«Underground», de Javier Sanz: el sexo y la identidad

Pablo Lamirán Ferrando.

Decía Carmen Martín Gaite que toda búsqueda humana era, en realidad, la búsqueda de un interlocutor. A mi parecer, tal afirmación resulta la más ilustrativa a la hora de entender lo que los espectadores encontrarán en Underground – allibera’t. Esta representación, dispuesta a manos de la Compañía Lared, es una propuesta escrita y dirigida por Javier Sanz, e interpretada junto a Gracia Garrigues del 21 al 23 de junio en el Teatre de Patraix como parte de su ciclo temático por el mes del Orgullo. El argumento de la obra es tan simple como recursivo: una conversación entre un gay y una lesbiana de mediana edad en la puerta de una discoteca, a partir de la que podremos acceder a su psicología y anécdotas conformantes de unas cartografías vitales que constituyen una sinécdoque de las experiencias compartidas del colectivo LGTB.

La conversación es hilo conductor de toda la obra: las palabras del otro evocan un pasado incómodo e injusto del que los propios personajes tratan de zafarse pero que, con el avance de la obra, gana en claridad, con la sensación de que la enunciación constituye una autoexploración, exponiendo unos miedos e inseguridades tanto al interlocutor como al enunciante mismo: así, quedan sujetos a debate conflictos como el consumo de cuerpos potenciado por las aplicaciones de citas, la conciliación entre fe y homosexualidad o los opresivos cánones estéticos, que ambos sujetos reproducen como parte de su régimen vivencial homosexual.

La obra se estructura en torno a topoi fácilmente reconocibles por el espectador presentados a nivel diegético como rememoraciones de sus vivencias en forma de flashback, con un guion en ocasiones predecible por la prototipicidad de las escenas, pero que logra desenvolverse con satisfacción gracias al juego extralingüístico de la representación, que sortea el peligro de lo manido en las acciones enunciadas. No por ello dejan de ser tales situaciones verdaderas, hecho que demuestra el choque entre el horizonte de expectativas sociales y heteropatriarcales, en conflicto con su propio ideal de autenticidad sobre el ser realmente que los lleva a la categoría de excluidos incluso por sus seres queridos.

Tal nivel extralingüístico se enarbola en torno a dos operaciones, en muchas ocasiones cooperantes: el primero, el del planteamiento escénico, tan parco a priori como de potencialidad experimental. En el escenario se disponen cuarenta y ocho cajas de cartón que mutan conforme la obra avanza en un ejercicio de anti-ilusionismo, según los actantes mismos las disponen. Estas tienen, a mi parecer, una doble función: la espacial, que actúa siempre de forma metonímica y además como escena múltiple simultánea, pero también una función metafórica, expresiva de la relación entre los dos personajes. Estos van mutando a la vez que el espacio, que van alterando ellos mismos de forma latente -hecho que se permite gracias al juego de luces y secuencias de monólogos- con estas cajas, de tal forma que van ocupando y ordenándose de diferentes modos: de un comienzo de paredes enfrentadas en forma de altos muros, donde bailan dándose la espalda, a un desenlace en el que las cajas forman un semicírculo en total simetría que ellos mismos han construido y que deja a ambos personajes bailando juntos como catarsis.

La pareja de actores aprovecha esa escena múltiple para cambiar incluso de papel al caminar entre las estancias que se presuponen, realizando diferentes roles durante la obra, fluctuando sobre el espectro del sexo y de la identidad como pueden llegar a hacerlo los mismos protagonistas a lo largo de su vida. Es mediante tales fluctuaciones como el público llega a comprender la psicología, conducta y, en último estado, la identidad de ambos.

La cita que encabeza esta reseña muestra el otro tema que localizo como vertebrador de la pieza, y que trasciende la condición queer casi en forma de universal humano, como es la necesidad de comprensión y de escucha: de un ser que es dentro de un nosotros, de un horizonte de expectativas, de significados comunes. Y ese móvil lleva a actuar a la protagonista en forma de pistoletazo narrativo, al acercarse a hablar con el otro personaje, que se muestra originalmente reacio tanto a escucharla como a ser escuchado, incrédulo de la genuina atención que pueda depositar la otra persona en él. La capacidad para transformar que tienen las palabras en él, tan insospechadas al principio, se muestran como una constante en la obra. Esto nos permite observar un cambio en el protagonista masculino, desde el reclamo de autosuficiencia y relaciones móviles y líquidas que mantiene con hombres al principio de la obra -que su interlocutora pone en tela de juicio mediante un excelente juego desautomatizador al servirse de las cajas que hacían pared como aplicaciones y que va desestimando mientras muestra así empezar a ganarse su confianza-  hasta a reconocer el personaje latente de la hija de su empleador como de identificación, por desdecirse ella de los patrones de lo esperado por su familia, y que, a la postre, sirve como anagnórisis frente al personaje femenino, al ser la hija de la que su exmarido le obligó a apartarse tras su salida del armario (una de las vivencias que se nos va desvelando conforme avanza la obra en forma de retrospectiva).

Hay además un bonito juego poético que consuma tal identificación; ella es florista, él es jardinero, la hija se llama Flora y habla con él mientras le ayuda con las plantas. Todo ello nos lleva a apuntar de forma irrevocable a la conclusión con la que los protagonistas mismos cierran su discurso: cómo el destino borra la línea entre la casualidad y la causalidad.

En conclusión, Underground parte de unos lugares comunes propios de la comunidad LGTB, específicamente la homosexual, para así hacer florecer una relación de amistad e identidad entre dos de sus miembros. Para ello, se sirve de una escena materialmente mínima pero de una potencialidad creativa extrema y que configura una potente resonancia de la relación entre los dos sujetos, en un devenir desde dos muros altos hasta una figura perfecta creado a partir de simples cajas de cartón. Y todo esto, siempre desde el halo único e ilusorio que guarda lo que puede ocurrir en la noche, fumando en la puerta de un garito.

Teatre Patraix, 21 al 23 de junio de 2024

Escrita por Javier Sanz; Dirigida por Gracia Garrigues y Javier Sanz; Una producción de Compañía Lared

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