La luz en el silencio: «Coses que sonen», de Sandra Gómez

Rafa Segura.

Foto: Raúl Sánchez

¿Qué mejor manera para empezar a escuchar que con el silencio? Porque en el silencio todo tiene eco, aunque no suene. Aunque no haga nada. Aunque todo en este mundo, o en este escenario, sea un resonador en potencia. Porque, aunque no pase nada, todo habla. Aunque sea sin palabras.  

En el silencio nos damos cuenta de la luz, del escenario, de la gente que nos rodea. Y en el eco del vacío y de los sentidos aumentados se nos invita a percibir que en el mundo hay objetos, cosas, cuerpos. Cuerpos que suenan o que pueden sonar. Nos hace comprender que para que haya sonido primero tiene que haber escucha. Y por eso entra un cuerpo, un cuerpo vivo, que camina, y nos escucha; y evidencia el silencio escribiendo la palabra SILENCIO, aunque ese silencio emita sonido.

 Porque a partir de ahora ya hemos encontrado el átomo de aquello que suena. Todo lo que ocurra a partir de este acto inaugural ya estará dicho con el altavoz de nuestra escucha. Los objetos los veremos con lupa. A los cuerpos los escucharemos con atención. Porque eso es Coses que sonen: una investigación que es vivencia, una enorme pregunta abierta que apuesta aquí, no por bailar el sonido, sino por desfragmentar el sonido. Y por relacionarlo con el cuerpo. Porque, ¿el cuerpo va tras el sonido o el sonido va tras el cuerpo? Un cuerpo es capaz de emitir un sonido, es cierto; pero, desde ciertos puntos de vista, ¿no está el cuerpo al servicio de la melodía producida por un instrumento musical

Porque el sonido en sí tampoco es nada, no tiene forma; pero lo transforma todo. Se forma a partir de cuerpos más o menos arbitrarios: una pelota de tenis, una pecera con una canica dentro, una silla, globos, un micrófono, un montón de tierra, una caja… hasta seres vivos. Dos en concreto, porque después de un cuerpo aparece otro cuerpo que también camina y acciona; pero accionan, no desde su identidad propia, sino desde su relación con un sonido que proviene de un objeto. Si encienden una bengala y esa bengala emite sonido; el cuerpo se mueve con ese sonido teniendo en cuenta a la bengala. Si hinchan un globo y ese globo se deshincha, ese cuerpo también se deshincha junto a su sonido. Porque los cuerpos son sujeto y objeto a la vez y forman un circuito cerrado con su sonido.

 Su ropa es blanca y negra, su expresión es sobria; pero, sin embargo, el cuerpo entero se implica con el objeto y ese lienzo en blanco se va ensuciando (o más bien, complejizando) a medida que se desarrolla en el espacio-tiempo.

En el momento en que hay dos cuerpos (vivos) en escena y dan vida a otros cuerpos (que suenan) empieza un trabajo de resignificación que implica a la simultaneidad. Esta simultaneidad implica a su vez capas de sonido, sonidos que se reinterpretan según junto a qué suenan. Pero también implica a la imagen, porque los cuerpos y sus acciones ocupan el espacio y también se recontextualizan a sí mismos según donde estén o junto a qué suenen o cómo se iluminen.

Los cuerpos están haciendo y haciendo sonar lo mismo en itinerarios diferentes, como en una especie de canon. Nos llegan, pues, repeticiones, flashbacks, estribillos, resignificaciones del sonido según la imagen y resignificaciones de la imagen según el sonido. Y al mismo tiempo, una resignificación de la realización misma de esa acción sonora; porque, aunque hagan lo mismo con minuciosidad, ¿no son acaso dos cuerpos vivos distintos?, ¿no habrá a la fuerza una interpretación y una identidad propia en la manera de hacer, aunque hagan lo mismo?  

La pieza suena, pero también se contempla. Desde la distancia que da el patio de butacas también podemos apreciar las lógicas del espacio con la coordinación de un montón de objetos mediante una partitura de movimiento. Podemos ver también cómo se relaciona el cuerpo con la tecnología para emitir sonido. Sin embargo, esa lógica empieza a romperse en un momento dado. Cuando los dos cuerpos vivos se encuentran e interactúan ya nada vuelve a ser lo mismo. Se inicia una especie de desestructuración, de fuga de orden, de limpieza y de pulcritud; y paulatinamente, tras varios encuentros, el laboratorio de sonido se va convirtiendo en otra cosa: en una vivencia global donde ya no es fácil segmentar la lógica. Donde la ropa blanca se vuelve negra y la negra blanca. Donde el sonido lo envuelve todo y ya no vale la pena ni si quiera seguir preguntándose si el sonido viene del cuerpo o el cuerpo del sonido.

En algún momento temprano de la obra, ha empezado a sonar un metrónomo en el centro del escenario y se ha hecho evidente el ritmo que vivimos como invisible, al volverse audible. Somos conscientes del tiempo, del ritmo, de la medición, de las fronteras rítmicas hechas prisión y, al mismo tiempo, del enorme aliado o enemigo que puede llegar a ser el sonido. Porque de golpe, todo, aun siendo lo mismo, urge; porque está siendo medido. Y, en algunos casos, grabado, loopeado.

Tampoco se sabe muy bien en qué momento ha empezado a aparecer humo en la sala, ni si lo que se está viviendo es una fiesta, una guerra o un ritual. No importa. Ahora solo vale la pena aprovechar el momento y vivir una sinestesia escénica hecha vivencia total y que implica imagen, sonido, luz, movimiento, fusión y, en definitiva, acontecimiento.

Los cuerpos al final ya no están tan limpios ni neutros como al principio (es imposible) pero ¿por qué emocionan tanto aun cuando su acción consiste solamente en remover tierra frente a un micrófono? Aparentemente neutros, atareados, concentrados y con mundos diferentes a cuestas, comparten la memoria común de seguir una partitura y de sincronizarse y de ponerse de acuerdo hasta las últimas consecuencias del escándalo o del silencio. Y, sobre todo, ¿qué papel juega el sonido en esa emoción global que se desprende?

Podemos culpar o dar las gracias al bit, al ritmo, al musicote, a la capacidad envolvente y a la facilidad de embaucar del sonido cuando se vuelve temazo. Pero después de la experiencia vivida en directo yo prefiero dar las gracias y atribuirle el mérito al silencio. Tanto al silencio inicial como al final. Porque sabe anclarse al mundo a través de tan solo unos pocos objetos. Porque sabe vaciarlo todo dándole tiempo a cada cuerpo para que resuene sin depender de la imagen, que se ha impuesto hegemónica. Y porque sabe proponer preguntas sin verbo a través del sonido sin imponer ni exigir respuestas.

La Mutant, 17, 18 y 19 de noviembre de 2023

Concepte i direcció: Sandra Gómez: Creació: Vicent Gisbert i Sandra Gómez; Intèrprets: Vicent Gisbert i Sandra Gómez; Assessorament sonor: Javier Vela; Il.luminació: Hipólito Patón

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