Confesiones en la barra: «Delirium», de Marcos Luis Hernando

Paula Moliner Caballer – Rosana Aguilar Gómez

I

La obra que vamos a comentar es Delirium, escrita por Marcos Luis Hernando, fundador de la compañía de Teatro del Contrahecho. Algunos de sus obras más recientes son “Carnassa” 2016, “Segarem ortigues amb els tacons” 2017, “Déu està en la gespa” 2018, “Delirium” 2019. 

Delirium es una tragicomedia que presenta a cinco protagonistas sentados en la barra de un bar. Trata el tema del alcoholismo, siempre con un ligero toque de humor y, a partir de ahí, se hace una crítica de la sociedad, entrando en varios puntos y visibilizando mucho otro tipo de adicciones de hoy en día. 

Esta tragicomedia tiene un lenguaje poco convencional y no sigue la estructura tradicional ni respeta las unidades de acción, tiempo y lugar. No existe un tiempo lineal ni específico, simplemente hay un lugar y unos personajes que mantienen conversaciones sin ningún hilo. El lugar lo podemos situar en Valencia, porque se da a entender fugazmente en un momento de la obra. Así pues, los personajes no representan unos roles específicos, sino que mantienen las típicas conversaciones de barra de bar. 

Hay momentos en los que cada personaje hace monólogos introspectivos en los que expresan su sufrimiento o su soledad. Su pretensión es que el público se sienta identificado o, más bien, cercano a lo que cuentan nuestros protagonistas sobre las adicciones de la sociedad. La temática es variada y diversa. No aborda un solo tema en concreto, sino que realmente se habla de muchos problemas sociales, relacionados con las adicciones: el uso de los móviles, las redes sociales, los likes en Instagram, el consumo compulsivo (se critica a Amazon), los videojuegos, incluso se nombra la adicción al consumo de porno online… 

Aunado a esto, me gustaría destacar el hecho de que también se abordan aspectos dentro del alcoholismo de los que normalmente no somos conscientes. Uno de esos aspectos es la presencia del machismo incluso en las adicciones como esta. Se habla del trato a la mujer alcohólica, es decir, se compara al hombre adicto con la mujer que también lo es. Personalmente, este es un hecho en el que nunca me había parado a pensar y me ha parecido, cuanto menos, acertado e interesante. 

Según Marcos Luis Hernando, en sus trabajos, su equipo y él suelen optar por una temática social, pero no por ninguna pretensión, sino porque les interesan las cosas que están en la periferia de la sociedad. Quieren poner el foco en esos temas para que la gente ponga su mirada en conceptos que parecen invisibles. «Vivimos en un mundo cada vez más paranoico: estamos en el estado de bienestar, pero hay más enfermedades mentales y vamos más al psicólogo». Enfermedades como lo son las propias adicciones. 

Así que, como finalidad, Marcos quiere mostrar las partes desconocidas sobre el alcoholismo. Por ejemplo, saber que en las fases de desintoxicación se puede generar ansiedad y puede incluso agravarse la situación llevando a algunas personas a ataques al corazón. Durante la representación, también apela al público. Intenta que nos veamos reflejados en los problemas sociales de los que se habla. No lo hace desde un lugar en el que se prejuzgue, sino para que reaccionemos y pensemos si también nos ocurre a nosotros. Sobre todo para que nos concienciemos sobre ello y para que se le dé visibilidad a estas enfermedades de adicción. 

La puesta en escena es muy importante porque enlaza muy bien con el contenido de la obra. La iluminación es oscura y tenue durante toda la representación. Los focos principales de la obra tienen la luz suave, es decir, se ve difusa y más indirecta, y sólo cuando cada personaje hace su monólogo la iluminación es verdaderamente potente y directa. En los monólogos queda todo el escenario a oscuras mientras el personaje que habla es el único iluminado. 

El decorado consta de unas cuantas mesas de terraza de bar, varias sillas y muchas botellas de alcohol por el suelo. El fondo es negro y hay un neón colgado de color rosa fluorescente en el que pone Delirium. Los cinco personajes van vestidos con ropa casual, con vaqueros, camisa y algún vestido. Siempre en tonalidades gris y negro. 

Considero que el autor ha querido dar un toque hosco a la escena ya que, a pesar de que hay muchos toques de humor para tratar los temas, la temática es cruda. Se pretende representar un ambiente oscuro, tenebroso y lúgubre, comparándolo así con lo que las adicciones representan. 

En mi opinión, es una obra verdaderamente interesante, tanto la puesta en escena como el texto en sí. Me ha gustado mucho porque me ha hecho reflexionar sobre aspectos en los que no me había parado a pensar y que día a día los tenemos presentes. La puesta en escena ha sido alternativa y eso me ha encantado. Los personajes no son los típicos que mantienen una conversación normal. Han hecho bailes breves, en algunas frases que se han repetido a lo largo de la obra han hecho los mismos gestos los cinco a la vez dando así toques de humor, han cantado alguna canción e incluso han participado con el público. A mi parecer, los cinco actores han tenido una expresión corporal y oral excelente. 

Me he quedado muy impresionada porque se ha entendido todo a la perfección durante toda la obra, aunque se tiene que poner especial atención ya que los diálogos son muy rápidos y mientras hablan van cambiando de tema enseguida. Además, han utilizado un lenguaje coloquial que ha hecho que nos sintamos muchísimo más cómodos y cercanos. 

Me gustaría destacar que hacia el final de la obra se ha hecho una reflexión muy buena, con la que la representación ha adquirido un sentido totalmente real. La obra es ficticia, pero habla de problemas sociales reales. Han dado datos precisos sobre las adicciones: por ejemplo, según la Organización Mundial de la Salud, más de tres millones de personas mueren anualmente a causa del alcoholismo. El inicio del consumo cada vez tiene lugar más pronto: un 81,2% de los jóvenes menores de edad declara haber ingerido bebidas altamente graduadas alguna vez en la vida. También han dado datos reales sobre las otras adicciones que se han tratado a lo largo de la obra. 

Ha habido varios momentos en los que se me ha erizado la piel. Porque entre broma y broma (los toques de humor a lo largo de la obra), se han dicho frases impactantes que te hacen reflexionar. Para finalizar, recomiendo la obra a todo el mundo. A quién esté dispuesto a aprender sobre aspectos que seguramente antes no sabían. Creo que les va a abrir los ojos con los problemas que hay en la sociedad de hoy en día y les hará reflexionar, a parte de pasar un muy buen rato porque la obra se envuelve de un humor atrayente.

Paula Moliner Caballer

II

Delirium es una obra dura, que te escupe la cruel realidad en la cara y que nos habla de los problemas presentes en nuestra actualidad. El nombre de la obra no es casual: “delirium” es un estado mental diagnosticado en el que una persona está confundida, desorientada, y no puede pensar o recordar claramente, puede tener, incluso, alucinaciones.  Se da en algunas enfermedades como el cáncer, pero también está relacionado con el alcoholismo, tema principal de esta propuesta dramática. 

La obra está escrita por Marcos Luis Hernando y dirigida por Isabel Martí. Teatro del Contrahecho es una compañía profesional valenciana. Entre sus montajes destacan: Los viajes de #ALEXyELENA (2016), habiéndose representado en diferentes campañas escolares de Madrid y Valencia; Segaremos ortigas con los tacones(2017), una obra de carácter social sobre la mujer y la prostitución, con más de 40 funciones realizadas. Delirium (2019), su último espectáculo para jóvenes y adultos estrenado en el C.C. El Molí de Benetússer y con representaciones en Valencia, Móstoles, Xàtiva, Corbera o Riola.

La obra plantea el problema del alcoholismo a través de cinco personajes, siempre con un punto cómico y sarcástico desde la ironía y el humor. Es una obra coral que abarca una sola noche en que los personajes irán tomando la palabra para contarnos su historia.

El decorado es muy sencillo solo hay tres mesas, unas cuantas sillas y botellas de vidrio en el suelo apiladas en bloques. La iluminación en esta obra es muy importante, ayuda a crear ese ambiente entre onírico y angustioso que caracteriza la obra y que se irá incrementando a medida que avance. La ambientación es oscura y en el fondo destaca un letrero luminoso con el nombre del bar en el que se sitúa la acción dramática: «Delirium». 

Elegir el espacio del bar para tratar todas las problemáticas actuales es muy acertado y para nada casual. En el bar hay periódicos que generan conversaciones polémicas entre la gente y se van tocando diversos temas a través del pensamiento de los distintos personajes tales como: la legalización de armas, la inmigración, la violencia de género, la adicción de la sociedad actual, “Amazon como el Dios de nuestros días”, el capitalismo, el consumismo…

La acción dramática en ocasiones se paraliza y todo se queda completamente oscuro, los personajes inmóviles… y solamente uno de ellos se acerca al micro que hay en un lateral para contarnos su historia, su patética vida, lo que le ha llevado a acabar siendo alcohólico: el miedo a una sociedad insensible y aplastante, a no ser querida por otras personas, a no encajar porque de pequeña le hacían bullying; o por soledad porque se había muerto su marido; e incluso por una cuestión de “genes” porque su madre era alcohólica… Nos lo cuenta a nosotros, al público; y creo que esto es fundamental porque es algo que está totalmente relacionado con la intención de esta obra: llamar la atención al público, pedirle que despierte, obligarle a participar…

Los cinco personajes, vestidos de fiesta, pasan toda la obra con una botella o un vaso en la mano, sirviéndose, brindando y bebiendo. No paran de beber. Esta repetición continua nos provoca un gran agobio. Hay un momento que entre ellos empiezan a pelearse y a tirar los periódicos haciendo bolas de papel, lanzándoselas entre ellos. El suelo acaba lleno de botellas y papeles de periódico. Todo contribuye a esa sensación asfixiante que se hace cada vez más grande, incluso cuando salen del escenario y buscan entre el público “un amigo” del que poder aprovecharse porque el bar ha cerrado; para que “este amigo” pueda transportarlos a otro sitio para seguir bebiendo. Se produce aquí una ruptura de la cuarta pared y el patio de butacas pasa a formar parte del escenario.

Aunque la temática gira en torno a la problemática del alcoholismo, (que es la causa de la muerte de más de tres millones de personas anualmente), el autor elige abordar otras adicciones, evidenciando que habitamos en una sociedad adicta: adicta al móvil, a los likes en Instagram, a las compras por Amazon. En una sociedad cada día más corrompida, aumentan los casos de depresión y problemas de estrés y ansiedad. La obra nos hace comprender, tener compasión, ver el sufrimiento en los personajes, ver el tema de la adicción como una enfermedad y no como un simple vicio. 

Aparece de manera recurrente el tema de la violencia de género. Los personajes femeninos muestran que el hecho de que una mujer vaya al bar a beber no está tan bien visto como cuando lo hacen los hombres. Las tres mujeres son fuertes y decididas, debaten sobre esto y sobre otras desventajas que conlleva el ser mujer, mientras los hombres beben en la mesa divirtiéndose.

El final nos traslada a otro lugar. De pronto, empieza a sonar un pitido, que nos recuerda a un monitor cardíaco y nos transporta a un hospital. Con ese sonido irritante durante todo el final, unos periódicos, unas sábanas blancas, luces y sombras… se crea un montaje impactante.

A pesar de que el teatro no tenga los recursos del cine, utiliza otros recursos (la luz, las sombras, los sonidos) para transportarnos a otros lugares y conseguir emocionarnos.

En las sombras distinguimos a alguien atado a un gotero, alguna botella y otros objetos. El pitido constante… la escena de sombras se hace cada vez más angustiosa. La escena cambia y vuelven a encender las luces. Uno de los actores se pone en el micrófono del lateral que han usado todos los personajes anteriormente para contarnos uno a uno sus historias sobre el por qué han acabado siendo alcohólicos. Empieza a describir a nuestra sociedad actual a través de un mar de cifras y estadísticas preocupantes y desoladoras, como el número de mujeres muertas este año, concluyendo así, todas las problemáticas tratadas durante la obra.

Tumban una mesa boca abajo y una de las mujeres empieza a zapatear muy fuerte mientras estas cifras son lanzadas; ahogando al espectador, pisándole, removiéndole las tripas, provocándole, obligándole a reaccionar, haciéndole pensar y concienciándole de en qué mundo vivimos. Se crea una atmósfera lúgubre y tétrica, los zapatazos en un momento me recordaron incluso a los tambores de Semana Santa.

La obra finaliza con la interpretación de un baile con la canción “Je Bois” de Boris Vian de fondo, que trata precisamente el tema del alcoholismo mientras los personajes dicen algunas frases de esa canción.  El público no puede quedar indiferente después de esta obra que sin duda busca marcarnos y dejar huella haciendo que reflexionemos sobre muchos de los aspectos de nuestra vida.

He de reconocer que, aunque acabé con muy buena sensación, me costó mucho adentrarme en la historia porque al principio me parece confusa, no se sabe muy bien por donde va a tirar. La obra me gustó mucho porque aborda todas las problemáticas actuales, a lo mejor sin ahondar demasiado en ellas, pero es una obra que claramente quiere decirnos “¡Despierta, mira lo que pasa en el mundo!”.

Rosana Aguilar Gómez

Sala Matilde Salvador – Universitat de València, 17 y 18 de noviembre de 2021Direcció, traducció i dramatúrgia: Isabel Martí

Dirección, traducción y dramaturgia: Isabel Martí; Texto: Marcos Luis Hernando; Actores y actrices: Rosanna Espinós, Pilu Fontán, Ernesto Pastor, Alberto Baño y María Poquet; Movimiento: Idoya Rossi; Espacio escénico e imagen: Teresa Juan; Ayudantía espacio escénico: Pau Gimeno; Vestuario: Pilu Fontan; Iluminación: David Sánchez; Espacio sonoro: Juan Lluch y Tony García; Voces en OFF: Pilar Almeria y Francesc Anyó; Fotografía: Vicente A. Jiménez; Vídeo: Bolet Produccions i Nelo Gómez; Prensa: Begoña Donat; Producción: Teatro del Contrahecho

Un influencer cervantino: «El licenciado Vidriera», de Cristina D. Silveira

Estela Esteve Cantavella – Martín Buigues Jiménez

I

La obra está basada en una de las conocidas Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes, escritas entre 1590 y 1612, que tiene como protagonista al Licenciado Vidriera, quien da nombre a la obra. La adaptación está hecha muy fielmente al texto, pero adoptando una postura teatral donde el cuerpo, lo físico, se une a la danza y al flamenco, exteriorizando así la locura que el protagonista experimenta. Lo visual y lo simbólico adquieren gran importancia en esta propuesta también.

El montaje está dirigido por Cristina D. Silveira, adaptado por Luis López Bellot y protagonizado por Jorge Barrantes y Alberto Moreno (encargado del acompañamiento musical). La escenografía y la utilería está montada por David Pérez y Diego Ramos y, el vestuario por Myriam Cruz. Es una coproducción de Karlik Danza Teatro, una compañía que lleva activa desde 1991 con el objetivo de encontrar un lenguaje escénico personal, y El Desván, compañía activa desde el 2005 para dar respuesta a inquietudes personales y artísticas.

La obra nos cuenta la historia de Tomás Rodaja desde su infancia hasta el momento en el que se transforma en Licenciado Vidriera, el momento de su aparente locura, y finalmente, como vuelve a sus cabales. La locura está presente en toda la historia y es el motor que la vertebra, pero solo es una excusa que el autor utilizó para poder criticar a la sociedad y sus costumbres de una manera satírica. El Licenciado, de hecho, lo único que tiene de loco es creerse de vidrio porque todo lo demás que dice es coherente y su opinión verdadera.

La puesta de escena es muy importante. Nada más entrar vemos una persona tumbada como si estuviese muerta, en el suelo, con unos ropajes negros. En el fondo se puede ver un árbol con un muñeco de vendas blancas. Los elementos de la escenografía serán muy sencillos durante toda la actuación: un caballo de alambres, las velas para simular un barco, libros con los que construir un palco de “conocimiento” …

El vestuario también es simple, pero muy importante: irá variando, acorde con las etapas que atraviesa el personaje principal. En su niñez, Tomás Rodaja viste vendrás blancas, más adelante ropajes negros, después, ya convertido en el Licenciado Vidriera viste ropas anchas atadas con una cuerda por su miedo constante a romperse. Y, finalmente, cuando ya es Tomás Rueda, vuelve a sus ropajes negros. 

A esto se le suma la iluminación, otro factor muy importante, pues en el momento en el que se cree de vidrio podemos ver en su cuerpo una proyección que lo simula acompañado de una música que nos lo recuerda. La iluminación de escena irá cambiando de más lúgubre a más clara durante toda la escena, jugando con los focos en el narrador y en el personaje principal e intercalándose. Otros elementos que contribuyen a crear el contexto apropiado son las proyecciones en las velas de la mujer que envenena al Licenciado o el rumor del habla de varias personas de fondo. Todo esto se combina con una música de tensión constante que varía con la narración de canción flamenca y sus quejidos que simulan la locura y el dolor en ciertas escenas…

En lo personal, me ha parecido muy interesante como logran los dos personajes transmitir tanta información en el escenario con los pocos elementos que cuentan y de manera tan acertada. Con un final cerrado que muestra el desencanto del autor ante esta sociedad hipócrita, nos muestra su desencanto y nos lo traslada. A lo largo de la actuación, el público se sorprende y empatiza con las experiencias personales del personaje, pero es cierto que a veces estos quejidos y movimientos bruscos que destacan la locura del personaje pueden llegar a asustar por inesperados, lo que influye en el impacto. Personalmente, he estado muy en tensión en muchas partes de la representación y la música me ha parecido un elemento clave para enganchar, esa narración en flamenco de una manera tan original es lo que más me ha gustado de la obra y lo que más he disfrutado. Quizás no sea la obra más acertada para representar, pero aun así Karlik Danza Teatro hace una adaptación del texto a la escena excelente.

En la actualidad, las apariencias importan. Nos encontramos en una sociedad dominada por las redes sociales y moldeada por unos estigmas canónicos que adaptamos sin darnos cuenta. Vivimos ante los ojos de los demás y, como personas sociales que somos, estamos constantemente preocupados por las opiniones ajenas y la validación de la gente de nuestro entorno. El protagonista de esta obra es tenido en cuenta por la sociedad que le rodea solo cuando está “loco”, pero después la gente deja de idolatrarle aun cuando sus conocimientos son los mismos. Es por eso por lo que esta obra no está tan desactualizada como puede parecer. Licenciado Vidriera vendría siendo hoy en día un influencer que, tras haber llegado a su máximo apogeo, ha visto su fama derrumbarse tras una pérdida de seguidores.

Estela Esteve Cantavella

II

La obra que se interpretó en el teatro “Espacio Inestable” de Valencia el pasado 15 de octubre de 2021 fue El licenciado Vidriera, una de las doce novelas cortas de Cervantes que componen sus Novelas ejemplares de honestísimo entretenimiento, escritas entre 1590 y 1612 y publicadas en 1613.

La novela trata sobre Tomás, un letrado que, tras ser hechizado, comienza a delirar, a creerse de vidrio y a criticar y satirizar todo cuando ocurre ante él. La gente parecía escucharle e interactuaba con él para recibir sus respuestas mientras no estaba cuerdo, pero una vez curado, ya nadie quiso escucharle ni hacerle caso. La obra no sigue las unidades de tiempo, y lugar: se nos presentan múltiples lugares (la naturaleza, la universidad, el interior de un barco, el campo de batalla…), y la narración transcurre a lo largo de varios años. Toda la acción gira alrededor del personaje inicial y lo acompaña hasta el final, sin desarrollar tramas paralelas. Hay recursos antiilusionistas como el hecho de que el personaje se considere de vidrio o el factor místico del ser hechizado, y tiene que ver con que la obra se inclina más por el lado idealista de los escritos de Cervantes que por el lado realista de retrato social. Con todo, puede decirse que la obra gira en torno al conocimiento, a la locura y al rechazo social.

Es probable que la compañía eligiera esta obra para representarla por varios motivos: principalmente, para recuperar una obra de Cervantes que, como casi todas las demás, se ve eclipsada por El Quijote, siendo muy pertinente su aporte para volver a traerla a la vida. En segundo lugar, por los temas que trata, ya que, a pesar de considerarse una novela idealista que poco tiene que ver con la realidad social de su época, es cierto que los temas que toca sí estuvieron presentes entonces y lo siguen estando ahora (en especial el que atañe al rechazo social, un tema que ha ido manteniéndose a lo largo de la historia). Cabe destacar que la obra no fue compuesta como un texto teatral, sino como un texto narrativo en prosa. La decisión de traerlo de vuelta a la vida como una representación teatral puede estar ligado a motivos de accesibilidad, puesto que es más accesible y recuperable una obra que se representa en un escenario que una reivindicada con simples palabras; aunque también puede relacionarse con la intención por parte de una compañía de teatro de hacer honor a un autor clásico y de dar voz a una obra poco reconocida.

El rechazo social es un tema que retumba mucho en esta obra. Observamos cómo el pequeño Tomás logra formarse con mucho esfuerzo y dedicación, consiguiendo cultura y sabiduría y sintiéndose lleno. A pesar de esto, no será hasta que la locura lo haya devorado entero que la gente empezará a escuchar realmente lo que dice: ganará seguidores, gente que pide su consejo, gente que le reclama ayuda y respuestas a sus preguntas que de otra manera no podrían recibir. Él se habrá convertido en un objeto utilizado (que no idolatrado) por el resto: además de ser único, diferente, es gracioso, y la gente, hastiada de seguir los moldes sociales, probablemente lo valora por eso. Es por este motivo que, una vez curado de su enfermedad, nadie quiere escucharlo: porque ha dejado de lado la esencia que lo distinguía del resto de letrados, ya no satiriza, ya no escupe verdades peligrosas y ya no tiene el descaro que solía gustar. Así pues, aun viéndose ahora más capaz y preparado para responder preguntas y saciar la sed de sabiduría, nadie quiere recibir su palabra. Esta situación de abandono e incomprensión (que bien podría haber sido compuesta a modo de declaración de cómo el propio Cervantes se sentía) llena al pobre Tomás de tristeza, que lo obliga a abandonar la sabiduría y simplemente acudir a las armas de Flandes, armas que antes repudiaba. Puede ser una lección de que el pueblo solo escuchará a los más locos, puesto que los cuerdos nunca dicen nada de interés; puede estar criticando esto, o puede simplemente estar desahogándose puesto que él se sentía así, él lo experimentó así, y no tiene ningún tipo de carga social, sino expresamente personal. En todo caso, es aplicable a nivel actual como lección social.

La representación fue un tanto minimalista: unos pocos objetos de atrezo distribuidos por el pequeño escenario, un árbol, libros, una carreta que simulaba a un jinete y su caballo, un muñeco que representaba al protagonista de niño y unas sábanas blancas (en las cuales luego se proyectarían imágenes); pero no faltó en ella un ambiente integrador, música y efectos de sonido que ayudaban al espectador a zambullirse junto a los personajes. El acompañamiento musical, llevado a cabo por una guitarra y cantos de estilo flamenco, ayuda a ligar a la obra (una obra clásica) al imaginario típico y tradicional español, y es un aporte que ha ayudado a comprender el lado nacional del escrito.

Solo actuaron dos actores (uno de ellos encargado de tocar la guitarra y cantar, y el otro de dar vida a los personajes). La vestimenta fue simple, representando las ropas burdas de la época, pero sí hubo un detalle digno de mención: al principio, mientras el protagonista aún era un pobre analfabeto, vestía con unas ropas de trapo sucias; más tarde, cuando se hubo licenciado, vistió una toga negra de clérigo, y cuando la locura hizo presa de él, volvió a vestirse de ropas burdas y sucias. Esto en la obra tiene que ver con que la otra ropa hería el cuerpo endeble de vidrio de Tomás, pero a nivel metafórico puede tener mucho más peso: puede hacer referencia a que las ropas de los sabios pesan y duelen más que las ropas simples, significando que la sabiduría al final acaba pesando y doliendo más que la ignorancia.

La iluminación fue oscura durante toda la obra, focalizando casi siempre al personaje y en rara ocasión al resto del escenario. Esto provocó una sensación de soledad muy pronunciada alrededor del personaje principal, como si se viera atrapado en sí mismo. En las escenas en que desvariaba y enloquecía, la iluminación se expandía a todo el escenario, como dando a entender que la gente lo atendía.

Los efectos de sonido eran tensos y entraban en escenas inquietantes, frías, para que la escena impactara más. La transformación escalofriante en vidrio y el final desolador en el que parte a la guerra fueron las dos más importantes. Este ambiente lúgubre fue decisivo para marcar más el contraste entre estas escenas y aquellas en las que Tomás estaba cuerdo, acompañado siempre del sonido puro de la guitarra y los cantos.

Conocía la obra de Cervantes con anterioridad, y acudí a la representación para poder ver qué enfoque decidiría la compañía de teatro darle. No me decepcionó, e incluso ahondó más que la lectura que en su día hice. Me ayudó a comprenderla mejor, a actualizarla y así traerla al mundo contemporáneo. La representación despertó en mi interior muchos sentimientos: al principio, incertidumbre; conforme avanzaba, fue embadurnándome de la miseria que el personaje principal irradiaba, atendí bien a las palabras que gritaba cuando despotricaba sobre todo y sobre todos. Sentí incomodidad y un dolor interior al presenciar la metamorfosis, sentí la agonía que el personaje trata de transmitir y, al final, cuando ya nadie quiso escucharlo una vez cuerdo, sentí pena y, en cierta manera, empatía. El final tan cerrado que tiene ayuda a cerrar bien el círculo de la obra, y la lección cae sobre el espectador como un martillo: la sociedad no atiende a aquellos que hablan desde la sabiduría, sino a aquellos que satirizan y critican negativamente todo.

El montaje fue bueno, y la perfecta actuación de voz aportó mucho a su disfrute. La música de guitarra y los cantos la amenizaron, y la despedida una vez concluida la obra fue conmovedora. En general, recomendaría la obra para todo aquel que quisiera ahondar en la figura de Cervantes como uno de los escritores más importantes en nuestra lengua y de la época moderna, que quisiera abarcar de él el exquisito territorio que yace más allá de El Quijote. Aunque tal vez podría pasar desapercibida para un lector o espectador casual que no se interesara en meterse en esta materia, por lo que no la recomendaría para este tipo de público.

Martín Buigues Jiménez

Espai Inestable, 15 y 16 de octubre de 2021

Intérpretes: Jorge Barrantes y Alberto Moreno; Dirección y dramaturgia: Cristina D. Silveira; Adaptación y ayudantía: Pedro Luis López Bellot; Escenografía y utilería: David Pérez y Diego Ramos; Vestuario: Myriam Cruz; Espacio sonoro: Álvaro Rodríguez; Creación de video: El Desván Teatro y Mara Núñez; Iluminación: David Pérez; Fotografía: Carlos Pérez; Diseño gráfico: Diego Ramos

Una producción de Karlik Danza Teatro, El Desván Teatro y La Nave del Duende

Las aulas, el verdadero escenario: «Demà no hi ha classe», de Juli Disla, Jaume Pérez y Toni Tordera

Clara Romany Castellano – María Codreanu Marín

I

El pasado trece de diciembre se estrenó, tanto en un aula de la Facultad de Magisterio como en la de Filología, la nueva obra de teatro de Toni Tordera y Juli Disla. Demà no hi ha classe, dirigida por Jaume Pérez, es la obra llevada a la vida o, mejor dicho, la vida llevada a la escena. Una vida concreta que llega a confundirse con la propia labor de la actriz, Mireia Pérez, y es que, de pronto surge entre el público una pregunta: ¿es ella la nueva profesora?

No es extraño pensar que esta cuestión surja entre los asistentes, pues en efecto, la nueva profesora sube al escenario, que no es otro que su mesa y se dispone a realizar un monólogo. La confusión es clara: la actriz es una profesora, el escenario la misma aula y el público los estudiantes de secundaria. Son ellos el público ideal al que va dirigida una obra que busca llegar a la conciencia de los jóvenes para llevar a cabo una reflexión sobre el papel del docente y la enseñanza.

Si bien es cierto que nosotros, alumnos del Máster, no somos el público ideal escogido para la obra, y —todo hay que decirlo— sabíamos de la farsa, mentiría si dijera que en ningún momento yo, o alguno de mis compañeros, dudó sobre si realmente la actriz cumplía simplemente un papel, o realmente era una profesora. Y en efecto, así está pensada, para ser representada de improvisto en las aulas de un instituto, frente alumnos que no saben que se encuentran ante una obra teatral, para poder así llegar a ellos de forma directa manteniendo, en todo momento, su atención. 

A lo largo de su carrera, Toni Tordera ejerció como docente durante años y, a raíz de un suceso tan traumático como puede ser el de un profesor asesinado en Barcelona por un estudiante, surgió la idea de realizar este proyecto. Tras un arduo trabajo en el que se contó con la opinión de varios profesores; los dramaturgos y el director comenzaron a hilvanar lo que hoy es una obra de pies a cabeza, una obra que trata sobre los problemas que hay más allá de un aula, como aquellos problemas que sufren los docentes o los conflictos que pueden surgir entre esas cuatro paredes. 

La educación se pone en escena, y la nueva profesora narra como no únicamente es profesora, sino que es persona, y ella, como muchos alumnos, también se ve en numerosas ocasiones frustrada, coaccionada y aplastada por sus estudiantes, la dirección del centro, las administraciones, los propios padres… 

Llamativo y curioso es que el espectáculo empiece in medias res, pues comienza en mitad de una clase en la cual los alumnos están realizando sus quehaceres. Esto dota a la obra de un interés extra, pues el público no es conocedor, realmente, de lo que allí está sucediendo. Mireia Pérez, que cumple un papel exquisito, efectúa su monólogo en valenciano, lo que supone una propuesta escénica muy interesante. Asimismo, el público, que no es otro que los estudiantes, que forman en todo momento parte de la obra, se convierten en los actores de un espectáculo que no es otro que la representación de su propia vida. 

En el esquema anterior he querido señalar algo que sucede en la obra y es propio de un teatro renovador. A raíz del cambio de primera a tercera persona en el monólogo, se consigue crear una intersección entre los círculos de comunicación de la profesora (1) y los alumnos (2). Dicha intersección genera un efecto de distanciamiento (3) en la propia obra. De esta forma, el espectáculo desarrolla un nuevo tipo de dinámica, la cual obliga al espectador a despertar su sentido crítico. Esto es lo que busca con su teatro Toni Tordera; un teatro renovador que vaya más allá de las tablas, que posea una finalidad más allá del mero entretenimiento, que el teatro se convierta en un simulacro de clase. 

La actriz hace partícipe en todo momento al público en la obra, por lo que podemos llegar a considerar que no es que no exista una cuarta pared, sino que todo lo que se encuentra en el escenario, incluso los propios alumnos, se encuentran rodeados por todas las paredes del teatro. Así pues, me aventuro a afirmar que sí hay una cuarta pared, pero todos estamos en su interior: público y actriz. 

Demà no hi ha classe contiene drama, crítica, participación por parte del público, elementos que lo dotan de una mayor realidad, narración de sucesos basados en la realidad… se trata de una obra, a mi parecer, muy completa para el objetivo que pretende cubrir. Asimismo, Mireia Pérez es capaz de improvisar en cualquier representación ante cualquier improvisto, siendo capaz de convertirse, y ser, realmente la nueva profesora. 

A pesar de que el escenario no fuese el ideal aquel día, pues es necesario señalar que ni el aula era la adecuada por su gran tamaño, ni nosotros alumnos de secundaria; considero que un modelo escénico como el que supone Demà no hi ha classe es necesario en el ámbito escolar. Cumple todas las expectativas que desea más allá del mero papel, pues además de acercar a los alumnos de los institutos al mundo de las artes escénicas, les invita a dialogar y reflexionar sobre otros temas como pueden ser la sociabilidad entre ellos y con el profesor, el acoso escolar, los sucesos que suceden en el aula y fuera de ella, los nervios, la inseguridad… 

No es extraño considerar que en definitiva, la obra busca ser un nuevo tipo de enseñanza ligado a la práctica, una enseñanza que poco a poco pueda extenderse a sus anchas a través de la recepción de distintos públicos y formas. En este caso, sí considero la obra como una pieza magnífica e inteligente en el que se desarrolla algo totalmente nuevo, a través de una importante escucha activa y la participación en el teatro o, mejor dicho, en el aula. 

Clara Romany Castellano

II

Siete horas al día durante al menos siete años de nuestra vida. Este es el tiempo mínimo que pasamos en un aula a lo largo de nuestra existencia. Ya si decidimos estudiar una carrera, un máster, un doctorado, etc., la cifra crece exponencialmente hasta ocupar un porcentaje importante de nuestro tiempo vital. Por tanto, lo que se haga durante este tiempo, especialmente en los años convulsos de la adolescencia, es crucial para nuestra formación como individuos. Esto es algo que Toni Tordera, Juli Disla y Jaume Pérez tienen muy presente al concebir para Yapadú Artística la obra teatral Demà no hi ha classe, cuya representación tuve el placer de presenciar el pasado 13 de diciembre en la Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació de la Universitat de València.

Dirigida por Jaume Pérez Roldán, Demà no hi ha classe es una obra que sale del espacio habitual del teatro para acercarse a sus verdaderos protagonistas: los alumnos. Sin necesidad de un decorado, iluminación ni vestuario específicos, la profesora, interpretada por Mireia Pérez, entra al aula – el espacio donde más sentido cobra una obra como esta – y empieza la representación que en total durará unos tres cuartos de hora, justo lo que suele ser una clase de secundaria, para cuyos integrantes se ha diseñado.

La profesora inicia la clase como lo haría cualquier docente. Se presenta. Habla de evaluación, examen y todas las formalidades que se hacen en el primer contacto de un profesor con sus alumnos. De repente se queda en silencio, y cuando reanuda el monólogo ha cambiado de tema. Empieza a relatar su día, su vida fuera de clase, y a través de la exposición de sus problemas externos recordamos lo que tantas veces se nos olvida: que el profesor, fuera del aula, es también una persona como cualquier otra, con sus propias inseguridades. ¿Y cómo no tenerlas cuando desempeña una profesión diariamente apuñalada por una sociedad que, cada vez que algo falla, sentencia que “la clave está en la educación”?

¿Cuál es esta clave? ¿Qué tiene que hacer un profesor para ser un buen profesor? ¿Qué valores transmitir a esa futura generación que tiene delante? ¿Seguir los criterios de quién? ¿De los padres, de los alumnos, de los líderes políticos o de las empresas que han hecho de la educación un negocio? Estas y muchas otras son las preguntas que pasan constantemente por la cabeza del docente, y la profesora nos las lanza también a nosotros, que, como alumnos suyos que hemos devenido desde el principio de la representación, tomamos un papel activo en ella cuando se nos invita a compartir nuestra reflexión.

No es fácil dar una respuesta a estas cuestiones, igual que no es fácil saber cómo actuar en cada caso. La misma profesora nos lo ilustra a través de una experiencia que la marcó: una vez mandó a sus alumnos que hicieran una redacción sobre lo que fue el holocausto y se encontró con que uno de ellos le hizo una apología del fascismo. Cuando intentó hacerle ver cuánto daño había hecho esta ideología que defendía, el padre del alumno puso una queja diciendo que su hijo había sido discriminado por tener una opinión diferente a los demás, los otros alumnos se aliaron con su compañero, incluso la dirección del centro se volvió en contra de la profesora diciendo que aquello no la incumbía porque no estaba relacionado con su materia. Ante esto, uno se acaba planteando si vale la pena actuar o si es preferible limitarse a impartir lo que el temario impone, hacer borrón y cuenta nueva al llegar a casa tras la jornada laboral y recibir en cuenta el sueldo a final de mes. ¿Es más inteligente quien opta por luchar para transmitir los valores correctos a sus alumnos – aunque haya momentos en que el mundo entero se le oponga – o quien adopta una actitud pasiva porque ha perdido toda esperanza de poder realizar un cambio? Al fin y al cabo, establecer una conexión entre alumno y docente ya de por sí era difícil en el modelo tradicional de escuela que nos viene desde el S.XVIII, porque son figuras en planos muy distintos que interactúan a través de las respectivas máscaras que escogen para mostrarse al mundo. Si a esto añadimos el progresivo aislamiento al que nos lleva la adopción de actividades virtuales en la educación actual, que hacen que interactuemos solo a través de una pantalla, el panorama resulta absolutamente desolador.

Sin embargo, a pesar de todas estas complicaciones que se han ido exponiendo a lo largo de la representación y que pueden desanimarnos como alumnos o como futuros profesores, encontramos al final un destello de esperanza en las palabras de la profesora. Nos recuerda la idea de la que hemos partido: que en el aula pasamos mucho tiempo. Y como el tiempo es lo más valioso que las personas tenemos, vale la pena hacer que cuente. “Las ganas” – nos dice – “la clave está en las ganas”. Ganas de abordar la realidad en vez de evadirla, ganas de que mañana no haya una clase vacía de sustancia, sino que sea una clase en la que aprendamos a trabajar juntos para cambiar los verdaderos problemas de nuestro entorno. No va a ser un camino de rosas, por supuesto que no, pero vale la pena intentarlo. Al fin y al cabo, el aula será un espacio cerrado, pero en ella todas las posibilidades están abiertas.

María Codreanu Marín

Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació, Universitat de València, 13 de diciembre de 2021

Profesora: Mireia Pérez, AutorEs: Juli Disla, Jaume Pérez i Toni Tordera; Dirección escènica: Jaume Pérez Roldán; Image: Escif; Illuminación: Pablo Fernández; Audiovisual: Edu Soriano; Disseño gráfico: Teresa Juan; Asesoría pedagògica y redes sociales: Marta Tordera; Producción ejecutiva: Mayte Barbazán; Ay. de producción y administración: Amparo Tortajada

Heridas de muerte las palabras: «Atocha. El revés de la luz», de Javier Durán

Marcela Fernández Fong – Ángela Barbosa García

I

Siento esta noche heridas de muerte las palabras. 

Rafael Alberti 

Representada el 9 de noviembre de 2021 en la Sala Matilde Salvador del Centro Cultural La Nau (UV) como parte del ciclo de Teatre de la memòria (9-14 de noviembre), «Atocha. El revés de la luz» es la primera obra que se centra en tratar la matanza de los abogados laboristas de Atocha, un atentado cometido por terroristas de ultraderecha en la ciudad de Madrid el 24 de enero de 1977. 

Escribe y dirige Javier Durán, quien conforma el texto a partir de las entrevistas y declaraciones del único superviviente vivo hoy de este acontecimiento, Alejandro Ruiz-Huerta. Este, además, constaría como colaborador especial de la obra. En aproximadamente 70 minutos de duración, «Atocha. El revés de la luz» combina el presente y el recuerdo del pasado para reivindicar la Historia reciente del país. 

La historia que nos presenta Durán en «Atocha. El revés de la luz» es la del mismo Alejandro Ruiz-Huerta, quien, tiempo después de haber sufrido el atentado junto con sus compañeros y haber salido con vida, decide reunir sus memorias en un libro que batalla con terminar de escribir, por ser incapaz de enfrentarse a su recuerdo de aquel día. Comienza, entonces, a acercarse al suceso a través de escenas de su juventud como su etapa universitaria y sus primeros acercamientos a la política, e irá dando saltos hacia atrás y hacia delante en el tiempo. 

La obra tiene la particularidad de contarnos una historia enmarcada: vemos cómo Alejandro intenta narrarnos su historia, de la misma forma que vemos discurrir la historia en sí misma. Se nos van presentando a los espectadores imágenes del proceso de escritura del libro, donde Alejandro va trazándose a sí mismo un camino enrevesado —intentando esquivar los momentos dolorosos— hacia su recuerdo, y buscando asimismo la fuerza para plasmarlo en papel. Estas imágenes las vamos viendo de forma paralela: nos situamos en el pasado para luego dar un salto al presente y, una vez allí, dejarnos volver a conducir hacia el pasado a través de lo que Alejandro va atreviéndose a recordar. 

Además de esta línea temporal confusa, fraccionada, se nos presentan diferentes locaciones del pasado y el presente —desde la universidad donde se conocen los jóvenes Enrique Valdevira y Javier Sauquillo, hasta la consulta de Alejandro con su psicólogo en el momento de escritura del libro, pasando por escenas costumbristas de la casa, de las oficinas, e incluso de la cárcel en algunos momentos concretos—.

Podemos decir que el tema principal de la obra es la memoria: la memoria del pueblo español al mantener vivos los recuerdos, en este caso, que se dan durante la transición, representada a través del proceso en el que Alejandro Ruiz-Huerta se va atreviendo a acercarse a su propio trauma. En el final de la obra aparece representado el día del atentado, cuando el grupo de abogados estaba trabajando en sus oficinas e irrumpen un grupo de hombres armados que acabaría con sus vidas. Sin embargo, la forma en que la historia está escrita muestra un trato muy humilde de los hechos, ya que el autor no pretende ensalzar a los “personajes” ni mitificar la historia. 

Alejandro Ruiz-Huerta dice en una entrevista: «si el eco de su voz se debilita, pereceremos […]. Tenemos que reconducir la historia hacia la puerta de la verdad». Siguiendo esta misma línea, sobre la memoria histórica, el director comentaba en la entrevista que al parecer la Guerra Civil da más juego para la ficción, pero nadie parece reparar en los hechos de la transición. Para él estos acontecimientos están conectados con hechos del presente, como la liberación de García Julià (uno de los asesinos de Atocha) o el clima de incitación al odio que se ha ido gestando. Para él, aún no estamos siendo conscientes de nuestro pasado y es precisamente lo que pretende despertar con su homenaje. Hay una importante reivindicación política a lo largo de la obra —empapada de política desde los inicios universitarios donde se menciona la vinculación con el PCE, FLP,— en este despertar de la memoria, en la llamada de atención a la represión violenta que vivió el país incluso después del largo periodo de dictadura. 

La puesta en escena aporta mucho a la experiencia, tanto sus actores como por su iluminación y decorado. Es destacable que el elenco —formado solamente por Nacho Laseca, Fátima Baeza, Alfredo Noval, Luis Heras y Frantxa Arraiza— interpretase toda una larga serie de personajes, dándoles a cada uno su propia personalidad y distinguiéndolos del resto a raíz de sus interpretaciones y los cambios de vestuario. 

El decorado, también muy simple, daba mucho juego al montaje. Solo 5 piezas rectangulares, colocadas de diversas formas, contribuyen a formar diferentes espacios (una misma pieza es sillón de la consulta, barra del bar, mesa del despacho e, incluso, un alegórico ataúd). La iluminación, cambiante pero generalmente cálida, ayuda a diferencias escenas y espacios temporales, así como a dar más dramatismo a algunos momentos, a crear una atmósfera más íntima o una más triste, más fría, en otros.

Personalmente, la experiencia que tuve con la obra fue positiva desde el primer momento. Me parece que ese trato tan humilde de contar una historia sin grandes aspavientos (a pesar de que se la ha calificado de demasiado ambiciosa) más allá del recuerdo es algo especial en obras que tratan la memoria histórica. Pienso —evidentemente desde fuera— que se le da mucha dignidad al personaje de Alejandro Ruiz-Huerta, como único superviviente que aún vive hoy, de la misma forma que a sus compañeros fallecidos en el incidente. Me parece que es una obra que nos acerca a la Historia a través de la empatía con ellos, ya que los vemos a todos puramente humanos, los vemos como personas, más allá de ser un nombre. Plasma muy bien la perspectiva —siempre respetuosa— del autor con respecto a las formas de violencia totalitaristas y su condena, mostrando el dolor que dejan las muertes, el daño de la sangre, lo injusto que es para todos los que las rodean, incluso el proceso de su protagonista de aceptar su propia supervivencia tras la muerte de sus amigos. Creo que esta forma de mostrar el dolor es lo que más nos hace emocionarnos con ellos, sobre todo en el final, que es donde vemos la noche del 24 de enero. En esta última escena, que cierra con la última interacción entre Alejandro y su mejor amigo, donde este le pregunta si muere, y Alejandro le contesta si él vive, siento que culmina todo el sentimiento puesto en la obra, en la historia en la que la vida de ellos mismos es la protagonista

Marcela Fernández Fong

II

Atocha, el revés de la luz ha sido escrita y dirigida por el dramaturgo Javier Durán Pérez y representada por la compañía I.N.K. Producciones, fundada en 2017 por el propio Javier Durán para poner en marcha sus proyectos. Desde entonces ha producido y estrenado obras como Capullo, quiero un hijo tuyo, Robos Atocha, el revés de la luz. Como dramaturgo, ha sido galardonado con el Premio de Teatro Exprés de la AAT y con el Premio Internacional Dramaturgo Pérez Minik de la Universidad de La Laguna.

Esta función se lleva a escena después de varias lecturas y entrevistas personales a Alejandro Ruíz-Huerta, el único superviviente del atentado que queda vivo. En una entrevista Javier Durán explica el motivo que le lleva a crearla: tras conocer a Alejandro Ruiz-Huerta este le propone hacer algo cultural a través de su historia y Javier le ofrece hacer esta representación. Llama la atención la elección de este tema porque es un acontecimiento poco estudiado y una de las intenciones del director es que los jóvenes conozcamos lo que ocurrió y así entiendan la historia presente. Este acontecimiento del que hablamos es el atentado de Atocha que tuvo lugar en la calle Atocha 55 de Madrid el 24 de enero de 1977, por tanto, en lo referente a la historia, nos sitúa en la Transición española.

La obra trata la matanza de los abogados de Atocha a través del testimonio de Alejandro Ruiz-Huerta. Cada vez que este se sienta a escribir lo que ocurrió, es incapaz de narrar lo ocurrido. Para posponer el momento de afrontarlo, la historia retrocede a su época universitaria y configura así un doble retrato a través de diferentes etapas: el de una persona que lucha por sus propias ideas hasta las consecuencias finales, y el de un período fundamental para comprender nuestra historia reciente. Por eso, en este caso, no se respeta la unidad de tiempo puesto que la obra no se desarrolla en un solo día, sino que a través de las analépsis nos traslada a su juventud universitaria y va repasando diferentes etapas de su vida hasta el desenlace. El lugar de la acción dramática irá también desplazándose: los exteriores de la universidad, la oficina de abogados, etc. Para Javier Durán: “Hay un paralelismo sobre ese trauma personal y el de un país al que le cuesta dar rienda suelta a su memoria.”

Junto a la imposibilidad de contar el suceso traumático (porque recordar significa abrir aquellas heridas que preferimos olvidar, y esta actividad no es tan sencilla), encontramos el tema de la lucha social por parte de todas estas personas que aparecen y/o son nombradas en escena (por ejemplo, Manuela Carmena y Cristina Almeida). Todos ellos defendieron sus ideales, expresaron aquello que pensaban y se posicionaron en contra de la dictadura porque, tras la muerte de Franco, España tomaba un nuevo rumbo hacia la democracia. Sin embargo, había gente que se negaba a dejar atrás los valores de la dictadura y no les importaba emplear la violencia, y fue la noche del 24 de enero de 1977 cuando esta violencia desembocó en el asesinato de los abogados laboralistas por un grupo ultraderechista. Cabe decir, que este atentado hizo que fuera posible el consenso de la Transición. De alguna manera, podemos decir que el montaje conecta con la actualidad porque ese fatídico episodio explica la historia actual y se pretende que no caiga en el olvido y que aquellas personas que murieron sean un ejemplo a seguir para todos nosotros. Me gustaría destacar que cuando se estrenó la representación hacía poco que Carlos García Juliá, el autor de la matanza, había salido de prisión a pesar de que todavía le quedaban por cumplir diez años de condena. 

En cuanto al montaje, es bastante sencillo, los actores se sirven de unas cajas rectangulares de color gris oscuro que evocan aquella época de inquietud, terrorismo e incertidumbre tras la muerte de Franco. Estas cajas las van cambiando de posición para representar elementos o lugares dependiendo de en qué lugar se ambienten las escenas (son usadas como bancos, ataúdes, muebles…). También la obra se sirve de proyecciones de imágenes, vemos fotografías de las manifestaciones y de las personas que murieron. 

Los actores llevan ropa adecuada a la época en la que se desarrolla la acción y como representan a muchos personajes cada uno viste con algo que le caracteriza y permite que el espectador lo identifique. Se juega con las luces dado que cuando habla Alejandro para presentarnos lo que se va a representar, la luz cae sobre su persona y el resto del escenario queda sumido en la oscuridad para que, de esta manera, los demás actores puedan cambiar el decorado sin ser vistos. Lo que más me ha llamado la atención del montaje es precisamente que con unas simples cajas oscuras se cree una atmósfera lúgubre capaz de rememorar aquella época de violencia política y muertes. 

Personalmente, la obra me ha gustado mucho. Antes de ir a verla no tenía ningún conocimiento sobre este trágico suceso y me alegra haber ido ya que me ha gustado informarme y conocer esto, porque la mayoría de la gente joven no valora o no sabe todo lo que ha ocurrido para que las cosas a día de hoy sean como son. Para que podamos presumir de que somos un país democrático hemos pasado por muchas cosas y, como hemos podido comprobar viendo esta obra, se han perdido muchas vidas en ese proceso de lucha por conseguirlo. La representación facilita que, como espectadores, empaticemos con las víctimas e incluso pensamos en las familias de estas, gracias a esas proyecciones de las fotografías de los difuntos como si fuese una especie de homenaje. Por otra parte, también me ha transmitido una especie de esperanza o motivación porque gracias a esto te das cuenta de que las cosas se pueden cambiar y no siempre hay que agachar la cabeza y hacer lo que nos dicen. Por todo esto, recomendaría la obra a otra persona pero le sugeriría que se informase primero sobre este atentado y tuviese ciertos conocimientos de historia, pues de esta manera le será más fácil comprender la función. 

Ángela Barbosa García

Sala Matilde Salvador. Universitat de València – 9 de noviembre de 2021

Dramaturgia y dirección: Javier Durán; Colaboración especial: Alejandro Ruiz-Huerta; Elenco: Nacho Laseca, Fátima Baeza, Frantxa Arraiza, Alfredo Noval, Luis Heras y Miguel Pancorbo; Producción: Javier Durán – I.N.K. Producciones; Ayudante de Producción: Elvira Gutiérrez; Diseño de vestuario: Elda Noriega; Diseño de escenografía: Eva Ramón; Diseño de Luces: Ángel Cantizani; Proyecciones: Ele Medios Comunicación; Fotografía: Lucía Bailón; Diseño gráfico: EDO estudio; Comunicación: Lemon Press; Distribución: a+ Soluciones Culturales

La comedia que ha reconciliado a Góngora y Quevedo: «La niebla», de Chema Cardeña

Lucrecia de Dios – Lucía Fernández Herrero – Víctor Barberá Puig

I

Sin duda, La niebla es un espectáculo que habrán disfrutado todos los amantes de la literatura española que hayan tenido la oportunidad de asistir a su puesta en escena. Así lo demostró el público del pasado 12 de noviembre, que durante la función no pudo disimular la risa y que, una vez finalizada, estuvo más de un minuto aplaudiendo a los actores.

La obra se ha estrenado en la Sala Russafa y con ella la compañía Arden Producciones celebra sus 25 años —aunque con uno de retraso debido a la pandemia—. La niebla es una comedia escrita y dirigida por Chema Cardeña, director artístico de la compañía, quien a su vez encarna a un Góngora en sus últimos años de vida, enfermo y desmemoriado. Le acompaña en la escena Juan Carlos Garés —productor de Arden—, quien interpreta al célebre adversario literario del cordobés: Quevedo. También aparecerán —en una semipresencialidad muy propia de los tiempos que corren— Iria Márquez (María de Zayas), Rosa López (Jusepa Vaca La Gallarda), Saoro Ferre (Felipe IV) y Manuel Valls (Lope de Vega).


La niebla se ambienta en la Córdoba de 1627, donde un Góngora ya desmemoriado está escribiendo en su celda cuando irrumpe Quevedo. El poeta conceptista se esconde en su celda de san Marcos en León huyendo de unos guardias. La sorpresa llega cuando se percatan de la presencia de su rival literario y empieza una acalorada discusión entre ambos. Góngora y Quevedo empuñan como armas sus papeles y se dan estocadas literarias, arrojándose los versos que el otro les compuso en un cómico encuentro que repasa los mejores poemas surgidos de su pugna. La lucha entre ambos se va dirigiendo progresivamente hacia otros temas, como, por ejemplo, a quién pertenece esa celda y dónde se encuentran —¿Córdoba o León?— hasta que empieza a aparecer el resto del elenco.


Uno de los puntos fuertes de la obra es el tratamiento que reciben los protagonistas. Los personajes aparecen humanizados; nos muestran sus cosas buenas, sus debilidades, sus groserías, sus dudas, sus aspectos menos políticamente correctos… Los actores que les dan vida, cuerpo y voz, lo hacen de forma que el público puede sentir que verdaderamente está escuchando hablar a estos personajes, que para muchos no son más que nombres sobre un papel. En ese sentido destaca la actuación de Juan Carlos Garés y Chema Cardeña, que saben muy bien llevar a escena a Quevedo y Góngora y hacen olvidar al público que se trata, efectivamente, de actores. Esto resulta sumamente importante, pues la obra tiene como eje central la psicología de los personajes, sus conflictos internos, sus relaciones… En general, las actuaciones fueron excelentes y, en algunos puntos, conmovedoras.


Las apariciones del resto del elenco, casi fantasmales, no se hacen sobre el escenario propiamente, sino a través de proyecciones audiovisuales en el telón que cubre la parte posterior de la estancia en la que se encuentran los poetas. Cabe señalar que los diálogos grabados y proyectados se presentaron muy bien medidos y cuidados, compenetrándose a la perfección la presencialidad con la virtualidad —en eso, nos sacan ventaja a muchos que hemos tenido que sufrir el teletrabajo—. Estas visitas servirán en la trama para plantear nuevos temas y conflictos y hacer avanzar la farsa. Así, personajes como María de Zayas o Lope de Vega pasan por la celda —nombre acertadamente ambiguo que emplean los personajes para referirse al espacio patente— a saludar a los poetas. Destacamos la divertida aparición de Lope de Vega. El Fénix, que se había intentado mantener por encima de sus rivales esquivando sus groseros ataques, acaba perdiendo los papeles y entrando al juego de los otros, en un episodio sumamente cómico en que los insultos se arrojan sin miramientos.


Durante la obra, estas proyecciones ilusorias, que muestran una realidad más ficticia que tangible, sirven tanto para mostrar a los personajes como al espacio en que cada uno de los poetas cree estar. Recordemos que la niebla que cubre la memoria de un Góngora en sus últimos días de vida, que ya no es capaz de recordar ni tan solo sus propios versos, será uno de los hilos conductores de la farsa. En consecuencia, no debemos fiarnos de todo lo que aparece en escena. En este sentido, la luz también se muestra efectiva, pues proyecta sobre cada poeta la silueta de la verja de una ventana. Por esta, ambos mirarán hacia el exterior de la celda y verán lo que cada uno de ellos desea ver. Además, cambiará de intensidad y tono según las reflexiones de los poetas. Finalmente, les ayudará a disipar la niebla que cubre sus recuerdos y les arrastrará hacia la verdad.


Si hay un efecto de la escenografía que merece destacarse es, precisamente, el de la niebla que cubre el escenario y, progresivamente, a todo el público. La Sala Russafa, en ese sentido, resulta idónea para la representación por su tamaño y disposición, ya que acaba integrando al público en las preocupaciones del cordobés.


El espacio representado en esta obra es metonímico, con pocos elementos. No obstante, resulta en ocasiones ciertamente ambiguo, pues en ello reside parte del encanto del montaje. La escena es cerrada y en el escenario encontramos dos escritorios —el del cordobés y el del madrileño—, uno a cada lado. A la derecha de la sala, por donde entra Quevedo al inicio, nos señalan la entrada latente de la celda. Detrás, el telón de fondo que sirve para las proyecciones se cerrará oblicuamente para mostrar a los personajes que se asomarán al interior de la estancia. Es evidente que la proyección no se da donde debería ubicarse la puerta real, por la que entraba Quevedo. Además, ese telón cubre la parte posterior donde se encuentra una habitación (con una cama, una silla, un reclinatorio y una gran cruz), por lo que difícilmente podría tratarse de la puerta de entrada. Estos datos incoherentes, sumados a las proyecciones y a que nunca estamos seguros de dónde se ubica la celda, resultan anti-ilusionistas y desrealizadores. Así, todo lo señalado hasta ahora ayuda a recrear esa atmósfera nublosa y desconcertante que solo al final de la obra revelará su verdadero sentido.


La ambientación en los Siglos de Oro no es un obstáculo para que el montaje toque temas de rabiosa actualidad como es la reivindicación del papel de las mujeres en las letras y en la sociedad, las complicadas relaciones entre el poder y el desempeño artístico, además de una crítica a la visión que personajes más actuales que Quevedo tienen acerca de Madrid como centro del país que, irremediablemente, desprecia al resto del territorio. También se tocan temas más universales como lo difícil que resultaría para cualquiera saberse desmemoriado y no poder confiar en lo que le dictan sus sentidos.

En conclusión, La niebla es muchas cosas, pero sobre todo se revela como un cuidado y cariñoso homenaje a los dos grandes poetas del Barroco español, al mundo teatral de la época y a sus otros protagonistas, ya sean actrices, escritoras o poetas.

Lucrecia de Dios

II

El pasado día 14 de noviembre asistí a la representación de La Niebla, dirigida por Chema Cardeña en la Sala Ruzafa. Este montaje versa sobre la enemistad de dos grandes autores de nuestra literatura: Luis de Góngora y Francisco Quevedo. La obra narra el regreso de Góngora a su ciudad natal, Córdoba, después de un episodio de amnesia, donde se encuentra con su enemigo, Quevedo, en su domicilio. Gracias a este encuentro se dará rienda suelta a diversos conflictos, navegaremos por los diferentes recuerdos de estos personajes míticos y nos toparemos también con diversas personalidades del Siglo de Oro.

Este montaje ha sido llevado a los escenarios para celebrar el vigésimo quinto aniversario de la compañía teatral Arden Producciones. Esta compañía teatral fue fundada por los actores que dan vida a los dos literatos, Juan Carlos Garés y Chema Cardeña, con un objetivo: el de dar vida a montajes de aspecto clásico mediante textos actuales.

Una de las curiosidades que entraña este montaje es que el espacio es muy difícil de concretar hasta el final de la obra, ya que cada uno de los personajes dice estar en un espacio diferente: mientras que Góngora cree estar en su tierra natal, Quevedo asegura que se encuentran en una prisión en León. Lo realmente interesante es que no se encuentran en ninguno de los dos lugares, puesto que ambos están en una especie de purgatorio en el que, gracias a los momentos que han pasado en compañía del otro, han podido limar de alguna manera sus diferencias.

En cuanto al tiempo, volvemos a encontrar esa dificultad por enmarcar la acción en un período determinado ya que, como hemos dicho antes, al final de la representación nos damos cuenta de que ambos escritores están en el limbo. Pese a su estructura clásica aristotélica y las personalidades presentes del Siglo de Oro, la obra aborda diversos temas actuales como son el papel de la mujer en la sociedad, la justicia o la corrupción. Personalmente, me ha gustado mucho la manera en la que han tratado el primero tópico.

La Niebla nos acerca dos figuras totalmente desconocidas, la cómica Jusepa Vaca “La Gallarda”, representada por Rosa López, y la escritora María de Zayas, interpretada por Iría Márquez. La primera nos muestra lo mal vistas que estaban las actrices en aquella época, muchas veces eran despreciadas y no dudaban en tildarlas de prostitutas. Esta visión de gran parte de la sociedad es representada por Quevedo, que desde el primer momento la trata como un ser inferior por el hecho de ser actriz, y aunque Góngora la defiende, lo que más destaca de ella es su habilidad de vestirse de hombre para sus representaciones.

En cambio, la segunda mujer que aparece en escena es una escritora del Siglo de Oro español y una de las primeras mujeres que reivindicó el papel de estas en la sociedad. Las mujeres que protagonizan su prosa protestan contra su situación social, sus obras no buscan entretener, inducen a la reflexión. En la representación, de Zayas también se enfrenta a Quevedo ya que solo tiene para ella comentarios misóginos. La aparición de estas dos figuras femeninas es importantísima porque se trata de mujeres que rompieron moldes y fueron “libres” de ser y hacer lo que ellas querían. La obra rescata dos personajes relevantes olvidadas como tantas otras, realizando una función esencial en la recuperación de personalidades influyentes que destacaron en la sociedad de alguna manera o de otra.

Estos personajes aparecen en el escenario a través de vídeos que se proyectan en una de las partes del decorado (que es móvil). Así pues, podemos observar como el teatro incorpora las nuevas tecnologías tan vigentes y utilizadas en nuestra vida diaria. Lo interesante de este tipo de apariciones es que los personajes de las grabaciones interactúan con Góngora y Quevedo, como si de viodeollamadas se tratase. Los protagonistas de estas “llamadas” aparecen enmarcados por un fondo gris y nebuloso, lo que nos puede dar pistas del lugar donde se encuentran realmente estos dos grandes escritores de la literatura española.

La decoración del escenario no es muy llamativa, salvo los paneles blancos utilizados para proyectar las diferentes apariciones de los personajes. En primer término, encontramos dos escritorios y dos sillas separadas para cada uno de los autores; Detrás de estos, los paneles blancos para proyectar aquello que los personajes veían por la ventana. Las luces en esta parte del escenario eran oscuras, buscando crear una atmosfera misteriosa. El juego de luces empleado es muy interesante: en ocasiones son cálidas y simulan el alumbrar de las velas, en otros momentos simulan la luz del sol. En el momento en el que el espectáculo llegó a su fin y se destapó el lugar en el que se encontraban Góngora y Quevedo, las luces se vuelven totalmente blancas y las máquinas de humo llenaron el espacio de niebla para crear ese ambiente místico de purgatorio o limbo.

Esta representación me ha parecido una propuesta muy interesante ya que trata una de las enemistades más famosas de nuestra literatura. Pese a la ambientación de la acción dramática en el imaginario áureo, nos muestra como los conflictos de hace siglos siguen siendo temas de completa actualidad que siguen afectando a la sociedad y nos siguen produciendo verdaderos quebraderos de cabeza y múltiples disgustos.

Lucía Fernández Herrero

III

“La niebla” es una comedia escrita por Chema Cardeña que aborda un hipotético encuentro entre Luis de Góngora y Francisco de Quevedo en la fase final de sus vidas. En la obra se tratan una gran diversidad de temas como su enemistad, la relación del poder con el arte, la forma y función social de este o el papel de las mujeres en la sociedad del momento.

El montaje corre a cargo de la compañía Arden Producciones, fundada hace 26 años por Chema Cardeña y Juan Carlos Garés. Cabe mencionar que ambos fundadores dan vida en esta propuesta a Góngora y Quevedo. Con esta obra la compañía pretendía celebrar su 25 aniversario, sin embargo, debido a la pandemia tuvo que posponerse hasta el 2021, conmemorando así el que ellos han llamado “25+1 aniversario”. Este montaje es un homenaje a sus inicios, ya que Arden comenzó su andadura con la representación de “La Estancia”, una obra en la que también se recreaba el encuentro entre dos escritores sumidos en una profunda enemistad: Shakespeare y Marlowe.

En relación con la obra que nos atañe, el encuentro entre los autores españoles ocurre en un espacio y en un tiempo indeterminados. Este es uno de los grandes interrogantes y objetos de discusión dentro de la obra. La confusión se debe a que tenemos dos perspectivas cognitivas que se oponen: Góngora asegura que ambos se encuentran en su casa, en su querida Córdoba; mientras que según Quevedo se encuentran en su celda, en León.

Respecto a los temas que se abordan, el primero que podríamos destacar es la enemistad entre Góngora y Quevedo. La obra comienza con el “encuentro fortuito” entre ambos, el posterior reconocimiento mutuo ya que la estancia está oscura, y la lectura de algunos de los poemas que se dedicaron el uno al otro. De hecho, los autores guardan los poemas del rival y los leen pasionalmente generando cierto ambiente cómico ante los insultos que se dedican mutuamente. Este choque está presente durante casi toda la obra en mayor o menor medida, aunque en ciertas ocasiones pasa a un papel muy secundario y da la impresión de asistir a un encuentro entre dos amigos de toda la vida.

La aparición de otros personajes áureos proyectados de forma espontánea facilita la progresión y variedad temáticas. El primer personaje en aparecer es Lope de Vega. En la obra se expone la existencia de cierta enemistad entre Quevedo y este escritor, fruto de uno de los debates que propone la obra. Mientras que Quevedo y Góngora optaron por una literatura barroca de complejidad formal, Lope apostó por unas obras mucho más próximas al pueblo, lo que provocó en parte que tuviera un éxito enorme en su época. Así, en el texto teatral, Quevedo critica abiertamente a Lope por la realización de un teatro excesivamente comercial, con lenguaje plano y sencillez y reiteración temáticas.

Otro conflicto muy interesante en relación con el arte que propone es su mirada y su finalidad. A lo largo de la obra, Quevedo realiza varias alusiones a la situación de decadencia en la que se encontraba el Imperio español. Así, el autor le recrimina al cordobés la falta de realidad en sus obras, la ausencia de denuncia ante las injusticias del momento, la evasión que realiza al evocar mundos lejanos, personajes míticos. Le recrimina, en definitiva, que su poesía esta vacía de contenido, especialmente de contenido social. Se propone de esta forma si el arte debe estar comprometido o no, uno de los grandes debates de la historia en relación con este.

Los siguientes personajes en aparecer son la actriz Jusepa Vaca “la gallarda” y la escritora María de Zayas, que introducen una problemática que se subraya bastante en la obra, que es el papel de las mujeres en la época. En estas intervenciones cobra también gran relevancia Quevedo, cuya misoginia es realmente sorprendente. Esto dará lugar a una confrontación entre el autor madrileño y ambas mujeres. En primer lugar, asistimos a la discusión con Jusepa. Al rechazo que sufre Quevedo por las mujeres se le une el que siente por el teatro. Así, para el autor madrileño, ser actriz de comedias es sinónimo indudable de prostituta. También en esta línea encontramos el encuentro con María de Zayas, que reivindicará el papel de las mujeres escritoras, las cuales sufrían una inmensa discriminación al considerarlas la mayor parte de la población como ineptas para la labor intelectual. No es casual que Cardeña haga aparecer a esta autora coetánea, de éxito, que ha sido borrada del canon del Siglo de Oro.

Finalmente, otro tema que adquiere bastante relevancia en la obra es la relación del arte con el poder. Se nos cuenta cómo Góngora acaba en la miseria tras la pérdida del mecenazgo del conde de Niebla y el rechazo de la Corte. Hacia el final de la obra, aparece el rey Felipe IV y libera a Quevedo de su pena, no sin antes hacer un discurso sobre que los artistas son prescindibles frente a los que ostentan el poder, que no lo son.

Del montaje cabría señalar especialmente la proyección de los cuatro personajes anteriormente mencionados. El escenario cuenta con dos planos. El primero, más próximo al público imita una especie de estancia de la época con un escritorio a cada lado, uno para cada escritor. Entre el primer y el segundo término hay una especie de pared móvil blanca que hace la función de pantalla, bien de personajes, bien de paisajes o fondos. Esta pared podía desplazarse en su mayor parte hacia el interior del escenario habilitando un segundo espacio compuesto por una cama y una cruz. Este plano tiene una importancia más bien secundaria en la obra. Desde mi punto de vista, el montaje es bastante innovador, no lo suficiente como para distraer al espectador, pero sí lo suficiente como para ayudar a crear un ambiente extraño propio del espacio indeterminado en el que se encuentran Góngora y Quevedo.

Continuando con el montaje, el vestuario y la decoración son fundamentales para situarnos en la época abordada. Tiene bastante importancia la luz dentro de la obra: al inicio de la obra, el escenario está prácticamente a oscuras, con la única iluminación de unas velas. Esta oscuridad consigue que en un principio los personajes no se puedan reconocer el uno al otro, creando cierta comicidad. Después, la luminosidad aumenta, especialmente en los momentos en los que se acercan a lo que sería la ventana. Sin embargo, al final, la luz se va volviendo tenue en el momento de la pérdida de la memoria de Góngora, a lo cual se le suma la aparición de la niebla. Esto choca completamente con el momento en el que la luminosidad aumenta representando que se encuentran en un espacio que podríamos caracterizar como celestial en el que Góngora recupera la memoria.

 En mi opinión, lo mejor de la obra es que todos estos temas siguen muy presentes en la actualidad. De hecho, llama la atención cómo en algunos sentidos la sociedad no ha cambiado tanto como a veces llegamos a creer: los debates sobre la forma y la función del arte siguen hoy muy vivos en determinados ámbitos. La discriminación hacia la mujer aún no ha concluido después de siglos y siglos, especialmente en el ámbito intelectual más elevado. Finalmente, la influencia de los grupos de poder y el Estados en el arte, sobre todo cuando atañe a la promoción de obras que proponen ciertos esquemas de pensamiento, es incuestionable.

Víctor Barberá Puig

Sala Russafa, 21 de octubre al 14 de noviembre de 2021

Actores – Chema Cardeña y Juan Carlos Garés; Actores en audiovisual – Iria Márquez, Rosa López, Saoro Ferre y Manuel Valls; Texto original – Chema Cardeña; Escenografia – Luis Crespo; Iluminación – Pablo Fernández; Vestuario – Pascual Peris; Caracterización/Maq-Pel – Merche Luján; Espacio Sonoro – Littlefields; Diseño Gráfico – Miguel Quesada; Fotografia – Juan Terol; Creación Audiovisual – Josemi Felguera; Utilería y Atrezzo – María Poquet; Regiduria – Juanjo Benavent; Grabación vídeo – InusualPr; Cartel – Riki Blanco; Producción – Arden Producciones S.L.; Producción Executiva – J.C. Garés / David Campillos; Equipo producción – M. Carmen Giménez / Marco Antonio Castellanos
Coordinación Técnica Gira – Yapadú Produccions S.L.; Comunicación – María García Torres; Redes/Promoción – Almudena Iglesias; Administración – Cruz Gasteazy; Distribución – Carles Alonso #ArdenOnTour; Ayudante Dirección – Jerónimo Cornelles; Dirección – Chema Cardeña

¿Quién te va a salvar?: «Fer-te el sopar i altres delícies» de Ester Medrano y Lucía Sáez

Nuria Sánchez Lara

No sé exactamente qué me esperaba, pero, sin lugar a dudas, lo que presencié, no. Acababa de llegar a Valencia, esa ciudad que lucha cada dia por ser mi hogar. Se había hecho de noche a pesar de que eran las seis y treinta y cuatro de la tarde. El domingo se había oscurecido y nuestras esperanzas de llegar al teatro brillaban por su ausencia. Llegábamos tarde. Otra vez. Para variar. Irse rozando la hora con la yema de los dedos es algo que solo puede salir bien en las películas. Bajamos del autobús, nos abandonó en medio del caos de la capital. Abrimos Google Maps como dos guiris perdidos y corrimos siguiendo las indicaciones de la monótona voz que salía del móvil. Cinco minutos para que cierren la taquilla. Semáforo en rojo; la espera es agonizante. Prácticamente, nuestros pies volaron hasta llegar a Russafa. De repente, ante nosotros, allí estaba: el teatro. “Hola, soy Nuria Sánchez. Había reservado dos entradas para Fer-te el sopar i altres delícies”. “Ací les tens. Disfruteu”. “Moltes gràcies”. Cierra la taquilla. Parecía mentira, pero habíamos llegado.

Nos sentaron en primera fila, de manera que estábamos a la misma altura que el escenario. Entre él y nosotros, la comunicación era entre iguales. La sala se apagó y nos dejó a todos en la penumbra. Una luz blanca encendió el escenario y permitió que viésemos un sillón acompañado de una planta colocados en el centro y, en cada lado, una tela que caía del techo y llegaba hasta el suelo. No esperaba demasiado, si soy sincera, pero entonces aparecieron los personajes, dos mujeres y, ¡qué mujeres! El decorado que componía la obra apenas hablaba, sin embargo, añadir más elementos habría sido llenarla de ruidos innecesarios. 

Las dos eran muy diferentes. Una de ellas era más joven, delgada y alta. Esta, vestía de blanco y llevaba el pelo suelto, mientras que la otra, había elegido ropa negra y su peinado era muy perfecto y estirado.  

La obra alternaba escenarios más realistas con cuadros fantásticos e incluso, surrealistas. Al principio, era algo que chocaba por la rareza de la primera escena. Empezó a emerger humo, las luces se volvieron del color de la sangre y nuestras protagonistas salieron de detrás de las telas convertidas en Caperucita Roja y la Abuelita. Mi acompañante y yo nos miramos con cara (o más bien, ojos) de extrañeza. Reacción comprensible teniendo en cuenta que la primera escena era una especie de conversación, con un tono bastante humorístico, con el público. A partir de este momento, se empezó a entender cómo iba a ser la dinámica de la obra, así que, cada vez que la luz se teñía de rojo, nos preparábamos para irnos a un mundo alejado del nuestro. 

Todo este conjunto planteaba una pregunta importante que, al final, era el mensaje que ibas a masticar durante la cena: ¿quién te va a salvar? A veces debemos dejar que nos cuiden, nos mimen y nos ayuden, pero cuando el elemento en el que nos apoyábamos desaparece, ¿quién va a estar ahí? Solo nosotros mismos. No podemos permitirnos mimetizarnos con una niña asustada que espera con ansia la llegada de un cazador que la rescate. 

La obra hablaba de cuidar a los demás, pero, sobre todo, de cuidarse a uno mismo ya que es algo que últimamente se tiene un poco olvidado porque incluso el quererse se ha comercializado, es puro marketing o son tontos consejos de self-care en un post de Instagram con un fondo bonito. Uno de los actos no solo muestra a la perfección toda esta falsedad, sino también, el estado de culpabilidad en el que podemos caer por no echarnos la crema de la mañana y de la noche, no comer ensalada todos los días, no estar haciendo suficiente deporte, no subir una foto del viaje que he hecho con mi familia… La mujer que vestía de negro iba siendo aplastada por toda esa presión social al ritmo que la de blanco le iba soltando todos estos “autocuidados”. 

Lo interesante y lo que más me ha gustado es que consiguió hacernos reír y, por encima de todo, llorar. Una hija desquiciada y sin tiempo se dedicaba al cuidado de su madre, cuya memoria se había marchado hacía tiempo. La hija buscaba las llaves sin ningún éxito y su madre solo hacía que quitarse la zapatilla. Cada vez que lo hacía, la mujer perdía más el control sobre la situación ya que a todo esto se iban añadiendo nuevas tareas que debía realizar ese día. Mientras esto ocurría la señora, sin ser ella la que hablaba realmente, miraba al público y hablaba de cuántas personas había en esa situación, entregándoles su tiempo a personas que solo estaban de cuerpo presente. Entonces giró la cabeza y le dijo: ‹‹¿y a ti quién te va a cuidar?›› Lo más bonito de todo esto fue que en el último intento de colocarle la zapatilla, halló dentro de ella las llaves que creía perdidas. Mi acompañante y yo nos miramos con ojos llorosos y supimos que la obra nos estaba hablando.

Su madre al final las encuentra porque ellas siempre lo encuentran todo y velan por los cuidados de sus hijos, pero no siempre estará, no siempre estarán. Cuando esto ocurra, nos preguntaremos quién nos salvará, entonces tendremos que protegernos porque nosotros somos los únicos que nunca nos vamos a abandonar (o no deberíamos abandonarnos). 

Sin embargo, aunque este fuese el mensaje principal de la obra, yo me quedé con uno un poco más secundario, tal y como a veces me sentía en mi propia vida. ¿Cuándo van a ser tus últimas veces?, nos espetaron. ¿Cuándo comeré espaguetis con mi hermana por última vez? ¿Cuál será mi último sorbo de cerveza en jarra congelada? ¿Con quién cantaré en el coche en mi último viaje? ¿A quién le diré mis últimas palabras? Al cumplir la edad que nos permite almacenar los recuerdos, empezamos a saber cuáles son nuestras primeras veces, pero jamás intuiremos o seremos conscientes de que ahora estamos haciendo ciertas cosas que podríamos no volver a hacer mañana. La realidad de esas palabras hizo tangible ese momento, casi corpóreo, como si alguien me abrazase. Entonces me di cuenta que tampoco sabía cuándo pasearía por las calles de Valencia por última vez. No obstante, ese día, empecé a sentirme como en casa.

Sala Russafa. Del 18 al 28 de noviembre de 2021

Dramaturgia Ester Medrano i Lucía Sáez.; Intèrprets Ester Medrano i Lucía Sáez.; Creació escènica La SubTerránea; Direcció escènica Paco Zarzoso; Diseny de vestuari José Maria Adame; Disseny de llums Disego Sanchez; Espai esènic La Subterránea.; Espai sonor Lucía Sáez; Direcció Tècnica Diego Sanchez; Producció La Subterránea; Il·lustració Matilde Criado; Correcció Robert March; Video Nacho Carrascosa; Foto Nerea Coll; Distribució Xema Soriano

Un abrazo contra el silencio: «L’abraçada dels cucs», de Paula Llorens

Carla Llavador Rubio

«No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche.» Esta cita de Albert Camus representa uno de los rasgos principales de la compañía Cactus Teatre. Cactus Teatre nace en 2018 a partir del deseo de Paula Llorens de llevar a escena la adaptación de la novela de Josefina Aldecoa Historia de una maestra para hablar de una parte silenciada de la historia de nuestro país. Vemos, por tanto, que desde el principio uno de los objetivos esenciales de la compañía es hablar de aquello que se calla, de los temas tabú. Paula Llorens busca representar la noche, aquello que nos asusta tanto que ni siquiera nos atrevemos a hablar de ello, y lo hace mezclando el sol y la sombra: nos muestra temas difíciles desde la ternura, el humor y la belleza.

Labraçada dels cucs, El abrazo de los gusanos, es el segundo espectáculo de la compañía, escrito por Paula Llorens y dirigido por Sergio Caballero. En él el tema central es el suicidio. No obstante, no se trata de una obra oscura y terrible sino de una historia llena de luces y sombras, llena de matices, de contrastes, de colores distintos. Es una obra que, haciendo reír al espectador en numerosas ocasiones, logra naturalizar el tema del suicidio, convertirlo en algo de lo que se puede hablar. “¿De verdad crees que hablar del suicidio hará que la gente se suicide más?” le pregunta uno de los personajes al otro en un determinado momento. Al terminar la obra los espectadores sabemos que no es así, hablar del suicidio, naturalizarlo, haría más fácil afrontar el problema y posiblemente permitiría que las personas con tendencias suicidas no tuvieran tanta dificultad para expresar lo que sienten.

Labraçada dels cucs comienza con el despertar de Miquel en una habitación de hospital tras haber intentado suicidarse. Se encuentra en la planta de psiquiatría, donde comparte habitación con Clara, una joven que ya ha intentado acabar con su vida más de una vez. Desde el primer momento ambos personajes se detestan el uno al otro. Sin embargo, su objetivo común, salir del hospital para terminar con lo que dejaron a medias, hará que acaben colaborando.

Miquel, interpretado por Sergio Caballero, es un profesor de secundaria amante de Larra que no soporta a sus alumnos. Esto se debe, en realidad, a que siente que ha fracasado en su sueño de cambiar el mundo a través de la docencia porque ni siquiera ha logrado despertar en sus alumnos el interés por la literatura. Este conflicto, junto con el que le genera su homosexualidad no aceptada por sus padres y junto con otros rasgos que caracterizan su personalidad, configura un personaje complejo y cambiante muy diferente al personaje de Clara.

Mientras que los gestos de Miquel son llamativos y exagerados, su tono de voz cambia continuamente y pasa de una emoción a otra a un ritmo acelerado; Clara, interpretada por Paula Llorens, al comenzar la obra  ni siquiera tiene interés en hablar con Miquel, su movimientos normalmente son pausados y comedidos, su tono de voz varía mucho menos que el de su compañero de habitación y en vez de experimentar distintas emociones parece más bien permanecer en un sentimiento de apatía constante. Esto no la convierte en un personaje menos complejo sino todo lo contrario, porque detrás de todos esos rasgos hay mucho sufrimiento que el espectador irá comprendiendo poco a poco a medida que avanza la obra.

Este contraste entre los personajes hace que en un principio parezcan totalmente opuestos y que su amistad parezca imposible pero es precisamente lo que hace que se complementen y que acaben resultando la ayuda que el otro necesita.

También debemos mencionar que, además de estos dos personajes patentes, hay numerosos personajes ausentes relevantes para la historia como los padres de Clara, el exnovio de Miquel, la doctora, Marta, don Emilio… Todos estos personajes a los que los protagonistas dan vida a través de la palabra contribuyen a que la historia se extienda más allá de los límites de la escena, aumentan la sensación de que Miquel y Clara son dos personas como cualquiera de las del público que, más allá de las paredes de esa habitación de hospital, tienen a gente con las que les unen multitud de sentimientos distintos.

Ya que volvemos a referirnos a la habitación en la que se encuentran los personajes, debemos hablar de la configuración del espacio. Nada más entrar a la sala, el espectador observa sobre el escenario una escenografía que permanecerá durante toda la obra configurando un espacio único. Este espacio se compone de tres partes. En el centro se ubica la habitación de hospital, con suelo blanco, enmarcada por cortinas blancas y ocupando la mayor parte del escenario. El lado derecho, pequeño espacio ocupado únicamente por un váter, constituirá el baño de la habitación y el espacio del lado izquierdo será el pasillo del hospital. Dentro de la habitación la escenografía se compone de dos camas con sábanas blancas, dos cubos blancos como mesillas y un soporte de sueros. Esta escenografía se complementa con unos pijamas de hospital como vestuario predominante y con algunos objetos como bandejas de comida que ayudan a marcar el paso de las horas.

Por todo esto, se trata de un espacio metonímico, pues bastan algunos componentes del referente para hacer referencia a una habitación real de hospital. Es decir, no resulta necesario que estén presentes absolutamente todos los elementos que encontraríamos en ese tipo de habitación o en un cuarto de baño, pues el color blanco, las camas y el soporte de sueros, o simplemente un váter, ya nos permiten ver esos espacios.

Además, se trata de una escena cerrada ya que los personajes en ningún momento interpelan al público. Solo hay un instante en el que podríamos pensar en una desaparición momentánea de la cuarta pared: Miquel le está diciendo a Clara que debe recordar que no están solos, que hay muchos otros que sufren como ellos. Mientras formula esa frase mira al público con intensidad, a continuación Clara lo imita y ambos permanecen unos segundos en silencio sin apartar la mirada. Al ser el único momento en el que se rompe la cuarta pared resulta muy llamativo, lo que contribuye a lograr que los espectadores se sientan aludidos. Este detalle subraya la idea de que no debemos dejar que el suicidio y la depresión sigan siendo temas tabú, pero, además, esa mirada es un mensaje directo hacia el público: si sufres, exprésalo, no estás solo, y si hablas de ello tal vez encuentres a tu propio compañero de habitación capaz de ayudarte.

Algo que también contribuye en gran medida a hacer llegar esta idea al público es el hecho de que el espectador comparta la perspectiva afectiva con ambos personajes, pues al haber vivido con ellos todo lo que han experimentado durante la obra y al haber ido empatizando con ellos cada vez más a medida que los conocía y los comprendía, acaba experimentando él mismo la actitud optimista del final de la obra.

Sobre la cuestión del tiempo podemos decir que se trata de un drama contemporáneo, ya que además de que la escenografía y el vestuario nos sugieren que sucede en la época actual hay una pequeña referencia humorística al partido político Vox que sitúa la acción específicamente en España y en los años que vivimos.

Por otra parte, la obra se compone de muchas escenas delimitadas por la salida de escena de uno de los personajes o por un oscuro. Entre las escenas transcurre cierto tiempo, pero son elipsis de duración variable: algunas duran solo unas horas, otras una noche y otras varios días. Este paso del tiempo en ocasiones solo se deduce por las palabras de los personajes o por un cambio de luces y en otros casos nos lo indica un detalle proyectado en la cortina que constituye el fondo de la habitación: un cronómetro, un reloj que marca una hora determinada, la palabra “viernes”…

En relación al tiempo, también podemos reflexionar sobre el concepto de la frecuencia ya que hay numerosos elementos que se repiten durante la representación funcionando como ejes de la obra. Algunos de ellos pueden ser las referencias literarias a Larra, Buero Vallejo o Camus, la imagen de los gusanos, la música de piano o las reflexiones respecto al suicidio, la felicidad y la soledad. Estos ejes cohesionan la historia al mismo tiempo que nos van dibujando a los personajes.

Otros aspectos que no podemos dejar de mencionar son la luz y el sonido, ambos sumamente cuidados para contribuir a que los espectadores experimentemos las emociones de los personajes utilizando, por ejemplo, música en momentos concretos y en muchos de los cambios de escena; o cambios de luces que aumentan sensaciones como la de intimidad, focos tenues desde detrás del escenario, o la de euforia, luces de colores en movimiento. Además, un rasgo especial de la puesta en escena es la elección que ya hemos mencionado brevemente de utilizar la cortina que constituye el fondo de la habitación para proyectar imágenes o textos. Está idea permite dotar de mayor intensidad ciertos momentos de la obra aumentando la fuerza expresiva de la representación sin romper en ningún momento la atmósfera creada. Una de las imágenes más relevantes de todas las que se proyectan es la de los gusanos, eje esencial en la obra que está presente desde el título. Al principio de la representación podemos pensar que se trata de una imagen relacionada con la muerte por un comentario que hace Miquel en relación a que no le hace mucha gracia que le entierren y que se lo coman los gusanos. No obstante, a medida que avanza la obra nos damos cuenta de que no es una imagen pesimista sino todo lo contrario, los gusanos fueron un descubrimiento sorprendente para Clara cuando era una niña y ahora los propios personajes van a descubrir que a pesar de no saber abrazarse pueden aprender hacerlo y eso les permitirá convertirse en mariposas como si fueran gusanos de seda.

Labraçada dels cucs es una obra que nos enseña a reírnos incluso con los temas más difíciles y a comprender que aunque la vida a veces no es maravillosa hay muchos motivos para querer disfrutarla. No debemos sentirnos obligados a ser felices, ni fracasados por no conseguirlo, pero tampoco hay por qué privarse de intentarlo. En definitiva, es una obra que se ha atrevido a hablar del tema silenciado del suicidio y ha acabado hablando de la belleza de la amistad y de la vida.

Teatre El Musical – 11 y 12 de diciembre de 2021

Texto: Paula Llorens; Dirección: Sergio Caballero; Intérpretes: Paula Llorens, Sergio Caballero; Escenografía: Los Reyes del Mambo; Gerencia y puesta en escena: Sergio Caballero; Iluminación: Victor Antón; Vestuario: Maria Almudéver; Espacio sonoro: David Alarcón; Audiovisuales: Sergio Serrano; Dirección técnica: David Sánchez; Técnicos en función: Rubén Aranda, Pau Martos; Diseño gráfico: Joan Santacreu; Evaluación lingüística: Ramón X. Rosselló; Compañía: Cactus Teatre; Distribución: Teresa Juan