Un festival de fantasía: «Rey Lear», de Atalaya Teatro

Cristian Marco Martínez

Rey Lear es una tragedia de William Shakespeare del siglo XVII, que ha tenido múltiples representaciones y de múltiples maneras en la escena española, pero también en la escena mundial, debido a la fama de la obra teatral, como también del autor.

Atalaya Teatro decide emprender un montaje de este clásico, al igual que ha hecho anteriormente con La Celestina, o la aclamada obra del propio Shakespeare, Hamlet, pero busca una nueva fórmula de que llegue al espectador, con un montaje teatral que sorprende desde el primer minuto, y que no deja a nadie indiferente.

Parece inverosímil, pero la única decoración que envuelve el escenario son unas mesas de madera, y también son los únicos recursos materiales de los actores, y saben jugar con ellas de una manera excelente, pues son árboles, puertas del palacio, ramas de los árboles, o todo lo que la imaginación del espectador pueda pensar con el grandilocuente trabajo de los actores. Las armas tampoco existen, y las propias mesas, junto a elementos del vestuario, como mangas de las camisas, acaban siendo el perfecto decorado. Esto obliga a un auditorio atento, pues cualquier pérdida del espacio escénico por parte del público puede llevar consigo perder el guion de la obra.

Por otro lado, el trabajo de los actores acaba siendo primordial por dos principales motivos: el trabajo del cuerpo, y el barroquismo con el que sus actuaciones envuelven la obra.

Pese a que en todo montaje escénico, el guion es indispensable, en esta obra no es lo más importante, o al menos, el director no busca que lo sea, y esto hace que el vidente deba conocer la trama, los personajes, o el desarrollo, es decir, que quien quiera verla, debe venir con la obra estudiada, y esto es así porque los actores no te dan ninguna pausa para que puedas enterarte del contenido, sino que te ofrecen una completa coreografía, un número de baile, en el que el cuerpo del actor es la parte más importante.

Su cuerpo te muestra emociones y sentimientos, pero también escenas, recreando cuadros que, por sus indumentarias y el lenguaje empleado, podrían ser propios de Caravaggio, o de Rembrandt, y todo lo que se acontece son preciosistas escenas que alumbran al espectador en una suerte de museo, y a través de ver los cuadros en movimiento que simbolizan los actores, va desgranando la trama. El lenguaje utilizado es forzado, en ocasiones, no muy natural, y que puede recordar al propio de los dibujos animados, pero no minusvalora la representación, pues es necesario para entrar en ese mundo que el director pretende conseguir.

Quién busca, de esta manera, una representación clásica, simple, o ceñida al texto, no se lo va a encontrar, pues la dirección de esta obra es hacia la fantasía y la belleza, y no se ciñe al texto, sino que en ocasiones la obra se acaba convirtiendo en un musical, con cantos folclóricos, bailes tribales, o flamenco clásico, que te adentra en un ambiente muy distinto al esperado.

Es de alabar lo conseguido que está, en este punto, la escucha escénica actoral, pues todo sucede de forma milimetrada, los bailes son exactos, y las caídas simbólicas de las mesas tienen su sentido alegórico. Así, la exactitud en la caída de dos mesas, tiene su porqué, como la exactitud de la caída de tres.

El trabajo detrás de la puesta en escena es sensacional, y como las luces, tanto cenitales, como laterales, tienen una simbología detrás, y un motivo para ser encendidas, es otra muestra clara del preciosismo que se pretende en la representación.

También se acaba haciendo muy significativo el papel de la mujer dentro de la obra, ya que el poder lo tiene un rey, pero el rey está representado por una actriz, lo que rompe la brecha de género en la representación fidedigna de los papeles, y hace que una mujer actriz pueda ser el hombre empoderado sobre el que gira la acción de la obra.

Pero no solo en este punto el papel de la mujer es importante, pues las mujeres son las que se unen para derrotar al malvado que pretende usurpar el trono del rey, y también la hija es la que da su vida por el Rey, y esto hace que tome especial relevancia su papel durante toda la obra, y sea representada con unos valores que en la época de creación de la obra no eran propios de apreciar.

De esta manera, y como conclusión, la representación de Atalaya del Rey Lear no es la tragedia barroca actualizada que se suele representar, pero sin duda es imprescindible para ver, pues acaba convirtiendo una tragedia en un festival de fantasía, donde los actores se convierten en completos artistas que bailan y cantan, con una encomiable habilidad de sincronización, y adentra al espectador en un mundo diferente, cercano al misticismo, con música celestial y lleno de folklore, y que invita a seguir el acontecimiento de la trama desde la visión de los hechos, de lo que busca mostrar el actor, con un final que rompe en catársis y muerte, pero que se funde con la música, con el coro, y con la escenografía, clara inspiración a la tragedia representada en época griega, y que hace de la obra una completa obra de arte que te satisface de manera especial.

Teatro Auditorio de Cuenta, 19 de febrero de 2022

Autor: William Shakespeare; Dirección y dramaturgia: Ricardo Iniesta; Composición y dirección musical: Luis Navarro; Dirección coral: Lidia Mauduit y Marga Reyes; Taller coral: Laboratorium Piesni; Espacio escénico: Ricardo Iniesta; Escenografía: Ricardo Iniesta; Texturización escenografía: Ana Arteaga; Vestuario: Carmen de Giles / Flores de Giles; Maquillaje y peluquería: Manolo Cortés; Construcción escénica Sergio Bellido; Coreografía: Juana Casado; Ayudante de dirección: Sario Téllez; Asistente de dirección: Rocío Costa; Diseño de iluminación y coordinación técnica: Alejandro Conesa; Espacio sonoro: Emilio Morales; Administración: Rocío de los Reyes; Distribución: Victoria Villalta; Producción: Francesca Lupo; Comunicación: Rocío Claraco; Secretaría: Macarena Gutiérrez

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