En el teatro el silencio se escucha, se pronuncia: «Silencio», de Juan Mayorga

Jessica De Matteis

Foto: Javier Mantrana

Como afirma Juan Mayorga en su discurso de ingreso a la Real Academia Española “sucede que en el teatro, arte de la palabra pronunciada, el silencio se pronuncia. Sucede que el teatro puede pensarse y su historia relatarse atendiendo al combate entre la voz y el silencio”. El pasado 4 de febrero, en el Teatro Español de Madrid, Blanca Portillo demostró cuanto dice el dramaturgo poniendo en escena el discurso de Mayorga que se acaba de citar, enriquecido de comentarios, lecturas y actuaciones acerca de famosos silencios literarios, tales como el de Antígona, La casa de Bernarda Alba, La vida es sueño, Tres hermanas, El jardín de los cerezos, El Gran Inquisidor, Hamlet y Carta al padre. Por “demostrar” se entiende que, con su actuación, Portillo fue capaz de renovar la potencia dramática del discurso de Mayorga, por un lado, “pronunciando” silencios teatrales, por otro, relatando la historia del teatro a través de este perpetuo conflicto entre voz y silencio que lo vertebra.

Foto: Javier Mantrana

El espacio es icónico y estilizado: las sillas y las mesas representan a los académicos y al interior de la RAE, y un marco sin fotografía simboliza un retrato de Cervantes. Sin embargo, durante la puesta en escena de unos pasajes de las obras anteriormente citadas, las mesas y las sillas permiten trasladar la acción a otros espacios ―esta vez metonímicos―, representando, por ejemplo, el trono y el palacio de Creonte en Antígona o la cárcel del Cristo de El Gran Inquisidor. La iluminación contribuye a la configuración de estos diferentes espacios y momentos: cuando se pone en escena el discurso de Mayorga la iluminación es neutra, mientras que, cada vez que se representa una de las demás situaciones teatrales, pasa a ser de colores. Sin embargo, lo que realmente se quiere destacar en esta ocasión es la excepcional habilidad de Blanca Portillo en pasar corrientemente de interpretar con una comicidad sutil a un Mayorga incómodo, debido a la responsabilidad de pronunciar su discurso ante los académicos de la RAE, a actuar intensos pasajes literarios. Es interesante, a este propósito, que Blanca Portillo no solo representa el discurso de Mayorga, sino que interpreta al propio dramaturgo a la hora de pronunciar este discurso, poniendo en evidencia la sensación de torpeza, miedo, incertidumbre, estupor que sintió en aquel momento. Portillo exacerba cómicamente su turbación al punto que, al leer sus palabras, “Mayorga” mismo no le encuentra sentido, empieza a aflojarse el cuello de la camisa y a quitarse la chaqueta, con la que se sentía incómodo. En consecuencia, el Mayorga que pone en escena es un personaje caricaturizado, a veces ridiculizado. La exageración de los gestos y la escenografía estilizada tienen el fin de destacar la “teatralidad de la situación”, es decir, la sensación de artificiosidad e incomodidad del dramaturgo respecto a la formalidad requerida por la ceremonia de su ingreso a la RAE. Otro factor que recuerda constantemente al público que se encuentra delante de una puesta en escena es la ruptura de la cuarta pared, que se lleva a cabo desde el principio con la entrada de Mayorga (Portillo) por las escaleras del patio de butacas y que se hace aún más evidente cuando se dirige directamente al público, por ejemplo, decidiendo demostrar la imposibilidad de un silencio “físico”, entendido como la propagación del sonido. El experimento de Mayorga (Portillo) es callar durante cuatro minutos y treinta y tres segundos (los mismos de la obra de John Cage) que mide con el cronómetro de un teléfono, que muestra al público, divirtiéndolo y jugando mientras tanto con la gestualidad. Del público se perciben claramente las reacciones y los sonidos que naturalmente se producen durante un periodo de tiempo tan largo, empezando por la risa hasta llegar a estornudos o respiraciones. Además de estos dos momentos, hay otro en que la ruptura de la cuarta pared llega a su cima: cuando Mayorga (Portillo) se dirige directamente al director de escena, pidiéndole más luz en el escenario.

Otro momento de comicidad y metateatralidad que nos ofrece Portillo es cuando se desdobla una vez más, pasando de ser Mayorga, pronunciando su discurso, a ser la propia Blanca, que cuenta la conversación que tuvo con su amigo Juan cuando la llamó de madrugada, agobiado, pidiéndole que pronunciara el discurso por él. Este juego, además de ser muy divertido, muestra la gran amistad y cariño que hay entre los dos.

En definitiva, la actuación de Blanca Portillo es magistral: llena el escenario durante casi dos horas con un largo monólogo a lo largo del cual se convierte paulatinamente en diferentes personajes, cambiando su rostro, su voz, sus muecas con una increíble habilidad; incluso es capaz de representar el conflicto entre dos personajes, interpretando a la vez al Cristo y al Gran Inquisidor; Creonte y Hemón, construyendo, con un solo cuerpo, la tensión dramatúrgica entre dos personajes. Por todo ello el público no pudo contener su emoción, que finalmente mostró aplaudiendo durante varios minutos, suficientes para que Portillo saliera al escenario siete veces para agradecer el cariño y la estimación que la gente le mostraba.

Foto: Javier Mantrana

Teatro Español, Madrid, 7 de enero a 11 de febrero de 2022

Texto y dirección: Juan Mayorga; Con Blanca Portillo; Diseño de espacio escénico y vestuario: Elisa Sanz; Diseño de iluminación: Pedro Yagüe; Diseño de espacio sonoro: Manu Solis; Fotografía: Javier Mantrana; Maquillaje y peluquería: Thomas Mikel Nicolas; Ayudante de dirección: Viviana Porras; Ayudante de escenografía: Sofía Skamtz; Una coproducción de Avance Producciones Teatrales y Entrecajas Producciones Teatrales

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