Martina Gil Ferrer

“Déjame llamarte ahora, aunque te haya perdido,
y que tu nombre llene mi sentido y mi pecho de amor…”
Mary Shelley.
El recuerdo es el mejor soporte que tenemos para hacer uso del pasado, el único elemento que es capaz de traducir los ritmos interiores del corazón. La historia no sería historia sin el tapiz que teje la memoria. Bien decía Ángel González, emulando a Heráclito, que nada permanece salvo la historia, y eso es porque está construida de recuerdos y de personas. Las personas se van pero la memoria perdura y cuando no existen generaciones para recordar directamente el pasado, el lenguaje se encarga de divulgarlo y guardarlo en ese archivo universal llamado humanidad.
El Gran teatre de Xàtiva acogió hace unas semanas Señora de rojo sobre fondo gris, un recuerdo muy vivo que construyó Miguel Delibes para insuflar un aliento de vida al pasado. La novela del vallisoletano se ha adaptado para formar un cálido monólogo que, bajo las órdenes del fallecido director José Sámano, defendió excepcionalmente José Sacristán.
La obra cuenta la historia de Nicolás, un pintor que vive atormentado por la repentina muerte su mujer, Ana, a causa de un tumor cerebral. Se ambienta en 1975. La hija de ambos se encuentra encarcelada por razones políticas y vive desde dentro la enfermedad de su madre.
Todo nos llega a través de un Nicolás hundido que recuerda con dolor como vivió ambas situaciones. Los recuerdos de una esposa sana y jovial son el sustento para rememorar el declive.
La acción se configura entorno a una escenografía cuidadosamente articulada. En el centro, una ristra de muebles aparentemente viejunos y teñidos de un gris polvoriento dan vida al desaliñado estudio de Nicolás. A la derecha de la escena, un taburete sobre el que descansa una vaso medio vacío. En lo alto, un juego de luces que crea espacios y se mueve al ritmo de los recuerdos del protagonista.
La escena se divide en dos espacios simultáneos, delimitados eminentemente por el juego de luces. El criterio divisor más claro son los momentos de recuerdo. Cuando Nicolás está recordando su pasado se halla en un espacio, y cuando no, en otro. El que corresponde al recuerdo es el estudio avejentado. El que queda fuera del pasado contiene el taburete con el vaso medio vacío.
La obra se ciñe al intimismo que lleva implícito la novela de Delibes. Señora de rojo sobre fondo gris, es, quizá, una de su obras más personales. Su esposa, Ángeles Castro, falleció de un tumor cerebral tempranamente. A través de diferentes entrevistas, el escritor dejó claro que la novela era un alivio de su pena y el soporte físico de su recuerdo. La adaptación transmite esa atmósfera de duelo, ese llanto de un marido que no sabe donde buscar a su esposa, porque ya no existe.
El dolor es un sentimiento clave en el desarrollo de la función, sin embargo, también hay cabida para el humor y la ternura. Como se trata puramente de un hombre recordando, se evoca la imagen de la esposa en todos sus gloriosos aspectos y no solamente bajo la marca del duelo. Nicolás empieza a contar desde el noviazgo hasta el último momento de lucidez. Sin pasar por alto, los nacimientos, las amistades, las confidencias, los síntomas, la enfermedad…
Los espectadores reciben toda esta información a través de una sola voz, porque la esposa, que en ocasiones llega a ser otro personaje, es meramente un recuerdo. Por esta razón toda la carga emocional del auditorio está en Nicolás. Su voz es el hilo conductor del drama y el filtro por el que se recibe la obra. No hay más perspectivas, no se puede ver con otros ojos, solo existen él, su dolor y su recuerdo. Esta es una cuestión muy importante porque se trata de lo que aúna las experiencias del público. Lo que cada espectador, en su individualidad, tendrá en común con el resto es Nicolás.
Sacristán lo encarna brillantemente. Asume como una segunda piel al pintor y llena la sala con el monólogo. Su voz es esencial, porque posee el timbre y la severidad perfecta para defender un papel de semejante calibre. Yo, como espectadora al fondo del teatro, recibí la vibración de sus palabras como si de la platea se tratara. Es especialmente profunda, caló en todos los asientos.
Cuando terminó la función, se corrieron las cortinas y lloramos todos la historia y el actor se dirigió al público, cara a cara. Apeló a la importancia del teatro en estos tiempos tan inciertos, apeló a la confianza en el arte. Pero lo más hermoso que hizo, fue dedicar su actuación a la memoria de “Miguel y Ángeles”, el escritor y su esposa. Fue sencillo, pero magnífico. En esa corta dedicatoria, José Sacristán selló el pacto que todos los espectadores habíamos firmado al inicio: el de mantener vivo el recuerdo de Ana y a su vez de Ángeles. Ese pacto no escrito y no hablado que contraen los humanos con el tiempo y con la historia. La promesa de no olvidar quienes hemos sido, a quienes hemos amado y quienes nos han precedido.
Señora de rojo sobre fondo gris es muchas cosas, mucho más que una novela, mucho más que el llanto inconsolable de la muerte, que el latido eterno. Señora de rojo sobre fondo gris es el soporte del pasado de Delibes, y durante poco menos de una hora y media, también lo fue del nuestro.
Gran Teatre de Xàtiva. 18 de noviembre de 2021
Reparto: José Sacristán (Nicolás); Adaptación teatral: José Sámano, José Sacristán, Inés Camiña; Dirección: José Sámano; Directora técnica / Técnica Iluminación y sonido: Tatiana Reverto; Técnico Iluminación y sonido: Jesús Díaz Cortés; Gerente compañía / Sastra: Nerea Berdonces; Voz de Ana: Mercedes Sampietro; Autor cuadro Eduardo Gª Benito; Ayudante de dirección: Inés Camiña; Sonido: Mariano García; Diseño de vestuario: Almudena Rdgz. Huerta; Diseño de escenografía: Arturo Martín Burgos; Diseño de Iluminación: Manuel Fuster; Directora de producción: Nur Levi; Producida por José Sámano; una producción de Sabre Producciones, Pentación Espectáculos, TalyCual e Islamusa; Texto original: Miguel Delibes.