Una casa de la postguerra: «Nada», de Carmen Laforet, Joan Yago y Beatriz Jaén

Sara Sánchez Nistal.

Nada de Carmen Laforet es una de las obras más leídas de la literatura española, ¿cómo trasladar esta novela al teatro? Y más aún, ¿cómo hacerlo sin morir en el intento? Quizá esta es una de las cuestiones que se plantearon Joan Yago y Beatriz Jaén cuando comenzaron a trabajar con ella. Una obra ubicada en la Barcelona de la posguerra, pero que trata temas tan actuales que encaja perfectamente con la cartelera teatral del 2024. Concretamente, y con motivo del cumplimiento del 80º aniversario del Premio Nadal, el teatro María Guerrero rinde homenaje a esta pionera y célebre obra, un clásico literario adaptado por primera vez a un teatro y que ya desde el cartel nos introduce en el universo de Laforet y nos hace preguntarnos “¿qué se hereda con la juventud?”, o quizá más concretamente: ¿acaso todo lo familiar se hereda?

La obra comienza con una maleta en el centro del escenario, iluminada por un foco. El espectador ya sabe que comenzamos con el viaje de Andrea hacia Barcelona, concretamente hacia la familia que la espera en la calle Aribau. Ahí, y en segundo plano tras una tela ligeramente traslúcida, se deja intuir el caos familiar en el que está a punto de adentrarse. La obra terminará también con ese símbolo, también con un viaje: a modo de estructura cíclica, Andrea se marchará con su maleta, pero esta vez lejos de esa casa, lejos de esa familia y lejos de Barcelona.

No hay duda de que la representación es completamente fiel al texto: aproximadamente unas tres horas de duración en las que Andrea (representada por Júlia Roch) a través de un monólogo con el público, adapta al teatro la obra literaria, narrando todos los hechos y descripciones con sumo detalle. Tal es la fidelidad al texto que pareciera que estamos ante una narración en voz alta, como si de un audiolibro se tratase. Lo que se podría interpretar como una fidelidad completa a la obra escrita es, sin embargo y al mismo tiempo, el mayor inconveniente. La descripción es absoluta: los gestos de los personajes que ya observamos (“Con un gesto muy rápido se me lanzó al cuello. Era un abrazo”); lo elementos que no aparecen en escena pero que apreciamos igualmente (“un perro ladra ruidosamente”); los diálogos introducimos repetidamente por “dijo”; o las detalladísimas descripciones de la calles y edificios de la Barcelona de los años de posguerra, acaban volviéndose evidentes y redundantes. Todo ello dificulta la inmersión del espectador en la trama, no sólo por su duración, sino porque se ve constantemente interrumpido por apuntes que apenas aportan una diferencia en el significado de la obra dramática, dejando apenas espacio para la libre interpretación.

Estas redundancias no se reconocen únicamente en la narración por parte de Andrea sino en las tensiones que se establecen entre los personajes. La violencia, que sobrevuela todos los aspectos de la trama, se vuelve aquí especialmente latente, quizá incluso demasiado. En un intento por retratar ese drama familiar, en muchas ocasiones el carácter violento de Juan, la tensión con su pareja Gloria o las peleas con su hermana Angustias, se tornan demasiado explícitas y quizá, hasta cierto punto, un poco excesivas. Todo se acaba dirigiendo hacia a la violencia física, quedando poco espacio para la violencia psicológica o, incluso, simbólica.

Lo que sí parece sutil y tremendamente perturbador es el universo que gira en torno al personaje de Román. Una superioridad que se ve representada perfectamente a través del espacio, pues, como ya sabemos, su habitación se sitúa en la buhardilla de un segundo piso, encima del resto de la casa, en un intento por retratar de forma simbólica la superioridad con respecto de los demás personajes de la familia: los observa siempre desde arriba, moviendo los hilos de la trama a su antojo.

En este sentido la escenografía también es completamente acertada: sobre el escenario encontramos representado un espacio familiar asfixiante y caótico, una familia inserta en la locura y la violencia más absoluta, pero también en la desesperación y la necesidad que azotaba a muchas familias de la época. Como espectadores nos adentramos ya desde el primer momento en una casa de la posguerra, muchos muebles y poco espacio, muchos personajes y pocas habitaciones, mucho ruido y poco silencio. Toda la decoración de época (la máquina de coser, un piano, y otros elementos que acaban sorprendiendo al espectador) construyen el espacio interior, cerrado y oscuro; pero al mismo tiempo este es lo bastante versátil como para llevarnos también los espacios externos: las excursiones a la playa, los encuentros en la universidad, los paseos por Barcelona. Sumado a esto, el vestuario intacto y acorde a cada personaje nos permite transportamos inevitablemente al ambiente de los años 40.

Sin embargo, lo que toma especial peso en escena no es únicamente la representación de un contexto histórico trágico, sino concretamente la crisis existencial y vital que atraviesa Andrea, condenada a no poder escapar de ese ambiente familiar que la atrapa y la asfixia. Como contrapunto a tanta oscuridad y tragedia, el personaje de Ena (interpretado por Julia Rubio) aparece como un halo de luz y energía, un ente que sobrevuela por el teatro, no sólo por su ligera presencia, sino porque transforma las escenas llenándolas de luz, energía y música.

En ese sentido, reconocemos por qué la obra se adapta tan bien al contexto actual y por qué fue todo un adelanto a su época: a pesar de lo que la sociedad (y sobre todo su tía Angustias) espera de Andrea como mujer, en esta obra no encontramos una historia de amor, sino una historia de amistad: el vínculo que une a Andrea y a Ena es, precisamente, lo que permite que pueda escapar de esa casa. Si bien es cierto que podemos reconocer en varias ocasiones que la relación entre las dos chicas puede ir más allá de la amistad, de nuevo en escena las tensiones se vuelven demasiado evidentes, dejando poco espacio para la sutil tensión que puede percibirse en la obra escrita.

Sin embargo, un elemento que, sin duda, adquiere protagonismo en la representación es la música. Luis Miguel Cobo hace un trabajo excepcional aportando un valor especial y único a la escena, siendo uno de los elementos más hermosos de toda la obra: entre tanto monólogo, entre tantas palabras, la música surge, paradójicamente, dando paso al silencio, a la pausa, al descanso. El swing y los bailes nos introducen en el contexto de la clase más burguesa, pero especialmente la música en directo, que surge en las escenas más trágicas y oscuras de la clase baja, consigue combinar la belleza de la escena con el drama de una época. Justo en ese momento, cuando las palabras no llegan a representar la realidad, cuando Andrea deja el monólogo para dar paso al silencio, parece completamente acertado dejar que la música ocupe el espacio que las palabras no pueden.

En este sentido, queda más que clara la versatilidad de los actores, no sólo porque todos ellos (excepto Andrea, claro) representan más de un personaje, sino por su talento artístico: en cada uno de ellos reconocemos también cuerpos que bailan y voces que cantan. Todo ello provoca que la obra no acabe siendo no sólo la adaptación al teatro de una obra literaria, sino una obra artística en sí.

De todo el vértigo que puede producir asomarse al precipicio de llevar a escena por primera vez una obra tan conocida como es Nada, se podría decir que, si Carmen Laforet lo viera, estaría más que satisfecha. Sobre el escenario Andrea nos habla a todos, nos mira y nosotros la escuchamos, tan atentamente como ya la leímos años atrás. Quizá no hay mejor homenaje que este.

Teatro María Guerrero de Madrid, del 8 de noviembre al 22 de diciembre de 2024

De Carmen Laforet; Adaptación: Joan Yago; Dirección: Beatriz Jaén; Reparto: Carmen Barrantes (Angustias), Jordan Blasco (Iturdiaga /Jaime), Pau Escobar (Pons), Laura Ferrer (Gloria), Manuel Minaya (Juan), Amparo Pamplona (Abuela), Júlia Roch (Andrea), Julia Rubio (Ena), Andrea Soto (Antonia / Madre de Ena) y Peter Vives (Román); Escenografía: Pablo Menor Palomo; Iluminación: Enrique Chueca; Vestuario: Laura Cosar; Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo; Vídeo: Margo García; Coreografía: Natalia Fernandes; Ayudante de dirección: Romeo Urbano; Ayudante de escenografía: Alberto González Araujo; Ayudante de iluminación: Andrea Burgos; Ayudante de vestuario: Sara Lamadrid; Diseño de cartel: Emilio Lorente; Fotografía y tráiler: Bárbara Sánchez Palomero; Realización de escenografía: READEST; Sombrerera plumista: Henar Iglesias; Moda técnica: Marucha G. Mateos; Confección: Raquel Bermúdez; Producción: Centro Dramático Nacional

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