Los cuerpos que sueñan: «R. E. M.», de La Trócola Circ

Marcela Fernández Fong.

Un cuerpo es inmaterial. Es un dibujo, es un contorno, es una idea – JEAN-LUC NANCY

El domingo 7 de mayo, en la primera planta del teatro Rialto, antes de que comenzara «R.E.M.» solo se escuchaban las voces de los espectadores, impacientes, algunos ilusionados —como la señora a mi espalda, que decía: «qué bien, desde aquí se los va a ver fenomenal, es espectacular», quizá una espectadora de otra sesión—. Cuando una voz robótica nos anunció «faltan cinco minutos para que comience el espectáculo», y después «faltan tres minutos», y después «comienza el espectáculo», el espacio quedó casi enteramente a oscuras, a excepción de las luces azules del suelo que señalaban el camino a la salida. Mientras esperaba a que la obra diese comienzo, yo jugueteaba con el pie, tapando y destapando la luz azul que tenía a mi izquierda, en mi asiento de pasillo, creando sombras en el asiento de enfrente, mientras me preguntaba si estaría molestando a la señora de mi espalda en su —quizá— segunda experiencia como audiencia de un espectáculo circense.

Al salir de la sala, mi acompañante me preguntó si alguna vez había ido al circo, y yo le contesté que solamente había estado en uno que había cerca de la casa de mi abuela, pero que no recordaba mucho, solo el calor que hacía dentro. Sin embargo, precisamente lo que más interesante me ha parecido en R.E.M. es una propuesta de circo totalmente distinta. A partir de recuerdos de la infancia, y las imágenes que se vienen a la cabeza automáticamente al pensar en «el circo», el espectador daría por hecho que va a escuchar una música animada y estridente, que los artistas aparecerán vestidos con colores chillones y maquillados exageradamente, que las luces se moverán al ritmo de tambores y, en su movimiento, su vista se nublaría. Pero R.E.M. es casi todo lo contrario: un escenario a oscuras se ilumina poco a poco para dejarnos ver sábanas infinitas colgadas del techo, alzándose poco a poco, hasta formar algo parecido a las tiendas de campaña que nos inventábamos cuando éramos niños para jugar fuera de la vista de los adultos. Un poco así: el espacio escénico se convierte en un espacio para el juego.

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Solo cuatro artistas y cuatro camas en la escena. Y la música, que —mediante las letras o, sobre todo, las sensaciones conseguidas con los instrumentales de electrónica— acompaña cada movimiento. Solo con eso, La Trócola Circ construye una propuesta sobre cómo a través del movimiento se transmiten inquietudes humanas como el miedo a fallar, la autoexigencia y los sueños. La Trócola Circ es «una compañía de circo que fundamenta sus producciones en la investigación con objetos», según la propia descripción del grupo en su página web. A mí me gustaría añadir «y a través del cuerpo», aunque quizá es algo que se da por sentado en el circo: hasta dónde llega un cuerpo, cuáles son sus límites.

Este espectáculo tantea, además, los límites del sueño y la vigilia; propone un viaje nocturno donde tienen lugar juegos malabares con mazas, acrobacias, equilibrios sobre manos, magia y portes acrobáticos. Lo primero que el espectador ve es, debajo de esa carpa de sábanas, un edredón rodeado de cojines, del que poco a poco va asomando un cuerpo, que parece acabar de despertarse —¿o igual acaba de entrar en un sueño muy largo? —. A medida que se va destapando y desperezando, a medida que va consiguiendo una posición vertical, vemos que debajo de ese cuerpo hay más cuerpos que sujetan sus pies desde las plantas, haciéndolo deslizarse en círculos, arriba y abajo. Las manos de los demás no son vistas, pero están ahí, como motores del movimiento. Es muy curioso pensar las distintas maneras en que los artistas de circo pueden utilizar sus propias manos.

Desde el primer momento en el que aparece el movimiento dentro del espacio escénico, con el juego de equilibrios, el espectador comienza a pensar los límites del cuerpo, dónde termina el cuerpo de A y comienza el de B; dónde finaliza B y emerge C, etcétera.; cómo se unen unos y otros. Jean-Luc Nancy dijo, en 58 indicios sobre el cuerpo, Extensión del alma lo siguiente: «El cuerpo puede volverse hablante, pensante, soñante, imaginante. Todo el tiempo siente algo. Siente todo lo que es corporal. Siente las pieles y las piedras, los metales, las hierbas, las aguas y las llamas. No para de sentir». Cuando leo el indicio número 12 de Nancy pienso en el movimiento de los artistas de R.E.M., en la idea de que un cuerpo se vuelve, se convierte, está en transformación, y nunca conocemos todas sus posibilidades hasta que las amenazamos.

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A medida que avanza la representación, la dificultad de los juegos malabares va en aumento. En un momento determinado, tres cuerpos se colocan uno encima de otro, formando una torre que prácticamente alcanza el techo del escenario. Los espectadores contenemos la respiración: ¿y si pasa cualquier cosa?, ¿y si alguien se hace daño? El cuerpo también tiene sus límites. Asistimos a distintos ejercicios de equilibrio y fuerza. Nos rodeamos de aplausos tras cada ejercicio impactante del que somos testigos.

Las cuatro camas aparecen paralelas en fila, formando cuadrados o rombos, como laberintos tridimensionales, colocadas como escaleras, o como una litera de cuatro colchones, una torre vertical para un espectacular final. Varias veces dos de los artistas unen sus brazos como base para que una tercera de ellos se ponga de pie, se alce, salte, haga piruetas. Se sostiene con dos manos, con una, sobre la cabeza de su compañero. Gira hacia delante. Gira hacia atrás. Uno de los saltos sale mal: su pie tiembla y no cae recta sobre las muñecas cruzadas de sus compañeros, trastabilla. Una espectadora al otro lado del pasillo, en un asiento paralelo al mío, se sorprende y deja caer su abanico al suelo. Está tan tensa, esperando qué es lo que va a pasar, que ni se da cuenta hasta después, cuando todo se resuelve y el espectáculo continúa, como se suele decir en estos casos, ya casi como un cliché. Aunque ha habido un pequeño tropezón, continúan realizando piruetas cada vez más complicadas, logrando posiciones cada vez más retorcidas.

Dos de los artistas saltan, mientras los otros dos se convierten en la base de sus piruetas, en el pilar de su equilibrio. Cuando alguien está en peligro de caer, siempre tiene a un compañero cerca, asegurando la posible caída. Si alguno se coloca de pie en los hombros de otro para dejarse caer de espaldas, confía en que, al caer, un compañero recogerá su cuerpo delicadamente.

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Mi acompañante me dijo que lo que más le había gustado de la experiencia había sido ver las caras de los artistas, caras de felicidad, de verdadero disfrute con lo que hacen. Como nuestros asientos estaban cerca del escenario, pude disfrutar mucho presenciando los momentos de comunicación con gestos, las miradas y sonrisas de complicidad antes de saltar al vacío esperando unas manos a las que agarrarse. La confianza a ojos ciegos, a pesar del riesgo. Pienso en lo bonito que es jugar unos con otros y confiar los unos en los otros. No había visto el circo desde que era pequeña, de igual manera que no he jugado en una tienda de campaña hecha con sábanas desde que era niña, en la casa de mi abuela. Detrás de las piruetas y la adrenalina del espectáculo que se puede hilar con esa misma mirada de inocencia.

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La compañía valenciana consiguió el premio al mejor espectáculo de las Nits de FETEN 2018 con Emportats, mejor espectáculo de Circo de la Comunitat Valenciana, premio del público en el International Strassentheaterfestival Ludwigshafen, y son candidatos a los Premios MAX como espectáculo revelación.

Los artistas de La Trócola Circ, Andrea Pérez y Jon Sádaba, junto con Enrique Navarro y Mohamed Keita —bajo la dirección artística de Lucas Escobedo— transmiten al público la seguridad de que, a pesar del vértigo que se siente al ver una torre humana que roza el techo, o la inestabilidad de las piruetas alrededor cuatro camas dispuestas unas encima de otras, o de saltos acelerados sobre el metal de los somieres en movimiento, al final todo va a salir bien. Es una sensación única, la de las representaciones como esta, en las que, después de que el corazón comience a desacelerarse porque nadie se ha hecho daño, porque los pies han caído donde tenían que caer y los artistas parecen sanos y salvos, satisfechos y aliviados con su obra, se colocan en fila y saludan, con sonrisas en sus rostros, al público, que aplaude hasta que se le quedan rojas las manos.

Teatre Rialto, del 4 al 7 de mayo de 2023

Idea original: Andrea Pérez y Jon Sádaba; Autoría: Andrea Pérez, Jon Sádaba y Lucas Escobedo; Intérpretes: Andrea Pérez Bejarano, Jon Sádaba San Martin, Enrique Navarro Laespada, Mohamed Keita; Dirección artística: Lucas Escobedo; Dirección de técnica acrobática: Vitaly Motouzka; Composición musical: Raquel Molano; Diseño de iluminación: Manolo Ramírez; Diseño escenografía: Andrea Pérez y Jon Sádaba; Realización de estructuras y mecánica: Jon Sádaba; Diseño de vestuario: La Trócola Circ; Producción ejecutiva: Producirk; Producción: La Trócola Circ

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