El juego de la memoria: «La calle era nuestra», de La Compañía – Creación colectiva y Las emergidas

Andrea Ixchel Martínez Marcos

Y ahora es ya la memoria que se ilumina como un cabo de vela que se enciende con otra,

y ahora es ya el corazón que se enciende con otro corazón que yo he tenido antes (…)

Luis Rosales

Russafa escènica combina dos de las cosas que más me gustan en la vida: ver teatro y disfrutar de mi barrio. Este festival se adentra en el día a día de una comunidad que lucha por permanecer viva entre el frío caos de la gentrificación. Tiendas, cafeterías, espacios públicos se convierten durante un par de semanas en los mundos más variados, tocados por la magia transformadora del teatro. Las representaciones se funden con el espacio hasta que es imposible distinguir dónde acaba la realidad cotidiana y dónde comienza el hecho teatral. Y es precisamente este querer acercar el teatro a la gente lo que hace que el festival Russafa escénica añada un toque particularmente humano a cualquiera de las representaciones que ofrece en su programa. Y no puedo imaginar representación más humana posible que la que vi en una pequeña tienda de juguetes, escondida en la calle Literato Azorín, el día 23 de septiembre: La calle era nuestra, una obra de la compañía de las Emergidas, dirigida por Fernando Soler e interpretada por Rocío Ladrón de Guevara y Laura Valero García. 

Quince metros cuadrados. Dos actrices. Un sambori dibujado en el suelo. Un viejo lector de CD. Eso es todo lo que necesitaba la obra para vivir. Todo lo que necesitaba para contar una historia que convirtiera media hora en un solo instante. Los espectadores nos sentamos en sillas, sillones, bancos y banquetas alrededor de un espacio pequeño, apenas diez pasos de largo y seis o siete de ancho. Envolvimos el escenario y fuimos nosotros, el público, quienes establecimos la frontera entre realidad y ficción, entre verdad y simulacro. Siempre he sentido curiosidad por el proceso interno que debe realizar un actor para prepararse antes de una función. Por mis escasas experiencias actuando ante un público (en mi caso en el mundo de la música clásica) había aceptado la idea de que requería soledad, silencio y concentración. Por eso me sorprendió que fueran las propias actrices quienes nos indicaran donde sentarnos, nos saludaran y nos agradecieran nuestra presencia allí esa tarde. No había camerino, no existía la posibilidad de escapar de nuestra mirada antes de la función. Fue realmente asombroso. A tan solo a un metro de mí, las actrices tomaron el nombre de los personajes y se convirtieron en ellos, en sus voces, en sus cuerpos. 

La calle era nuestra es una obra íntima en su concepción, realización y contenido. Son los retales de una vida, la de una niña protagonista de la que vamos adquiriendo información a medida que recorre, una a una, las casillas del sambori dibujado en el suelo. Tirar la ficha de un recuadro a otro simboliza un salto en la memoria, una elipsis indeterminada que nos lleva a otro momento clave, por una razón u otra, de la vida de Rociíto. El trabajo de las actrices es realmente encomiable. Sin cambio de vestuario, ni de espacio, sin pausas, sin la opción de desaparecer un instante de los ojos inquisitivos de los espectadores fueron capaces de contarnos la historia desde una perspectiva múltiple. Ellas fueron protagonista, madre, vecina, padre… Y todo esto gracias al certero trabajo de la voz de los personajes. Como afirmaba Cortázar, la voz es la presencia de lo expresado. En La calle era nuestra, como en los cuentos de Cortázar, es también la voz la que construye la obra. Solo que, en este caso, al tratarse de un texto dramático, la voz salta del papel, del plano virtual del lenguaje para convertirse en un hecho perceptible en el tiempo y el espacio. Y así, las voces toman cuerpo y son personajes concretos que tienen sus coletillas al hablar, sus gestos particulares, su forma de gritar, de reír, de caminar. Especialmente impactante me resultó la escena en que, mediante una metáfora muy acertada, se habla del vacío que ha dejado la ausencia de una figura paterna en la vida de la protagonista. El padre, convertido en toro, recorre el espacio en círculos, incapaz de huir del dolor de su hija, que se materializa en un monólogo brutal, visceral. Todavía me asombra cómo consiguieron transmitir aquella metáfora tan potente sin un solo cambio de vestuario o de escenografía, tan sólo con el poder de sus cuerpos y de sus voces. 

No pude evitar que esta obra de teatro me recordara a una novela que había leído ese verano, Panza de burro, de Andrea Abreu. Una novela visceral, descarnada, que se sumerge también en la conciencia de una niña para bailar por su percepción, absolutamente sincera con el mundo que la rodea. Un mundo que poco tiene de amable con la infancia, que no esconde su fealdad, su crueldad. De la misma forma, la protagonista de La calle era nuestra se sumerge en la memoria llegando incluso a recoger recuerdos que no le pertenecen, recuerdos de su vida extraídos desde otros ojos: los de su madre adoptiva, los de la vecina que cuidaba de ella al bajar a la playa… Ambas obras proponen, desde dos ángulos diferentes, una revisión de las infancias truncadas.  

Al terminar la obra, me acerqué a las actrices para darles las gracias y felicitarlas por una interpretación conmovedora. Una de ellas me confesó en aquel momento que la obra era, en gran parte, autobiográfica. Y entonces, todo lo que allí había visto tomó un cariz diferente. En especial el final de la obra, una escena en la que Rocío conoce a su madre biológica en un encuentro fortuito y pone fin a algunas de las lagunas emocionales que su ausencia había creado en ella. Como ella misma dice a modo de epílogo en la obra: “esto nunca pasó, pero es hermoso representarlo”. Tal es el poder de la ficción. No solo nos permite acudir a otros mundos, a otras realidades, sino que también nos proporciona una herramienta de curación con la que -al menos intentar- sanar nuestras heridas. La ficción llena nuestros “¿y si…?”, nos propone imaginar el resto de la pregunta y recrearnos en ello, en lo que pudo haber sido. Así, La calle era nuestrapropone un juego en el que memoria y ficción se entretejen y saltan al compás de los recuerdos de una infancia en la que no podemos evitar vernos reflejados. Porque ¿quién no tiene vacíos en su alma que quisiera llenar? ¿Quién no ha deseado alguna vez cambiar su historia? 

Me permito añadir, por último, un breve apunte personal, tal vez el elogio más íntimo que puedo dedicar a una obra de teatro, el único que realmente puedo hacer. Si alguna vez me atrevo a adentrarme en el mundo de la dramaturgia, La calle era nuestra es el tipo de obra que me gustaría escribir. Esto es todo. Que caiga el telón.

Russafa Escènica – Bamboo Kids – Del 23 de septiembre al 3 de octubre de 2021

Dirección: Fernando Soler; Intérpretes: Rocío Ladrón de Guevara Navarro, Laura Valero García; Texto: La Compañía – Creación Colectiva; Diseño gráfic i fotografíaa: Laura Valero; Vídeo: Carlos Ruíz.

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