¿Quién te va a salvar?: «Fer-te el sopar i altres delícies» de Ester Medrano y Lucía Sáez

Nuria Sánchez Lara

No sé exactamente qué me esperaba, pero, sin lugar a dudas, lo que presencié, no. Acababa de llegar a Valencia, esa ciudad que lucha cada dia por ser mi hogar. Se había hecho de noche a pesar de que eran las seis y treinta y cuatro de la tarde. El domingo se había oscurecido y nuestras esperanzas de llegar al teatro brillaban por su ausencia. Llegábamos tarde. Otra vez. Para variar. Irse rozando la hora con la yema de los dedos es algo que solo puede salir bien en las películas. Bajamos del autobús, nos abandonó en medio del caos de la capital. Abrimos Google Maps como dos guiris perdidos y corrimos siguiendo las indicaciones de la monótona voz que salía del móvil. Cinco minutos para que cierren la taquilla. Semáforo en rojo; la espera es agonizante. Prácticamente, nuestros pies volaron hasta llegar a Russafa. De repente, ante nosotros, allí estaba: el teatro. “Hola, soy Nuria Sánchez. Había reservado dos entradas para Fer-te el sopar i altres delícies”. “Ací les tens. Disfruteu”. “Moltes gràcies”. Cierra la taquilla. Parecía mentira, pero habíamos llegado.

Nos sentaron en primera fila, de manera que estábamos a la misma altura que el escenario. Entre él y nosotros, la comunicación era entre iguales. La sala se apagó y nos dejó a todos en la penumbra. Una luz blanca encendió el escenario y permitió que viésemos un sillón acompañado de una planta colocados en el centro y, en cada lado, una tela que caía del techo y llegaba hasta el suelo. No esperaba demasiado, si soy sincera, pero entonces aparecieron los personajes, dos mujeres y, ¡qué mujeres! El decorado que componía la obra apenas hablaba, sin embargo, añadir más elementos habría sido llenarla de ruidos innecesarios. 

Las dos eran muy diferentes. Una de ellas era más joven, delgada y alta. Esta, vestía de blanco y llevaba el pelo suelto, mientras que la otra, había elegido ropa negra y su peinado era muy perfecto y estirado.  

La obra alternaba escenarios más realistas con cuadros fantásticos e incluso, surrealistas. Al principio, era algo que chocaba por la rareza de la primera escena. Empezó a emerger humo, las luces se volvieron del color de la sangre y nuestras protagonistas salieron de detrás de las telas convertidas en Caperucita Roja y la Abuelita. Mi acompañante y yo nos miramos con cara (o más bien, ojos) de extrañeza. Reacción comprensible teniendo en cuenta que la primera escena era una especie de conversación, con un tono bastante humorístico, con el público. A partir de este momento, se empezó a entender cómo iba a ser la dinámica de la obra, así que, cada vez que la luz se teñía de rojo, nos preparábamos para irnos a un mundo alejado del nuestro. 

Todo este conjunto planteaba una pregunta importante que, al final, era el mensaje que ibas a masticar durante la cena: ¿quién te va a salvar? A veces debemos dejar que nos cuiden, nos mimen y nos ayuden, pero cuando el elemento en el que nos apoyábamos desaparece, ¿quién va a estar ahí? Solo nosotros mismos. No podemos permitirnos mimetizarnos con una niña asustada que espera con ansia la llegada de un cazador que la rescate. 

La obra hablaba de cuidar a los demás, pero, sobre todo, de cuidarse a uno mismo ya que es algo que últimamente se tiene un poco olvidado porque incluso el quererse se ha comercializado, es puro marketing o son tontos consejos de self-care en un post de Instagram con un fondo bonito. Uno de los actos no solo muestra a la perfección toda esta falsedad, sino también, el estado de culpabilidad en el que podemos caer por no echarnos la crema de la mañana y de la noche, no comer ensalada todos los días, no estar haciendo suficiente deporte, no subir una foto del viaje que he hecho con mi familia… La mujer que vestía de negro iba siendo aplastada por toda esa presión social al ritmo que la de blanco le iba soltando todos estos “autocuidados”. 

Lo interesante y lo que más me ha gustado es que consiguió hacernos reír y, por encima de todo, llorar. Una hija desquiciada y sin tiempo se dedicaba al cuidado de su madre, cuya memoria se había marchado hacía tiempo. La hija buscaba las llaves sin ningún éxito y su madre solo hacía que quitarse la zapatilla. Cada vez que lo hacía, la mujer perdía más el control sobre la situación ya que a todo esto se iban añadiendo nuevas tareas que debía realizar ese día. Mientras esto ocurría la señora, sin ser ella la que hablaba realmente, miraba al público y hablaba de cuántas personas había en esa situación, entregándoles su tiempo a personas que solo estaban de cuerpo presente. Entonces giró la cabeza y le dijo: ‹‹¿y a ti quién te va a cuidar?›› Lo más bonito de todo esto fue que en el último intento de colocarle la zapatilla, halló dentro de ella las llaves que creía perdidas. Mi acompañante y yo nos miramos con ojos llorosos y supimos que la obra nos estaba hablando.

Su madre al final las encuentra porque ellas siempre lo encuentran todo y velan por los cuidados de sus hijos, pero no siempre estará, no siempre estarán. Cuando esto ocurra, nos preguntaremos quién nos salvará, entonces tendremos que protegernos porque nosotros somos los únicos que nunca nos vamos a abandonar (o no deberíamos abandonarnos). 

Sin embargo, aunque este fuese el mensaje principal de la obra, yo me quedé con uno un poco más secundario, tal y como a veces me sentía en mi propia vida. ¿Cuándo van a ser tus últimas veces?, nos espetaron. ¿Cuándo comeré espaguetis con mi hermana por última vez? ¿Cuál será mi último sorbo de cerveza en jarra congelada? ¿Con quién cantaré en el coche en mi último viaje? ¿A quién le diré mis últimas palabras? Al cumplir la edad que nos permite almacenar los recuerdos, empezamos a saber cuáles son nuestras primeras veces, pero jamás intuiremos o seremos conscientes de que ahora estamos haciendo ciertas cosas que podríamos no volver a hacer mañana. La realidad de esas palabras hizo tangible ese momento, casi corpóreo, como si alguien me abrazase. Entonces me di cuenta que tampoco sabía cuándo pasearía por las calles de Valencia por última vez. No obstante, ese día, empecé a sentirme como en casa.

Sala Russafa. Del 18 al 28 de noviembre de 2021

Dramaturgia Ester Medrano i Lucía Sáez.; Intèrprets Ester Medrano i Lucía Sáez.; Creació escènica La SubTerránea; Direcció escènica Paco Zarzoso; Diseny de vestuari José Maria Adame; Disseny de llums Disego Sanchez; Espai esènic La Subterránea.; Espai sonor Lucía Sáez; Direcció Tècnica Diego Sanchez; Producció La Subterránea; Il·lustració Matilde Criado; Correcció Robert March; Video Nacho Carrascosa; Foto Nerea Coll; Distribució Xema Soriano

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