Una obra para el debate: «Demà no hi ha classe», de Toni Tordera, Juli Disla y Jaume Pérez

Miriam Font Ortolà – Fátima Cifuentes Mañas – Pedro Muñoz Claramonte

I

Demà no hi ha classe es una representación que sin duda sorprenderá a quienes no conocen de qué trata la obra. Con una sola actriz en escena, lo que más destaca de esta función no es el argumento como tal, sino el escenario: una clase. Esta idea de llevar los escenarios a las aulas se debe al deseo de querer solucionar los problemas respecto al público en el teatro, al que le urge salir a encontrar un nuevo tipo de espectadores (los alumnos) en su lugar de origen: las aulas de los centros educativos. En esta ocasión fue en un aula de la Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació de la Universitat de València el día 13 de diciembre de 2021.

La “profesora”, que es en realidad la única actriz que aparece a lo largo de la representación teatral, capta la atención del alumnado entrando en el aula de algún instituto (o de la universidad, en este caso en concreto) y comienza a recitar unos criterios de evaluación que dejan a todo el mundo desconcertado. Nadie sabe por qué hay una profesora nueva o una sustituta, pues no han sido avisados de ninguna visita, ni tampoco por qué ella emprende un monólogo sobre lo que es ser buena o mala profesora. Continúa su narración añadiendo que es necesario mostrar un gran esfuerzo y respeto por parte de los alumnos hacia sus profesores, ya que estos también son humanos y tienen vida más allá de su trabajo, con lo que, seguidamente, se pone a pensar en voz alta en todas las actividades rutinarias que realizó esa mañana desde que se levantó, como tomar el desayuno, leer el periódico, estar con sus hijos y prepararse para ir a dar clases, por ejemplo. Nos cuenta todos los pensamientos que se le pasan por la mente mientras está dando la clase, tanto los más insignificantes como los más profundos, para que los alumnos puedan empatizar con ella. Al principio de la actuación no se sabe con certeza lo que está ocurriendo; si uno no sabe que está en una obra de teatro, verdaderamente el espectador puede llegar a confundirse (lo que acaba resultando beneficioso para la obra de teatro en sí). La obra perdería su esencia si no se hiciera en un aula. De ese modo, no se necesita recurrir ni a la iluminación, ni al sonido ni al teatro en sí, y así se logra crear una especie de zona difusa entre lo que es actuación y lo que es docencia.

Esta actriz/profesora se refiere a ella misma en tercera persona durante los 70 minutos que está delante de la pizarra de la clase, un escenario con el que va jugando cada vez que empieza a pasear por toda la habitación para acabar convirtiéndolo en un espacio lúdico, pedagógico y, al mismo tiempo, dramático. Todos los alumnos que presencian la obra van a pasarse muchos años de su vida dentro de ese mismo “escenario”, tiempo que resulta vital para ellos y que estará repleto de momentos de dudas, confrontaciones e incomprensiones, por lo que es muy importante que tanto la profesora como todos ellos se sientan cómodos y comprendidos. Y es la misma profesora la primera que intenta entender las situaciones vitales de los alumnos porque ella recuerda que, al igual que ellos, también un día fue alumna y no consideró a sus profesores como personas, solo como alguien que pone una nota y seguramente no tenga vida más allá de las clases. Así pues, desde su perspectiva actual, ella descubre este error y quiere que esos adolescentes se den cuenta a tiempo; quiere que sepan que su profesora también siente toda la presión que se impone para llegar a ser una “buena” profesora y tiene miedo de que crean que no lo es. Y en torno a esta cuestión versará toda la actuación: ¿qué es ser buena profesora?

A lo largo de su discurso, y para llegar a la respuesta del dilema principal, la protagonista va contando algunas experiencias reales a las que se tuvieron que enfrentar algunos profesores a lo largo de su carrera y que marcaron un antes y un después en sus vidas. Estas experiencias fueron contadas por docentes que estuvieron impartiendo clases de secundaria durante algún período de sus vidas, las cuales fueron contadas al equipo técnico y al elenco de la producción en una reunión para que pudieran ser utilizadas en la obra, dándole así un toque mucho más realista de lo que ya tenía. Gracias a estas experiencias, la actriz tiene más posibilidades de parecer una profesora de verdad ya que, al contar una historia real y no inventada, plasma de originalidad y veracidad su actuación, logrando un sentimiento de empatía y acercamiento por parte de los espectadores. Primero habla sobre un caso concreto de bullying escolar, en el que la presión de grupo y la pasividad de los alumnos hizo que un estudiante sufriera el acoso de algunos de sus compañeros, los cuales ignoraron a los que se metían con él y no hicieron nada para impedirlo. Aquí la profesora empieza a interactuar un poco con el público, con los alumnos que la están viendo. Pregunta qué se podría haber hecho y a qué se podía deber el hecho de que no lo hicieran. Los espectadores del aula se ven invitados a responder y en ese momento se produce un intercambio de papeles, en el que ahora los alumnos también son partícipes de la obra y, por lo tanto, “actúan”. Otro de los ejemplos que puso la profesora fue sobre un caso de libertad de expresión en el aula, en el que un grupo de alumnos creyeron que su profesor de historia quería censurar a uno de sus compañeros sobre una creencia suya, cuando solo intentaba educar desde el respeto haciéndole comprender que hay ideas que no deben ser toleradas. Y volvió a suceder el mismo intercambio anterior de roles en el aula: los alumnos respondieron cuando se les preguntó su opinión y, por un momento, aquello parecía una clase de debate de verdad y no una actuación.

Esos pequeños gestos logran que el público esté más atento y participativo porque notan que alguien se está dirigiendo a él y se consigue captar toda la atención del espectador por si se le señala. Podría decirse incluso que rompe la cuarta pared cada vez que sucede esto. No en lo referente al intercambio de opiniones en sí o el intento de mantener una conversación; más bien en el hecho de reforzar la atención de un público que puede distraerse con mucha más facilidad mediante preguntas dirigidas a personas en concreto o en general. O como cuando, en un momento dado, la profesora comenzó a señalar al fondo de la clase aleatoriamente, fingiendo llamar la atención de alumnos que no existían, solo para ejemplificar algunas de las faltas de respeto que ella había vivido y con las que se sintió, en aquellos momentos, ofendida. Otra de las maneras de mantener al público avispado durante la sesión fue la de repartir un pequeño cuestionario a cada persona de la sala para que, al finalizar la actuación, fuera recogido por la profesora. Sin embargo, este acto no tuvo el mismo éxito que los anteriores, pues no todos los presentes contestaron dicho cuestionario debido a que la obra les tenía entretenidos.

Se humaniza la figura de los profesores a través de esta representación. El único personaje que hay, la profesora, se abre y se sincera con sus “alumnos” con el objetivo de lograr una especie de reconciliación. Les habla de sus miedos y sus carencias, los cuales pudieran ser o no parecidos a los de ellos. Cuenta su historia de un modo no lineal, dando saltos en el tiempo cada vez que recuerda experiencias pasadas o quiere contar alguna historia, tanto suya como de sus compañeros de gremio, y aprovecha todo el espacio que le es dado dentro del aula para moverse, pasear o correr por ella. La actriz se sube a un escenario sin nada más que ella misma y un par de objetos bastante comunes, como un boli, folios o una botella de agua, y no da uso de aquellos que están en el aula, porque lo único que necesita para representar la obra es su voz, que será la que narre sus vivencias y le haga imaginar al público cada escena que ella va contando. El espacio en la obra no tiene elementos significativos; el escenario en sí, con su mesa, su silla y la pizarra, son los elementos principales que existen, nada más. Y es que, de esa manera, consiguen definir el aula como aquello que realmente es: un espacio material lleno de historia, de recuerdos y de futuro, donde profesores y alumnos se enfrentan día a día y cargan con sus propios problemas y conflictos internos. Son un lugar donde aprovechar el tiempo. Sus comportamientos e incertidumbres son la trama y el argumento de los personajes más allá de la relación entre alumno y profesor, quienes no son capaces de ver que existen más personas que forman parte de sus vidas y que también influyen en la conducta de los protagonistas principales de la historia, como los padres, madres, jefes, directoras, etc., quienes conforman ese mundo exterior y alteran y cuestionan a los habitantes de dentro del aula. Y es así como la profesora, tras compartir sus

vivencias, interactuar y dialogar con el público, llega al final de la obra con la conclusión de que no siempre podrá ser una buena profesora, pues a veces no está segura del todo de lo que dice o hace, pero de lo que sí está segura es de que vale la pena intentarlo, dejando cerrado así el planteamiento y el hilo principal de la obra.

En conclusión, en Demà no hi ha classe la prioridad son los alumnos en el aula, al igual que lo es el público en el teatro. La propuesta de la compañía es la de hacer teatro en las aulas y para las aulas, sin descartar alguna versión para sala escénica con la implantación de escenografía y espectadores. Pero la esencia de la obra reside en el espacio escénico articulado como un colectivo de público joven en el que se multiplican las interrelaciones entre alumnado y profesorado, causando en cada aula de cada instituto al que vayan un leve desconcierto pero, sobre todo, una gran reflexión.

Miriam Font Ortolà

II

El pasado 13 de diciembre pudimos asistir a la representación de Demà no hi ha classe en una de las aulas de la Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació de la Universitat de València. La obra, firmada por Toni Tordera y Juli Disla bajo la dirección de Jaume Pérez, se conforma de un monólogo que simula ser una clase impartida por una profesora de secundaria. Intercalando este plano con el de sus pensamientos y emociones, Demà no hi ha classe pretende concienciar a los alumnos de instituto sobre la humanidad del profesor. La cita, además, contó con la presentación de Tordera.

El elenco lo compone Mireia Pérez, que cumple con una interpretación correcta. Considero su casting muy acertado, ya que una mujer de mediana edad supone una representación bastante cercana del profesor de instituto de nuestros días.

El aula como espacio escénico es una propuesta interesante que, en parte, suple a la obra de la convicción que el guion no consigue aportar. La fórmula de los espacios reales es acertada, y el ambiente escolar favorece gratamente la función. No contar con más iluminación que los fluorescentes de la sala ni con más decorado que la pizarra y la mesa del profesor hace de la escenografía un elemento discreto pero preciso. La franqueza de la escena hizo que me sorprendiera cuando la protagonista utiliza objetos de la mesa para representar una anécdota, ya que ni siquiera había reparado en ellos como piezas funcionales de la obra.

Me es triste no poder ver en todo su esplendor cómo Demà no hi ha classe se funde con un horario escolar real, ya que la función está planeada para darse en un aula de instituto, presentando a la actriz como una profesora auténtica. Sería muy interesante ver cómo los alumnos reaccionan a la propuesta, que sin duda captaría su atención y les haría partícipes del espectáculo.

El problema de Demà no hi ha classe radica en el contenido de su guion, con el que no podría estar más en desacuerdo. Es cierto que el puesto de profesor sufre de maltrato, especialmente por parte de las instituciones; también es cierto que la relación entre docente y alumno es complicada, fruto de la peliaguda inserción del adulto en un aula, que a fin de cuentas es un grupo de adolescentes, con todo lo que su etapa vital conlleva. Tomando esto en cuenta, la denuncia de las condiciones del profesorado y la reivindicación de la profesión resulta un punto de partida fructífero e interesante para componer una obra, sobre todo si esta se dirige a los escolares que deberían sensibilizarse en cuanto al tema. Sin embargo, el cariz que toma el monólogo es desacertado y contraproducente.

Algo que denuncia Demà no hi ha classe es la deshumanización que soporta el profesor en su puesto de trabajo, haciendo hincapié en que al final del día no es más que una persona. Esta insensibilización con el trabajador es verídica, pero su problema no reside en la educación, y mucho menos en el alumno. A diario, somos testigos y verdugos de la deshumanización que vive el personal hostelero, sanitario, doméstico, de supermercado, de ventas, en general todo trabajo que se desarrolle de cara al público, y eso si sólo nos quedamos en la problemática que surge del trato con el usuario, sin ahondar en las condiciones laborales.

Esta incapacidad para empatizar con el trabajador contamina nuestra sociedad y extiende sus redes mucho más allá de unos niños malcriados. Habrá quien diga que Demà no hi ha classe no supone un ataque hacia el alumnado y su comportamiento, pero por mucho que me esfuerce el argumento de la obra sigue dejándome sabor a embate. Esta profesora colmena que nos abre su pecho está llena de rencor, y no encuentra un mejor camino para alzar la voz que proclamarse víctima de unos chavales que padecen su mismo mal.

Porque los alumnos, aunque ella parezca no sospecharlo, también son humanos. En la obra se narra cómo la profesora tiene vida más allá del aula, y cómo su cotidianidad repercute en su trabajo y viceversa. Sin embargo, el enfoque de la narración me hace pensar que todo este hilo conductor se hace a expensas de, irónicamente, considerar que los adolescentes también son seres sintientes, afectados por el mismo ciclo angustioso, y no una amalgama de carne que, a juzgar por el episodio de bullying que la profesora relata, se divide entre pobres angelitos indefensos y malhechores crueles.

El papel que le otorga al profesor en la relación con el alumno es exagerado y simple. Carla Melchor recoge en el Levante que el germen creativo de Tordera fue el asesinato que cometió un alumno con una ballesta a su profesor, ocurrido en 2015. Tratar de recrear la relación alumno-profesor entendiendo casos truculentos y superficiales como pertinentes produce un mal análisis de los hechos. El espacio escolar ficticio no puede configurarse si hay, como es el caso, voluntad de mímesis a través de elementos extremadamente periféricos. En la charla nos contó como estuvo debatiendo si incluir en Demà no hi ha classe sobre un alumno que se suicidó después de que un profesor lo suspendiese. Habría que preguntarse cuál fue el peso de ese suspenso dentro todo un conjunto de circunstancias externas. La anécdota que se incluye en la representación es la de un profesor que se enfrenta a un alumno que defiende el exterminio nazi a través de una redacción, años después se reencuentran y el ex alumno le agradece lo que hizo por él. Como es bien sabido, el fascismo se cura leyendo. En general, hay una ausencia de la problemática profunda y el drama se siente insustancial; podrá satisfacer los oídos de los profesores, figura adulada, pero ni explicará su situación, ni la mejorará, ante los alumnos.

La reivindicación de la enseñanza y del profesor, en esa idealización de guía sapiencial, deviene en tierra al no producirse ningún análisis radical de su casuística. El profesor se entiende como humano, con problemas, sentimientos, etc. y, por tanto, en base a una bondad inherente a las personas, a una empatía y respeto armonioso y trascendente, es sujeto receptor de respeto por parte del alumnado. El alumno, como contrapunto, se reduce a ente escolar: una cosa conflictiva, rebelde con la autoridad y cainita con los suyos. La construcción dicotómica superficial se repite para explicar el acoso escolar, donde aparece la idea de ese mal inherente propio de una fábula de Esopo, donde hay abusadores y abusados, y una masa informe que guarda silencio, pero se sitúa con el abusado. La compleja construcción de la identidad en base a mecanismos de autonomía y de necesidad gregaria, la creación del yo a través de la negación del otro, la competitividad capitalista, etc. ni siquiera se plantean.

El tema es complejo, y de poco vale esgrimir que la función está destinada a personas que cursan la secundaria: dirigirse a alguien de dieciséis años no debería implicar ser incongruente ni tomar cabezas de turco. La obra se edifica en convenciones fáciles y vacías, como la de mitificar al cuerpo docente como si de un organismo sacro se tratase. Igual que la gente que comparte en Facebook posts que rezan que «el fascismo se cura leyendo», otorgando a la literatura un papel místico y superior sin siquiera reparar en que los libros pueden ser fascistas, o estúpidos, o estar llenos de cualquier otra necedad que nos venga a la mente, Demà no hi ha classe habla de la humanidad de los profesores sin tener en cuenta que los humanos cometen errores. Está claro que nadie merece ser acosado en su puesto de trabajo, pero no es necesario plantear la reivindicación desde el papel de víctima que patalea ante el mundo despiadado porque una vez, en algún sitio, un alumno que tenía evidentes problemas mentales asesinó a su profesor con una ballesta.

Dudo que los autores hayan querido hacer gala de estos aires de grandeza, y estoy convencida de que la intención es la contraria, pero el compendio de la obra me resultó injusto, y como poco, osado, teniendo en cuenta lo escabroso que puede resultar un profesor que haga uso de su poder. Por cada anécdota truculenta que los autores tengan sobre jóvenes improcedentes yo podría contar otra sobre profesores abusivos, y si mi etapa escolar me empujara a confeccionar un drama acerca de esta problemática me gustaría tener presente, además de la rabia de la denuncia, una actitud crítica conmigo misma.

El episodio tecnófobo de Demà no hi ha classe es breve, pero contundente. No acabo de entender el por qué de ese empeño en desdeñar las nuevas tecnologías como si del demonio se tratasen, y no una herramienta más que ofrece nuevas posibilidades y nos ayuda a conectar con las generaciones más jóvenes. En el coloquio, Tordera apuntó que la tecnología es la causante de que la educación «esté comenzando a ser un negocio», como si los colegios concertados no fueran mafias desde que se concibieron, o como si Ediciones Santillana regalara libros de texto y material escolar hasta que el iPad apareció en el mercado. Dudo mucho que el gusto de los adolescentes por navegar en TikTok sea la causa de los másteres habilitantes, pero parece mucho más fácil culpar a los avances tecnológicos de males universales y antiguos a intentar comprenderlos. Desde luego, si lo que se pretende es conectar con los alumnos, no creo que la mejor estrategia sea atacar una parte fundamental de su modo de vida como nativos digitales que son.

Desconozco si el título de la obra es un guiño al que fue un popular meme entre los adolescentes hace un par de años, donde un niño celebraba el cierre del colegio cantando «mañana no hay clase». Tanto si la referencia a esta exaltación del día libre es intencionada como si no, la paradoja está servida.

Fátima Cifuentes Mañas y Pedro Muñoz Claramonte

Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació, Universitat de València, 13 de diciembre de 2021

Profesora: Mireia Pérez, AutorEs: Juli Disla, Jaume Pérez i Toni Tordera; Dirección escènica: Jaume Pérez Roldán; Image: Escif; Illuminación: Pablo Fernández; Audiovisual: Edu Soriano; Disseño gráfico: Teresa Juan; Asesoría pedagògica y redes sociales: Marta Tordera; Producción ejecutiva: Mayte Barbazán; Ay. de producción y administración: Amparo Tortajada

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