La palabra rota en escena: «Cortázar en juego», de Natalia Menéndez, José Sanchis Sinisterra y Clara Sanchis

Eva Patiño Ferrer.

Como un viejo conocido, como un amigo querido cuyo encuentro fortuito es siempre gratificante, Julio Cortázar subió a las tablas del Teatre Principal de València de la mano de Entrecajas Producciones Teatrales con su propuesta Cortázar en juego, representada los días 23 y 24 de noviembre de 2024. Bajo la dirección de Natalia Menéndez y la dramaturgia de José Sanchis Sinisterra y Clara Sanchis, Pablo Rivero y la misma dramaturga ejecutan un espectáculo de 80 minutos que se completa con la escenografía de Mónica Boromello, la música de Mariano Marín, la iluminación de Pilar Valdelvira y el vestuario de Laura Ferrón.

Como el homenaje teatral que pretende ser, «Cortázar en juego» toma algunos de los textos originales del autor argentino para articular una travesía literaria por su pluma, que adquiere vida sobre las tablas y abandona la abstracción de la escritura. Los relatos se suceden unos sobre otros, encajados como muñecas rusas, siguiendo una estructura circular que equilibra el espectáculo y permite reconocer cierta coherencia entre el inicio y el final de la obra. Adiós, Robinson, texto que encabeza la selección, también cierra el espectáculo y, entre ambos polos, se van incorporando otros relatos mientras se pausa el desarrollo de la trama que enmarca el conjunto. De esa manera, Robinson y Viernes regresan a Juan Fernández, pero también se dibuja un Graffiti y una Rayuela en una Casa tomada o se le ofrecen Instrucciones para llorar a aquel que las necesite. La genialidad del montaje resuelve la gran dificultad de unificar diégesis heterogéneas fundamentadas, en muchos casos, en una irracionalidad hechizante y un lenguaje imposible; rasgos distintivos del estilo cortazariano, que el público pudo reconocer sobre las tablas del Principal. Además, el espectáculo se completa con música e iluminación dirigidas a incitar los sentidos, que suplen la ausencia de racionalidad. Así como la sugerente melodía del tango y la calidez de los tonos anaranjados invitan a evocar un mundo de sensualidad, la oscuridad en escena introduce el relato desnudo y, desprovistas de todo estímulo, las palabras se convierten en teatro.

El título del espectáculo condensa con acierto la propuesta dramática de los Sanchis. Cortázar en juego es una lectura arriesgada del autor argentino, no desde la materialidad de las páginas de un volumen, sino desde la corporeidad de la escenificación. El juego del que los espectadores forman parte es una experimentación lúdica, dinámica y personal; una apropiación de la literatura cortazariana para lograr representar la belleza de la palabra llevada al extremo. En esa pretensión nada inocente, Cortázar en juego se pone en marcha con el escenario vacío y la lectura de un breve fragmento por parte de una voz en off que, bajo la luz cenital, introduce un relato que contiene el propio relato. Posteriormente, se produce una salida atrevida que provocó cierta confusión entre el patio de butacas: dos locutores radiofónicos atraviesan la platea conversando con el público, convertido el espectáculo teatral en un programa de radio. La ruptura de la cuarta pared ya anuncia el ritmo sugestivo de la representación y los guiños metaliterarios que conforman gran parte de la propuesta. La premisa del teatro dentro del teatro, como el relato dentro del relato, es una fórmula que se adivina en numerosas ocasiones, puesto que es, al fin y al cabo, la esencia de la composición dramática y son las citas directas del texto cortazariano las que introducen una dimensión literaria explícita. En ese sentido, a pesar de que la lectura directa de Cortázar favorece la fidelidad literaria del espectáculo, considero que es un recurso excesivamente cómodo para escenificar la pluma del argentino. La cita explícita, aunque bella sonoramente, rompe ligeramente la uniformidad en la naturaleza de los estímulos para introducir fragmentos que pueden contribuir a la confusión del espectador, puesto que no cuentan con la concreción de la escenificación. Además, se salvaguarda la dificultad de la puesta en escena empleando un método poco atractivo visualmente que sustituye a la corporeidad e incorpora una «lectura» de Cortázar decepcionantemente familiar.

No obstante, la interpretación de Sanchis y Rivero cubrió las expectativas de aquellos admiradores de Cortázar que deseábamos ver su literatura hecha teatro. Aunque la imposibilidad del lenguaje cortazariano parece anclar los textos como irrepresentables, el elenco supo asumir como suyo el glíglico y llevar a cabo una representación teñida por la musicalidad y la provocación. El capítulo 68 de Rayuela fue buena muestra de sus destrezas interpretativas y su prodigiosa memoria. Los actores, en una tarea titánica de retención, supieron aprovechar la genialidad lingüística de la composición para orientar la lectura hacia el erotismo mediante un lenguaje corporal sugestivo y una enunciación sensual. Por su parte, la de Clara Sanchis fue una lección magistral del dominio de la palabra y de la escena en la interpretación de «Lucas, su arte nuevo de pronunciar conferencias». La también dramaturga ejecutó una disertación magnífica cuya vivacidad y énfasis sobre lo absurdo logró provocar carcajadas entre la platea, por lo que, sumada al ingenioso texto de Cortázar, su maestría se hizo patente sobre las tablas y elevó la descripción de una mesa a lo verdaderamente hilarante. Con todo ello, la actuación de Rivero y Sanchis dotó la composición de frescura y dinamismo, unidos por el tango y la belleza de un lenguaje roto, que supieron asumir para volverlo literatura viva.

Por otra parte, la fragmentariedad narrativa de la composición, construida sobre relatos yuxtapuestos, exige una variabilidad que solamente puede obtenerse a través de una escenografía versátil y flexible. En ese sentido, el trabajo de Boromello responde a las necesidades escénicas y contribuye a la articulación de una propuesta basada en la imposibilidad de lo irracional. Una serie de piezas irregulares de cartón, unidas como un conglomerado de tablones, forman el espacio múltiple donde se escenifica desde una cabina de aeroplano hasta una calle o el interior de una casa. Cada pieza del conjunto presenta diferentes texturas y alturas, incluso dos planchas se decoran con patrones geométricos de los que sobresale un juego de chaqueta y sombrero, y ello contribuye a la sensación de ludismo y simultaneidad ligeramente onírica. Además, el conjunto cuenta con huecos vacíos que dejan ver los rostros iluminados del elenco al asomarse por detrás del decorado, así como objetos que cuelgan, como los auriculares de un teléfono antiguo, que se emplean en determinadas escenas. Aunque aparentemente sencilla, la escenografía responde a las exigencias de la representación y acoge la totalidad de las escenas sin ningún cambio de decorado. En caso de alguna necesidad adicional, son los propios actores los que recolocan objetos o incorporan otros nuevos, como en la representación de la Casa tomada, donde van colocando cintas de balizamiento que restringen progresivamente el espacio.

A su vez, el vestuario de Laura Ferrón ubica la corporeidad del elenco en un mundo cuya lógica encierra un enigma; una realidad que no se ajusta a los parámetros de la sensibilidad racional. Los trajes se componen de piezas fragmentadas y estampados coloridos que se funden sin razón en colores lisos o son conjuntos extravagantes de piezas que no se corresponden en textura ni en color. De esa manera, la indumentaria de los actores responde también a las leyes de un mundo cortazariano donde impera la ausencia de certezas. Asimismo, la iluminación y el espacio sonoro, de Valdelvira y Marín, respectivamente, orientan la imaginación en su deriva por la marea de la irracionalidad. Al tiempo que embriagan los sentidos de estímulos evocativos, también funcionan como focalizadores que anclan la mirada en el espacio donde se produce la acción. Sobre los cuerpos del elenco, contribuyen a la creación de atmósferas de fantasía que elevan la gestualidad con la atracción de lo indescifrable.

Como el mecanismo de un reloj antiguo o un rompecabezas de mil piezas, Cortázar en juego se sustenta sobre diferentes estrategias que, unidas entre sí bajo una dirección acertada, conforman una lectura personal y arriesgada del autor argentino. No obstante, si bien es cierto que realizar un homenaje nunca es fácil, la tarea se complica si el homenajeado posee una pluma distintiva y es uno de los autores más leídos de la contemporaneidad. Dichas dificultades condicionaron, tal vez, la acogida entre el público, que fue diversa y se tradujo en recepciones dispares. Por una parte, quizá la producción no cumplió con las expectativas de la platea, que esperaba una lectura más libre, y pecó en demasía de la seguridad que ofrece el anclaje textual. Quizá, por otra parte, para un lector desconocedor del estilo del argentino pudo ser confusa la representación de algunos pasajes que, como pinceladas, pudieron ser en exceso indescifrables. Aunque creo que «Cortázar en juego» puede ser una buena carta de presentación de la literatura del argentino, sí que es cierto que la fragmentariedad y la cadencia rítmica de la obra pueden abrumar a un lector poco o nada familiarizado con su estilo complejo.

Así, como ocurre con un desconocido, el mero encuentro fortuito no es suficiente para reparar en su identidad, que ignoramos por indiferencia y asumimos como ajena a nuestro interés. En cambio, un viejo conocido siempre reconforta con el calor de la amistad y, personalmente, sobre las tablas del Principal pude reconocer la unicidad del autor entre gestos y sombras, luces y tango. Cortázar en juego me permitió reconocer una figura familiar y emocionarme al volver a escuchar la voz de un amigo querido, que me contaba nuevas historias y recordaba antiguas memorias. Por esa razón, considero que el espectáculo, en una tarea nada inocente, logra escenificar con acierto la literatura cortazariana y ofrece una lectura lúdica, fiel y refrescante de Julio Cortázar. En síntesis, Cortázar en juego es una propuesta entretenida y personal sin caer en la extravagancia que supone un homenaje ineludible para los admiradores de Cortázar y de su icónica pluma.

Teatre Principal de València, 23 y 24 de noviembre de 2024

Intérpretes: Pablo Rivero, Clara Sanchis; Textos originales: Julio Cortázar; Dramaturgia: José Sanchis Sinisterra y Clara Sanchis
Dirección: Natalia Menéndez; Escenografía: Mónica Boromello; Música y espacio sonoro: Mariano Marín; Iluminación: Pilar Valdelvira; Vestuario:  Laura Ferrón; Ayudante de dirección: Valle del Saz; Producción ejecutiva: Chusa Martín; Jefe de prensa: Nico García; Producción: Entrecajas Producciones Teatrales

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