Aquí estamos: «Farra», de María Díaz y Lucas Escobedo

Sofía Torró Álvarez.

El último fin de semana de noviembre y el primero de diciembre de 2024, el Teatro Principal de Valencia acogió el estreno del espectáculo Farra, dirigido por Luis Escobedo y producido por la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Compañía Lucas Escobedo.

Nada más entrar en la sala del Principal se distingue algo distinto a lo habitual; el telón está corrido. Ante el espectador no hay nada más que esa tela roja aterciopelada que ya con tan rara frecuencia puede apreciarse desplegada en los teatros. Este aparente detalle capta mi atención; la dramaturgia se ha de expresar en las cosas más mínimas, y este director parece tenerlo en cuenta y darnos ya alguna pista de sus intenciones. Pero pronto distingo alguna cosa más… unos pequeños farolillos, en graciosa composición, aparecen a los lados del escenario. Y, en algunos de los asientos, se han colocado banderines de colores vivos que la gente coge con singular alegría. Algunos, los más animados, lo balancean en el aire antes de que comience el espectáculo. En mi asiento no hay ningún banderín, pero mi compañera de al lado me dice sonriendo: “te lo dejaré”, y me siento complacida como una niña.

Diría, no sé bien por qué, que en la atmósfera se respira ya una cierta jocosidad antes de que comience el espectáculo, ¿es tan solo el efecto de los banderines y de los graciosos farolillos, pues las luces y los colores vivos obran efectos mágicos en el ánimo?; ¿es, si acaso, la mera cercanía de la Navidad, que tiende a despertar un entusiasmo colectivo?; ¿o es que los espectadores percibimos que se nos predispone, de algún modo sutil, a un ambiente festivo del que queremos participar?

Acabo considerando que estas tres ideas guardan algo de verdad. El teatro tiene la facultad de operar con energías muy sutiles… Corrientes invisibles que emanan desde los actores y desde los objetos de la obra, y que producen un efecto en ese público que se va colocando poco a poco en sus asientos.

Sentados ya los espectadores, llega ese momento repetido en el que una voz grabada suena por los altavoces pidiendo que se apaguen los teléfonos móviles. Pero en esta ocasión no es la voz habitual, ni se dice exactamente lo habitual, ni del modo habitual. Jugueteando con la palabra farra, que da nombre al espectáculo, una voz divertida nos pide que apaguemos los: farrenos farrómiles. Escucho gruñir al hombre de al lado: “¡ya nos hemos enterado del título!”. Me río para mis adentros, pero es una risa piadosa, que nace de pensar que hay gente muy falta de tomar las cosas con algo de divertimento. De nuevo, tengo la impresión de que detrás de este montaje está la mirada de un director que atiende a los detalles con un mimo especial; algo que quedará ratificado a lo largo de toda la obra.

El montaje, aunque incorpora fragmentos breves de textos de autores españoles del Siglo de Oro, ha implicado una extensa labor de composición textual que, según se nos indica en el programa de mano, corre a cargo de María Díaz y Lucas Escobedo. Buena parte del texto, escrito en verso, está musicalizada por Raquel Molano, que participa también como actriz en el montaje.

Igualmente, se introducen partes no versadas y palabras sumamente coloquiales y de actualidad. Es decir, la temporalidad de la obra circula entre el presente y el Siglo de Oro; y así se anuncia ya desde las primeras líneas del panfleto de mano: “estamos en Madrid, en el año 1568, no, perdón, en 1668. Espera. Estamos en 2024. No, eso sí que no. Estamos… a ver… entre 1500 y 1600. Bueno, sea como fuere aquí estamos”.

“Aquí estamos…” es la frase que, creo, podría figurar como el corazón de este divertido montaje que, más que nada, es un canto a la vida. La obra no compone un argumento especialmente profundo, no te engancha por su trama, que resulta un tanto inconsistente, sino por un ritmo trepidante, una vitalidad que no es frecuente ver y que, se obtiene, en parte, por la interdisciplinaridad del montaje. Diversos números circenses como: malabares o acrobacias en aro y en barra, números de payasos, esgrima, música… Todo ello compone un paisaje teatral que se desarrolla de manera trepidante y en el que no importa que no pase nada… Porque lo que pasa realmente es la vida desplegándose en su celebración de sí misma, ¡porque sí! Los personajes están, se divierten, a veces cuentan cosas del Siglo de Oro, en otras esperan a un rey (el rey Felipe), que va a acudir a ver el espectáculo y que no termina de llegar.

La espera del rey Felipe es quizás el hilo argumental que más estructura concede a la obra. Aunque los personajes olvidan con frecuencia la posible llegada del rey, y se ponen a celebrar la vida, a divertirse… ¿Quiere recordarnos la obra de Farra a Esperando a Godot de Samuel Beckett? Si lo pretende, desde luego es para darle la vuelta radicalmente a la sensación que nos produce la lectura del dramaturgo irlandés. Frente a la angustia que despierta Beckett, frente a esa piedad que sentimos por Didi y Gogo, los personajes de Farra nos dan ganas de salir del teatro cantando a la vida y dando gracias por, simplemente, vivir.

Esta idea de celebración de la vida, que creo poderosa y necesaria, aparece, sin embargo, fracturada en ciertos momentos. Fragmentos textuales que pretenden contener una densidad dramática; ¿tal vez para avivar más aún el fuego de la alegría del vivir? Sin embargo, no se acaba de lograr que esos momentos asuman para el espectador un verdadero y sentido dramatismo, sino que resultan forzados y colocados casi con calzador. Creo que aquí es cuando más se torna dañina la falta de argumento real… Si no hay historia, difícilmente vamos a empatizar con un personaje que, elevado sobre un arco circense, nos confiesa que no se siente feliz del todo. Para sentir piedad auténtica por él, para quererle en su desgracia, necesitamos ver la desgracia…

Por otro lado, en cuanto a la dirección de actores, predomina la frontalidad, las numerosas interacciones con el público, los gags de payasos, los tonos exaltados y exagerados… En definitiva, se compone ante el espectador esa compañía que circula entre el Siglo de Oro y la actualidad; que es divertida y arma jaleo.

Podría decirse que, en la teoría, los actores rompen la cuarta pared. Pero, sin embargo, su ruptura no provoca el efecto que tiene en otros espectáculos de actuación naturalista… Esa sensación de asistir a un drama o una comedia que tiene su vida propia, que construye un entorno y que, de pronto, impositivamente, sale de allí para hacer referencia a un lugar y un tiempo, el actual, que parecen quedarle muy lejos. En Farra, tal vez por esa temporalidad itinerante y ese juego de payasadas, no dejas de sentir qué estás en ese universo que los actores convocan. Así, la ruptura de la cuarta pared es y no es, porque por mucho que al espectador le digan que mueva los banderines, “¡que va a llegar el rey!”, o que le extiendan una larguísima cuerda para que, entre todos, logremos abrir el telón… A pesar de todo ello, nos sentimos igual que los niños en un espectáculo circense; la ilusión de la ficción no desaparece aunque nos interpelen. Tal vez, diríase que todo lo contrario, al nombrarnos, aún nos sentimos más participes de ese juego de payasos.

Tan solo logran romperla con efectividad en uno de los momentos finales cuando, después de un divertido número de esgrima, en una de esas escenas que aspiran a ser dramáticas, se dice que ojalá la guerra tan solo sucediese en los teatros, y se asegura que las espadas de la escena no pinchan. Aquí sí que logra con mayor efectividad romper esa pared y desilusionarnos por completo. Aquí, el espectador es arrojado por un momento del universo de Farra; ¿era mentira el juego?

¡Qué extraño empeño tiene la posmodernidad en deslucir al juego de la escena de auténtica verdad! ¡Qué empeño en desproveer a la ficción de su carácter de realidad! La escena es un juego muy serio… Y las espadas de Farra pinchaban para todos los espectadores, eran emocionantes, vivas… Hasta que se nos dice que no. ¡Ya sabemos que no! Pero jugamos a creerlo y, en el juego, concedemos un sí que es lo que aún nos queda de niños. En este momento, más que celebración de la vida, tornamos a ese existencialismo de Beckett y a esa amargura de la modernidad. El Siglo de Oro, su farsa, su juego, su pompa… ¡Todo se viene abajo! Todo cae por unos momentos con tan pocas palabras… Así de sutil es el arte de la escena. ¿Tal vez era esta la intención del director en su juego de dos temporalidades que se conjugan?

En cuanto a la dirección de escena, creo que se atiende muy debidamente a los detalles, al modo en el que unas acciones se ligan con otras y al modo en que los objetos circulan con precisión por el escenario, componiendo esa escena divertida de cómicos del Siglo de Oro.

Cabe destacar la labor de Javier Cárcel Hidalgo; ayudante de dirección de Farra. Esta función, que fácilmente se pasa por alto y se considera muy menor, creo que ha supuesto en este montaje un punto esencial para que acabe componiéndose un resultado con un ritmo tan ágil y tan alegre como ha logrado obtener Farra. Primero, porque el director Lucas Escobedo es actor del montaje y, por tanto, no puede atender como un observador a la obra. Y, segundo, por la trayectoria de Javier Cárcel y su modo de trabajar. Él perteneció durante cerca de siete años al Workcenter of Jerzy Grotowski and Thomas Richards. Este grupo, que estaba bajo la dirección de Thomas Richard; heredero del revolucionario trabajo de Grotowski, se asentaba en Pontedera (Italia). Desde allí impartían formaciones actorales y realizaban montajes teatrales guiados, siempre, por el trabajo con el canto y la atención al trabajo energético del actor. En el 2019 vinieron a Valencia dos de los montajes del Workcenter: Sin Fronteras y Gravedad. Javier Cárcel deja parte de su intenso trabajo en Pontedera en este montaje de Farra; y eso se hace visible en el ritmo trepidante de la escena, en la energía que emanan los actores y que captura por completo la atención del espectador, y en la búsqueda del gozo de vivir a través del arte.

Así, hemos de señalar que los actores derrochan energía y están al servicio de una estética, no tan naturalista, sino, más bien, farsesca, espontánea, exagerada… Aunque no por ello pierden organicidad en la interpretación. Dentro de ellos, cabe destacar a Raquel Molano, a Paula Lloret y a Lucas Escobedo, por su fuerza escénica y su presencia actoral; a Alfonso Rodríguez por esa expresividad corporal y gestual tan llamativa, que queda en el recuerdo; a Irene Coloma por la delicadez de sus maneras; y a Jesús Irimia (Xuspi) por su desparpajo en escena, muy necesario en una obra como esta.

En el programa de mano distinguimos que la Compañía Lucas Escobedo ha contado con el asesoramiento de palabra del conocido actor y director Ernesto Arias. También con la asesoría de movimiento de Mar Navarro, quien tiene una escuela de formación actoral en Madrid que sigue la técnica Lecoq, y en la que se ha formado el mismo Lucas Escobedo. Además, han contado con Jesús Esperanza para las escenas que incluían luchas de esgrima. Es decir, el resultado de “Farra” es la labor de muchos y revela, sin duda, un profundo amor por el teatro.

Cabe destacar la labor de la composición musical de Raquel Molano; sin duda, las canciones eran el alma del espectáculo. Sin la música, las cosas perderían, creo, la mitad de su brillo. Las canciones imponían un ritmo dinámico y avivaban el fuego de la escena. Por otro lado, la escenografía, que corría a cargo de Xavier Erra, es sin duda bella. En la escena aparece un piano y una batería, además de unos módulos que se componen para configurar cosas diversas: unas escaleras, una plataforma, etc. Aunque, lo más llamativo es toda una pared de farolillos, muy parecidos a los que aparecen a los lados de la escena, que en algún momento de la representación baja del techo.

Así, en el aspecto formal se combinan también las dos temporalidades: elementos sencillos como cuerdas, una vela, instrumentos musicales, los módulos cambiantes… Se entremezclan con elementos más grandiosos y actuales, como esa pared de farolillos (elementos sencillos en principio), que desciende del cielo mágicamente, o la gran batería. El vestuario ha sido realizado por Ana Llena y Soledad Seseña, y sigue la dramaturgia al combinar, en sus detalles, el Siglo de Oro con la actualidad.

En definitiva, el espectáculo de Farra, de la compañía Lucas Escobedo, es una invitación a la celebración de la vida. Pero, no a una celebración que es mera entrega a placeres sensuales, sino a un divertimento que pasa por el reconocimiento del valor y la belleza de cada instante. A esta idea sirve casi la totalidad del espectáculo, componiendo una obra que incita a salir del teatro en un estado de alegría colectiva. Tanto mi compañera del banderín (que efectivamente me lo dejó), como el hombre malhumorado de al lado, como yo misma, salimos de allí sonrientes, tarareando canciones de Farra.

29 de noviembre al 8 de diciembre de 2024, Teatre Principal de València

Intérpretes: Alfonso Rodríguez, Irene Coloma, Jesús Irimia (Xuspi), Lucas Escobedo, Paula Lloret y Raquel Molano; Dirección: Lucas Escobedo; Dirección y composición musical: Raquel Molano; Dramaturgia: María Díaz y Lucas Escobedo; Iluminación: Manolo Ramírez; Escenografía: Xavier Erra; Ayudante escenografía: Amalia Elortza Izagirre; Vestuario: Ana Llena y Soledad Seseña; Sonido: Óscar Guzmán; Asesor de palabra: Ernesto Arias; Asesora de movimiento: Mar Navarro; Esgrima y lucha escénica: Jesús Esperanza; Ayudante de dirección: Javier Cárcel Hidalgo-Saavedra; Ayudante de producción: Beatriu Llibertat; Producción ejecutiva y distribución: Amadeo Vañó – Cámara Blanca; Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico y Compañía Lucas Escobedo; Colaboran: Institut Valencià de Cultura – D. A. Arts Escèniques; Escalante – Teatres de la Diputació de València; Teatro del Bosque – Ayuntamiento de Móstoles

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