La contemporaneidad del clásico: «Lazarillo de Tormes» por El Brujo

Belén Collado

El 17 de noviembre, tuve la gran suerte de poder visualizar una representación de la famosísima obra del Lazarillo de Tormes en el teatro Olympia de Valencia. La dirección e interpretación de la obra estaban a cargo de Rafael Álvarez, más conocido por su nombre artístico de El Brujo. 

El Lazarillo de Tormes es un clásico de la literatura española del siglo XVI de autoría anónima. Empleando la primera persona y el estilo epistolar, la novela nos cuenta de forma biográfica la vida de Lázaro de Tormes, desde su nacimiento e infancia hasta su boda. Como consecuencia de la extrema pobreza en la que vivía, el muchacho se ve obligado a trabajar como criado para ganarse la vida. Pasará por manos de muchos señores, como un ciego, un clérigo y un arcipreste. 

La obra era la adaptación al monólogo de este gran clásico por Fernando Fernán Gómez. Debido a la extensa longitud de la obra original, la representación no contenía los siete tratados de la novela. De esta forma, la representación se dividía en tres escenas. La obra comienza con una música medieval que se prolonga durante unos minutos, luego las anisas del público por ver a El Brujo van in crescendo. Finalmente, hizo su entrada en el escenario, dando así comienzo a la primera escena. En ella se relata la infancia de Lázaro. Hijo de una familia muy humilde, nació junto a un río de Salamanca, el Tromes. Con apenas doce años comienza a trabajar como criado en varias casas. 

Mi sorpresa fue mayúscula cuando, durante la representación, El Brujo comenzó a salirse del papel para hacer chistes humorísticos sobre la obra. En un inicio me impactó y pensé que debía tratarse de una equivocación; pero, no. El Brujo salía constantemente del personaje para divertir al público con animados chascarrillos. En ocasiones comentaba algunos temas de actualidad, hacia referencias a personajes públicos españoles, cantaba y rapeaba, o hablaba en inglés. Tras cada una de estas gracias, el público prorrumpía en una enorme carcajada y el aplauso era sonoro. 

Continúa contando la estancia de Lázaro con su primer dueño, un ciego. El Brujo, con su gracia e ingenio natural, representaba algunos sucesos divertidos. Por ejemplo, el episodio en que Lázaro engaña al ciego para comerse su longaniza, y la intercambia por un nabo. El ciego no tarda en darse cuenta y atrapa el muchacho. Por el olor que desprendía este, el ciego pudo averiguar que él había sido el causante de tal artimaña. 

Las luces se apagan, tras lo cual da comienzo la segunda escena. El Brujo se permite bromear con el público y nos explica que el fundido de luces sirve para marcar el fin de una escena. Incluso se dirige directamente al técnico de luces y bromea sobre la mala iluminación que le está poniendo. Evidentemente, desde el inicio de la obra, la cuarta pared se rompe. En esta segunda escena se narra la estancia de Lázaro con un clérigo, a quien también sabotea. Fue especialmente divertida la escena en la que Lázaro hace creer al clérigo que son los ratones los que se están comiendo los bollos que están guardados en el arca. 

Durante el descanso, El Brujo no perdió la ocasión de contar al público algunas de las anécdotas más divertidas que había vivido cuando representó esta misma obra por otros pueblos de España. Cogió su taburete y, junto con su arte para la palabra, nos cautivó con algunas historietas. La tercera escena narra la estancia de Lázaro con un arcipreste, así como la boda de este con una de las sirvientas. En verdad, la mujer de Lázaro le engaña con el arcipreste, pero a él no le importa; solo le preocupa tener algo de comida que llevarse a la boca. 

El decorado era muy austero, tan solo constaba de un taburete, un palo, un arca y una bota de vino vacía. El propio Brujo bromeaba sobre el poco decorado que tenía; no obstante, era suficiente para transportarte a la España del siglo XVI. Esta escasez de decorado quedaba sobradamente cubierta por la gracia y desparpajo de El Brujo. Además, su dominio de la palabra era notable, y era capaz de alternar un lenguaje elaborado propio de la época, con un lenguaje más coloquial con alguna que otra grosería. Llama la atención el uso de las luces, que servían para guiar la mirada del espectador hacia Lázaro en los momentos clave de la historia, así como para crear efectos de noche o lluvia. 

Algunos pueden pensar que, el hecho de que sea un monólogo, resta interés a la obra; pero nada más lejos de la realidad. El talento y agudeza de El Brujo lograron mantener al público enganchado a la historia. Sus digresiones y chistes hicieron que las dos horas de duración de la obra pasaran volando. Me fascinó su capacidad para salir del papel y retomarlo hábilmente cuando él consideraba oportuno; aunque es evidente que esta habilidad es el fruto de muchos años dedicándose a esta profesión. Asimismo, lograba ponerse en la piel de los numerosos personajes que desfilan a lo largo de la obra, y conseguía dar vida al texto y hacerlo llegar al espectador. Desde mi punto de vista, la obra logró lo más importante: hacer disfrutar al público. Todos los espectadores pasaron un rato agradable, y esto se manifiesta en las salientes carcajadas y la ovación final a El Brujo, que puso al público en pie y se prolongó durante varios minutos. Personalmente, la obra logró cautivarme desde el primer momento y me hizo disfrutar como nunca.

Teatro Olympia. 17 de noviembre de 2021

Versión: Fernando Fernán Gómez; Dirección: Rafael Álvarez; Reparto: Rafael Álvarez, El Brujo; Iluminación: Gerardo Malla; Vestuario: Lola La Moda; Espacio sonoro: Javier Alejano; Caracterización: José Antonio Sánchez; Producción: Producciones El Brujo; Directora de producción; Herminia Pascual; Jefe técnico: Oskar Adiego; Estudio de grabación: Track, S. A.; Fotografía: Muel de Dios; Comunicación online: Xatcom; Distribución: Gestión y Producción Batky.

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