujillo se mira al espejo, pero luego no se vuelve a recurrir más a este elemento. Es una pena, ya que un espejo puede dar mucho juego y no se aprovecha, por lo que es un elemento totalmente prescindible. 

Lo más llamativo es el panel luminoso donde se proyectan dibujos abstractos hechos por el propio Saura, imágenes del propio Trujillo y su familia, y escenas reales como un baile. Este es un recurso vanguardista que entraña riesgos, porque a pesar de ser tan original, en una obra abordada desde un corte tan clásico resulta incoherente.

La dramatización recurre a objetos cotidianos que ayudan a delimitar las escenas. El teléfono es fundamental, ya que a través de estas llamadas asistimos de primera mano a la caída de “Cerebrito”. Para este personaje también es esencial la silla de ruedas, que nos marca la diferencia entre el pasado y el presente.

Aquello que sí que goza de más protagonismo es la iluminación, ya que permite reconstruir espacios y sensaciones. A Urania siempre la envuelve una luz cálida, cuando nos cuenta la historia de la violación la luz es casi naranja y mediante un foco se ensalza el personaje en el momento de tensión y catarsis. Esto contrasta con el resto de las escenas, donde los personajes son iluminados por una luz fría, especialmente cuando se da el asesinato de Trujillo, que la luz es prácticamente blanca y focalizada. La luz también ayuda a delimitar espacios como la mazmorra, donde está oscuro.

Por lo que respecta al vestuario masculino, es maravilloso. Trujillo cuenta con su uniforme de oficial como con trajes. Los otros también llevan diferentes tipos de trajes y otros elementos como sombreros o accesorios, que aportan el carisma necesario a los personajes. Lo que no llego a entender es el vestuario de Urania. La elección de un suéter rojo que destaca en escena, con unos pantalones negros me parece acertada, pero, si los otros personajes tienen otro vestuario, ¿por qué ella no? Además, con más motivo debería tenerlo, ya que representa dos versiones de ella misma, la adolescente y la adulta. Afortunadamente, la actriz goza de aptitudes necesarias para llenar este vacío de manera excelente. 

Lucía Quintana sobresale con su interpretación. Al principio Urania se va construyendo como un personaje incómodo, pero a medida que avanza la acción, Lucía toma el escenario como si fuera únicamente suyo. Como comentábamos antes es la gestualidad, la voz y la actitud es la que marca la diferencia de edad entre ambas Uranias.

Echanove también hace un trabajo impecable al encarnar a Trujillo. Me ha gustado mucho cómo construye el retrato del dictador, ya que debe de haber entrañado todo un reto. Estamos ante un personaje muy sanguinario que mató a más de 50.000 personas, pero que ni actúa ni se comporta como un sádico. Echanove con su interpretación, logra encarnar tanto la dureza en el mirar, como la psicopatía más arraigada y la humanidad más retorcida que justifica cada acción como necesaria. Se presenta un hombre de buenas maneras, poderoso, que no duda en elevarse por encima de sus posibilidades y del mismísimo Dios, y que contrasta con el retrato de la degradación y la vejez que enferma y corrompe su cuerpo. 

En definitiva, si tuviéramos que caracterizar el personaje de Trujillo en esta obra y la interpretación de Echanove, podríamos decir que es un justo equilibrio entre sadismo y diplomacia con un matiz sarcástico, donde no es tanto lo que vemos, sino lo que dicen los personajes. La única escena donde se retrata la violencia de forma directa es en la escena que representa la violación de Urania, desgarradora pero necesaria para la coherencia argumental, ya que es el hilo represor que motiva la historia.

Las interpretaciones del resto del elenco también fueron muy buenas y se podía ver la compenetración que existía entre todos los actores. Una escena que destacaría es cuando están en el escenario todos los personajes masculinos perfectamente trajeados y Trujillo va hablando en alto y desplazándose, al mismo tiempo que perfectamente coordinados los otros actores lo van siguiendo. Sin duda una de las mejores escenas de toda la representación.

En conclusión, esta es una obra que, aunque carece de recursos escenográficos o efectos complicados, goza de una gran seriedad, excelencia y detalle. Estos aspectos tan positivos, recaen en la brillante actuación del elenco, que encarnan las perversiones más terribles bajo un aura de pretendida humanidad, y en el caso de Urania, cuentan la historia de una mujer que es una víctima, arrojada a los pies de un depredador por su propio padre para conseguir poder, y que a pesar de ello, narra su desgarradora historia desde la dignidad y el respeto más absoluto.

Mar Borredá Cerdá

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La premisa argumental del espectáculo teatral La fiesta del chivo parte de los últimos días de Rafael Leónidas Trujillo, dictador de la República Dominica, que estuvo en el poder desde 1930 hasta su asesinato en 1961, los cuales son narrados a través de la perspectiva del dictador y de los flashbacks de Urania Cabral; abogada que abandonó el país misteriosamente cuando apenas tenía trece años. El espectáculo fue estrenado el año pasado en el Teatro Infanta Isabel de Madrid y ahora se representó en Valencia, en el Teatro Olympia en diciembre de 2020. Se trata de la adaptación teatral de la novela La fiesta del Chivo (2000) del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. 

La fiesta del chivo es la última obra dirigida por el cineasta Carlos Saura, director de Bodas de Sangre, ¡Ay, Carmela! o Ana y los lobos entre otras películas, quién ha contado con la ayuda de Natalio Grueso en la ardua tarea de adaptar una novela de tal calibre al teatro, pues aparte de extensa es complejísima. Para su adaptación Natalio Grueso ha apostado por delimitar la línea argumental de la novela a los últimos días del dictador, ya que en la novela transcurren más de treinta años. Este acotamiento temporal ha permitido a Grueso poner el foco en la psicología de los personajes más que en la situación política y social de la República Dominicana durante el periodo dictatorial de Trujillo y, en este sentido, la obra resulta magistral para que el espectador conozca con todo detalle al protagonista de la obra, sin duda, Trujillo. 

Me ha parecido muy interesante como en la obra se plasma la naturaleza cruel y despiadada del dictador, pero también su lado más vulnerable, como hombre de avanzada edad, débil e impotente ante sus problemas de salud. Si bien considero que es más relevante a nivel de la trama el desarrollo de los personajes, es innegable el tono político de la obra que aparece implícito en los diálogos que se dan entre Trujillo y sus compatriotas, los cuales dejan entrever la situación sociopolítica que tuvo la República Dominicana durante el mandato del dictador: las desapariciones forzadas, los cadáveres arrojados en aviones al mar, el terrorismo de Estado y las consecuencias que este tuvo para la población dominicana, la corrupción del poder dictatorial, etc. A través de este breve, pero acertado panorama político integrado en los diálogos, Saura logra crear un personaje tremendamente realista y consigue que el espectador comprenda la crueldad y el sadismo del dictador y el porqué de sus acciones. 

El trabajo actoral es inmejorable, como protagonistas se encuentran Juan Echanove (Trujillo) y Lucia Quintana (Urania Cabral). La actuación de Echanove dando vida a Trujillo es insuperable e incluso llega a superponerse al resto de personajes; su gran performance plasma a la perfección la ambigüedad del general Trujillo. Por una parte, muestra la brutalidad del Trujillo cruel e implacable con complejo de Dios, el cual llega a generar entre el público sentimientos de repulsión, y por otra, representa su lado más humano a partir de su debilidad como consecuencia de su mala salud; su enfermedad puede incluso causar compasión entre el público, logra hacernos olvidar la brutalidad de sus acciones y su altivez como persona. Así mismo, la actuación de Lucía Quintana en el papel de Urania es descomunal. La vuelta de Urania al país y su reencuentro lleno de reproches con su padre, Agustín Cabral que fue senador de Trujillo, el cual se encuentra muy débil y mayor, desencadenará los flashbacks con los que Urania introducirá paulatinamente las razones de la tensa relación que mantiene con su padre y la razón por la que tuvo que abandonar el país. En relación al personaje de Urania, no resulta tan acertada cómo se representan sus dos edades, la adolescente y la adulta, pues únicamente se diferencian por la postura y el tono de la voz; esta decisión puede chocarle al público durante las diferentes escenas, sobre todo en la parte final. 

Por otra parte, se debe elogiar el transcurso paralelo de la historia de los personajes del dictador y de Urania cuya convergencia culmina en una escena final tan cruda y dolorosa que parece romper la distancia entre la ficción y la realidad; retrata un tema tan delicado y machista como es la violencia sexual. En ese hecatombe magníficamente representado, pero que a su vez resulta tan horripilante y difícil de ver se da el motivo por el que Urania tuvo que abandonar el país, fue violada y ultrajada por Trujillo, y lo que es todavía peor, esta violencia sexual fue aprobada por su padre como último recurso para mostrarle su lealtad al dictador y para poder volver a restablecerse como senador. 

Los personajes secundarios únicamente contribuyen en la caracterización de Trujillo y de Urania, aun así la actuación del resto de actores es sobresaliente. David Pinilla como Balaguer, Manuel Morón como Johnny Abbes, Eduardo Velasco como Manuel Alfonso y Gabriel Garbisu como Cabral. Las tramas de estos compatriotas no se desarrollan, ya que el peso de la obra recae en los dos protagonistas, Urania y Trujillo. 

El espacio escénico es sencillo y el decorado escaso, únicamente se compone de un espejo en el que se contempla Trujillo, una silla majestuosa en la que se sienta el dictador, una silla sencilla para el resto de personajes, una pantalla digital en la que se proyectan algunas fotografías y noticias reales de periódicos sobre el dictador, así como diferentes escenarios a través de bocetos pintados. Carlos Saura apuesta por un escenario simple para darle más trascendencia a los personajes como ejes centrales del montaje; las actuaciones de los actores suplen esta carencia. Sin embargo, creo si se hubiera apostado por un escenario más completo el espectáculo hubiera lucido todavía más. Resulta interesante la jerarquía que se establece entre los personajes a través de las sillas, por una parte el trono representante de la máxima autoridad, Trujillo, desde el que ejecuta sus órdenes, y, por otro, la simple silla, donde se sienta el resto de personajes reflejando su posición inferior respecto al dictador, cuya función no es otra que la de idolatrar y complacer al dictador, no importa cómo. 

El vestuario también es elección de Carlos Saura. El vestuario masculino se caracteriza por las tonalidades marrones y grisáceas, a excepción del traje del dictador que es completamente blanco. El personaje de Urania es vestido con una camisa roja y unos pantalones negros, tanto para la niña como para la adulta Urania; esta elección de Saura puede generar entre el público algo de confusión porque lo único que distingue la representación de ambas edades es la tonalidad de voz que Lucía Quintana utiliza. En la escena final, durante la “fiesta” Trujillo es vestido informalmente, previamente a su entrada en escena suena “Bésame mucho”, canción de la compositora mexicana Consuelito Velázquez, como juego previo de seducción hacia Urania. La iluminación utilizada en la escena final contribuye a resaltar la figura del dictador, tras la hecatombe final Trujillo aparece iluminado con una luz cenital y se sienta en su trono a esperar su destino, como él afirma solo “saldrá con los pies por delante”; la utilización de la luz cenital cae directamente sobre la figura del dictador produciendo sombras muy bruscas, lo que contribuye a generar la sensación de estar ante una “deidad”. Así mismo, en los flashbacks de Urania la iluminación que se utiliza es frontal, se recurre a una luz directa sobre el personaje de Urania para poner el foco de atención en ella y resaltar aquello que está contando. Un elemento interesante a destacar en la escenificación es esa ruptura de la cuarta pared a través de los monólogos y apartes que Urania realiza, el relato de sus flashbacks es algo que solo oye el público, por tanto hay una interacción con la sala; la información que proporciona al público es necesaria para entender el motivo que la condujo a salir de su país. 

La fiesta del chivo es una obra dramática muy interesante que aborda cuestiones muy actuales como son la violencia sexual, la corrupción política o la violación de los derechos humanos acometidas por los regímenes fascistas tanto del siglo XX como en el actual siglo XXI. Es un montaje muy ambicioso que concentra en tan solo 100 minutos el contexto sociopolítico del periodo dictatorial de Trujillo junto con la historia de Urania; en mi opinión resulta muy acertada la mezcla de realidad y ficción en la escenificación. Tal vez, si la puesta en escena hubiera sido diferente y en lugar de una sencilla y escasa escenografía se hubiera apostado por algo más elaborado y completo la obra habría tenido un resultado más soberbio y la interpretación del magnífico elenco de actores hubiera brillado todavía más.

Carolina Cuevas Gómez

Teatro Olympia. Del 26 de noviembre al 6 de diciembre de 2020

Dirección: Carlos Saura; Basado en la novela de Mario Vargas Llosa; Adaptación: Natalio Grueso; Intérpretes; Juan Echanove, Lucía Quintana. Eugenio Villota, Eduardo Velasco, Gabriel Garbisu, David Pinilla; Ayudante de dirección: Gabriel Garbisu; Iluminación: Felipe Ramos; Diseño de escenografía: Carlos Saura; Diseño de vestuario: Carlos Saura; Jefe técnico: José Gallego; Producido por: José Velasco

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