Una fiesta de la vendimia: «El vino», de José Antonio Fuentes

Karen Las Peñas Mercado

El Vino, una producción teatral de Tunildo y Capatosta Creativos, originaria de Chile, se presentó el 23 de septiembre a las 19:00 en una sala del Espai Inestable como un intrigante espectáculo contemporáneo en castellano, con una duración aproximada de una hora y media. El elenco estuvo compuesto por solo tres actores: Alexis Martínez, quien también está a cargo de la música, Héctor Fuentes y el propio José Antonio Fuentes, actor y director de la obra.

Lo primero que uno nota al ingresar a la sala es lo minimalista de la representación en el escenario: una pequeña mesa con vinos y copas a la izquierda, una silla solitaria en el centro que capta toda la atención por ser el único elemento aislado y centrado, y un par de instrumentos, como una guitarra, colocados estratégicamente. Este espacio metonímico, compuesto por tan pocos elementos, nos obligaba a focalizar la atención en los actores y el vino de la mesita.

La obra comienza incluso antes de que te des cuenta: entras, te sientas en tu silla y ya te ofrecen una copa de vino, pudiendo elegir entre tinto o blanco; es un gesto acogedor, que rompe la formalidad habitual del teatro y te invita a participar de una manera original. Luego, José Antonio, caracterizado como un camarero, se encarga de explicar con humor y cercanía lo que estás a punto de presenciar, estableciendo desde el inicio una conexión íntima y participativa con el público.

Desde el primer momento, queda claro que no seremos simples espectadores, sino parte activa de la narrativa. Héctor nos informa que seremos miembros de una gran familia ficticia reunida para celebrar “La fiesta de la vendimia”, con el objetivo de hacerle creer esto al “Viejo” (interpretado por Héctor Fuentes), un personaje que, según se nos dice, no está del todo bien de la cabeza. A algunos espectadores se les asignan papeles, como tíos, primos o hermanos, reforzando la experiencia antilusionista e inmersiva de la obra. Además, nos advierten que el Viejo tiene una pistola y podría usarla si sospecha que no seguimos el juego o si detecta que no participamos en su ritual de cata de vinos. Este enfoque participativo genera una tensión constante que, al menos en mi caso, me hizo sentir como una actriz más en la intimidad de un público reducido (éramos unas 25 o 30 personas).

La trama de El Vino se desarrolla dentro de esta celebración ficticia, donde la línea entre actores y espectadores se difumina completamente. A medida que avanza la velada, surgen revelaciones que ponen en riesgo la continuación de la celebración: Alexis, quien había sido invitado como músico para amenizar la fiesta, descubre que el Viejo podría ser su padre biológico. Este hallazgo lo conecta con un episodio doloroso del pasado: su madre, Amelia, trabajaba en una finca de vinos cuyo dueño abusó de ella, y Alexis está convencido de que el Viejo fue el responsable de esa violación. La revelación desata un conflicto interno en Alexis, quien decide que matará al Viejo como castigo por lo que le hizo a su madre.

En paralelo, José Antonio, el «manager» de Alexis y quien lo llevó a la fiesta, actúa como mediador. Intenta calmarlo y evitar que la celebración termine en tragedia, aportando un contrapunto cómico en medio del caos emocional. En un intento por convencerlo, José Antonio ofrece explicaciones absurdas y cómicas, como que «en aquella época había muchas mujeres llamadas Amelia… ¡hasta cinco!», añadiendo momentos de humor que alivian la tensión. Creo que este equilibrio entre lo trágico y lo cómico es uno de los logros más notables de la obra. Había instantes de una intensidad abrumadora, donde la tensión en la sala se podía cortar con un hilo, seguidos de momentos de distensión que me arrancaban una sonrisa. Mis emociones eran una auténtica montaña rusa: reía, reflexionaba y, en ciertos momentos, sentía un nudo en el estómago.

Todo este confusión de nexos familiares que esconde esta historia se nos presenta como un microcosmos de conflictos históricos y sociales más amplios de Chile, facilitando así una doble lectura: una íntima y otra política. Por lo que podríamos decir que se enmarca dentro de la tradición del “teatro histórico”.

Además, el simbolismo del vino es particularmente potente. Más allá de ser un producto cultural emblemático de Chile, el vino funciona como un vínculo entre el disfrute y el peso de la memoria. Pudiendo aludir a la compleja relación entre la riqueza cultural y económica que representa la industria vinícola y las desigualdades estructurales que la sostuvieron históricamente. En este sentido, El Vino utiliza su título y su contexto para entretejer placeres superficiales con historias profundas de abuso y poder, desafiándonos a cuestionar sobre lo que realmente hay detrás de cada copa.

De esta manera, podemos entender que la relación entre el Viejo y Alexis, con la revelación de abusos y desigualdades en aquella finca vinícola, evoca una época en la que el poder estaba concentrado en las manos de pocos terratenientes, reflejando la estructura oligárquica que caracterizó al país de Chile durante los siglos XIX y XX. En este contexto, el abuso sufrido por Amelia, la madre de Alexis, puede interpretarse no solo como un acto individual, sino como una alegoría de la explotación sistemática de los trabajadores rurales, especialmente de las mujeres, quienes soportaban una doble carga de opresión tanto laboral como de género.

La obra se mueve con fluidez entre lo personal y lo político, permitiendo que las tensiones familiares se conviertan en espejos de estos conflictos sociales. La figura del Viejo, con su aura de misterio y amenaza, parece resonar con las heridas aún abiertas de la dictadura militar de Augusto Pinochet. Aunque no se menciona explícitamente, los temas de verdad y reconciliación, presentes en la obra, son fundamentales en el debate histórico y cultural de Chile, donde las desapariciones, los crímenes de lesa humanidad y el silenciamiento han dividido generaciones enteras. También creo que la necesidad de mantener un frágil equilibrio en la celebración ficticia para evitar que el Viejo descubra la verdad y reaccione violentamente podría leerse como una metáfora de la tensión latente que ha marcado la transición democrática del país, en la que muchas verdades quedaron silenciadas en nombre de una reconciliación que nunca fue completa.

Al final de la representación, Alexis decide matar al Viejo y está apuntándolo con una pistola cuando éste confiesa que nunca fue el propietario de aquella finca, sino un peón que se hacía pasar por el dueño. Esta revelación transforma al Viejo de victimario potencial a una figura trágica, alguien que también cargaba con el peso de una mentira para sostener su propia identidad y subraya cómo las dinámicas de poder y los privilegios también pueden ser asumidos o fabricados como una forma de supervivencia, revelando la complejidad de las relaciones humanas dentro de sistemas de opresión.

En este momento, el Viejo lanza un cuestionamiento al público —“¿Ustedes nunca han mentido? Todos mentimos”— que nos interpela directamente hacia nuestras propias experiencias, forzándonos a reflexionar sobre nuestras acciones y las narrativas que construimos para justificar nuestras elecciones o errores. La verdad, en la obra, deja de ser un hecho absoluto y se convierte en algo maleable, profundamente influido por las circunstancias y la necesidad de cada individuo.

Ya en el acto final, la obra alcanza un clímax de catarsis emocional. Alexis pasa de la intención de matar al Viejo a abrazarlo, es una poderosa representación de la reconciliación personal y colectiva. En ese momento, la obra parece decirnos que el perdón no es la aceptación pasiva de lo ocurrido, sino una decisión consciente de romper con los ciclos de odio y violencia. La canción que Alexis interpreta mientras apunta con el arma intensifica esta transición emocional: la música, cargada de vulnerabilidad, abre un espacio para que el personaje procese su dolor y transforme su rabia en algo constructivo. Su voz, junto con sus gestos, logra transmitir una intensidad que atraviesa al espectador. Por momentos, sentí como si cada nota y palabra resonaran en mi interior y me desestabilizaban.

Es por todo esto que la obra El Vino logra un desenlace tan inesperado como profundamente humano. Para mí, este cierre no solo es conmovedor sino que es un recordatorio poderoso que la reconciliación no depende de una verdad absoluta o de la justicia perfecta, sino de nuestra capacidad de ver la humanidad en el otro, incluso en quienes nos puedan haber lastimado. Esa capacidad de transformar el odio en un gesto de reconciliación es quizás el mensaje más importante de la obra, es el primer paso para sanar.

El Vino no solo me emocionó, me hizo reflexionar sobre mi propia forma de enfrentar el pasado y las verdades incómodas, por eso me gustaría invitaros a ver esta obra que me recordó que el teatro como la literatura y el arte, en su mejor forma, no solo cuentan historias, sino que transforman, sacuden y abren espacios para que sigamos reflexionando mucho después de que el telón cae.

Espacio Inestable, 23 y 24 de septiembre de 2024

Dramaturgia y Dirección José Antonio Fuentes; Música Alexis Martinez; Elenco Alexis Martinez, Héctor Fuentes, José Antonio Fuentes

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