Desapariciones: «El problema de los sombreros», de Aurelio Delgado.

Pablo Roig Rubio.

El problema de los sombreros es una obra de teatro dirigida y escrita por Aurelio Delgado, fundador de Carme Teatre. Como intérpretes cuenta únicamente con la aparición de Domingo Chinchilla y Voro Cerdán, escenificando una obra que recuerda a la mítica Esperando a Godot, de Samuel Beckett, y es que el absurdo y el simbolismo están presentes de forma constante, a la vez que las reflexiones filosóficas de cariz existencialista abundan en el texto una vez entras en él a través de las potentes voces de los actores, que tienen una presencia y una cercanía que acompañan excelentemente la estructura, ya que el teatro cuenta con sólo un patio de butacas situado muy cerca del escenario, de forma que este dúo destaca visualmente desde cualquier asiento, dando la sensación de que el público puede casi tocarlos. Y no es esto casualidad, dado que la intimidad de las interpretaciones es destacable hasta ese punto. Eso sí, aunque muchas miradas de los actores se dirigen al público, no se rompe la cuarta pared en ningún momento, plasmando en escena lo que podría considerarse una intimidad actoral a la cual el público sólo puede acceder escondido.

El texto toca ciertos temas con los que cualquier persona de hoy en día podría sentirse identificada: la representación es una mirada a una conversación cotidiana entre dos hombres que se cuestionan lo que ocurre a su alrededor. Siguiendo con el recurso de la cercanía del público a los actores, es menester señalar que no hay telón, y que la obra empieza de súbito; sin previo aviso los actores comienzan la escena antes de que el público esté preparado. Esta forma tan directa de comenzar consigue llamar la atención del espectador, que sin esperarlo siquiera ya está viendo la función, involucrándolo en la trama desde el primer momento, sintiendo que se ha topado con la realidad de los personajes por pura casualidad.

Tras una insistencia quizá demasiado directa por parte de Voro Cerdán por que Domingo Chinchilla se siente en el banco, la historia comienza y nos presenta a dos hombres de los que en ningún momento se sabe el nombre: uno de ellos (Cerdán), un vagabundo que descansa en un parque, mientras que el otro, interpretado por Chinchilla, parece un hombre de negocios que espera a alguien y mira su reloj constantemente, aguardando con su semblante indescifrable y enfundado en un traje de perfecto negro, añadiendo sofisticación a su porte, mientras sostiene un maletín. Este segundo personaje dará pie a que el vagabundo sienta curiosidad por su persona, dado que por allí no suele pasar nadie (como él mismo aclara) y comienza a indagar: primero en su cometido y, más tarde, en su vida. El hombre de traje hará caso omiso en un principio, pero poco a poco entablarán lo que ellos mismos denominarán «amistad» y, si bien las escenas no muestran sino el mismo escenario, inmutable y minimalista, las profundas conversaciones darán cuenta de una cercanía que entre ambos van logrando hasta parecer que se conocen de siempre.

La obra invita a la reflexión y a seguir unos diálogos que, por tono de voz y lenguaje no verbal, se recalca el mundo interior de los personajes, habiendo entre ambos un enorme silencio dada la ausencia de música durante todo el tiempo dramático (a excepción de en los cambios de cuadro, pudiendo percibirse suaves canciones mientras la sala está en absoluta oscuridad) y una interpretación sobria y directa que sugieren una necesidad de comprensión y de soledad que saben transmitir muy bien en escena, haciendo que la obra adopte una solemnidad propia de los temas a tratar. Entre otros asuntos, los personajes conversan sobre el teatro —siendo uno de ellos un apasionado al mismo—, el sentido de la vida y algunos tópicos cotidianos como la familia.

En escena sólo hay un banco y es el elemento que empezará la primera conversación, aunque cuando la relación entre ambos personajes es más firme, el banco desaparece como si ya no hiciese falta y sólo quedarán ellos dos, así como se deduce en general del resto del mundo, ya que al parecer, los objetos materiales e inmateriales están desapareciendo y las conversaciones existenciales girarán no sólo en torno a la vida personal de los personajes, sino también a este peculiar contexto en el que se encuentran el vagabundo y al hombre trajeado, al que quizá los prejuicios nos llevan a verlo como alguien exitoso cuando más tarde esto se pone en cuestión de forma emotiva.

El personaje del vagabundo es interesante porque refleja la decadencia como hombre intelectual y sensible incapaz de adaptarse en esta sociedad, que da de lado a los que valoran más el arte y razonar que el dinero. Se nos expone un hombre que tiene sendos conocimientos artísticos y nombra a Vladimir y Estragón, personajes de Esperando a Godot en alusión a lo que les está ocurriendo a ellos mismos en la función, así como a Marlowe o a Scheherezade, demostrando tener una gran cultura, mientras que su compañero, un hombre que da la imagen de ser elegante y sofisticado, no entiende de qué habla.

No obstante, el hombre trajeado va mostrando interés por los razonamientos del vagabundo y por el teatro, incluso, dejando entrever que a pesar de que el otro no tiene dinero y se ve obligado a pedir para comer, es alguien válido e inteligente, pero que no se le tiene en cuenta porque la sociedad está preocupada por asuntos más egoístas. De esta manera, a medida que el hombre con el traje se implica emocionalmente con el vagabundo, durante el tercer acto se abre y parece que confiesa que ha perdido su trabajo, dejando entender que se está alejando del prototípico hombre sin escrúpulos que jamás consideraría tener en cuenta a un sintecho. La personalidad de cada personaje da fuerza a la del otro porque parecen antónimos y va habiendo un acercamiento paulatino entre lo que podría decir que son dos mundos distantes, acentuando la tragedia allá donde este acercamiento no ocurre e incluso aparenta cada vez un distanciamiento mayor. Es una metáfora muy lograda a través de la interpretación de ambos actores y que, más interesante todavía, se desenvuelve en un mundo enrarecido, onírico, sin un sentido aparente en el que, como llega a decir con sabiduría el vagabundo, sólo el absurdo puede contener la tragedia. La narrativa, de marcado carácter onírico, nunca muestra, sino que más bien sugiere; deja a la imaginación lo que cabe interpretar, y con las identidades de los personajes ocurre lo mismo, pues nunca son desveladas, y es que entran en un juego en el que las enmascaran con el pretexto de ser espías, una trama hilarante salida del personaje de Cerdán, que enrevesará la realidad hasta el absurdo, haciendo que sea difícil saber quiénes son realmente y sólo se puede conjeturar qué representan.

Con el apesadumbrado avance de la visión trágica de la vida que nos plantean los protagonistas, se entrelazan también algunos hechos que denotan la decadencia existencialista de la obra, pues las interpretaciones y los sucesos que narran del día anterior cada vez que se encuentran dan cuenta de ello, como así lo hacen las desapariciones de las que son testigos los personajes. Estas desapariciones son el símbolo de la decadencia de su entorno: desaparecen calles; edificios enteros; el banco, único elemento en el escenario, hasta que todo a su alrededor parece desvanecerse finalmente, incluso los recuerdos y el propio tiempo. A pesar de ser un concepto que podría funcionar en la teoría, a mi parecer no está del todo bien ejecutado desde el propio guion, pues las desapariciones surgen como una subtrama a la que se le podría haber dado más fuerza en lugar de ser una excusa menor para crear este simbolismo tan coherente.

Por otra parte, Cerdán ha interpretado a un personaje difícil en comparación con Chinchilla; y, aunque no lo lleva nada mal, es notable que la necesidad constante que exige el papel de saber cambiar de un registro más humorístico a otro con mayor seriedad se ha notado en ocasiones de forma negativa, pues no siempre transmitía los sentimientos correctos con la postura, los gestos o la voz. Mientras, El hombre del traje es un personaje que se deja llevar por los impulsos del otro, de manera que es más fácil para Chinchilla conservar esa pasividad, que le lleva desde la seriedad hasta la curiosidad, a veces incluso divertida, sin comprometer su puesta en escena.

En cuanto al vestuario, el traje de Chinchilla le queda espectacularmente, siendo que a cada movimiento puede observarse el detalle de un centímetro aproximadamente de manga de la camisa por debajo de la americana, tal y como tiene que ocurrir según el protocolo, así como también respeta el abrochar sólo el botón superior de la chaqueta y no el segundo. El maletín posee unas dimensiones adecuadas y proporciona interés a su estilo. Además, los zapatos son de un brillante llamativo y el conjunto está ligeramente entallado, siendo formal al mismo tiempo que denota contemporaneidad, pues se intuye que la obra transcurre en la actualidad, aunque se deduce de las conversaciones y no se explicita. Todo ello, con su característico largo pelo rizado y cano recogido con una coleta, da la imagen de un hombre exitoso y ocupado que tiene que hacer algo importante esperando a esa persona misteriosa de la cual se sabe tan poco como de este personaje.

La ropa de Cerdán también es apropiada con respecto al papel que interpreta: como vagabundo, su atuendo lo conforman un chándal y unas zapatillas sucias enmarronadas. Denotando su falta de posibilidades de aseo personal, podemos ver un pelo alborotado y blanquecino, al igual que su barba, dejada crecer durante unas semanas.

La iluminación y el decorado no son destacables, pero esto se debe a su intención funcional y muy comedida, centrándose fundamentalmente en los cuerpos de los actores y en el diálogo, como ámbito desde el que trabajar mejor una obra de rasgos introspectivos y filosóficos. Los diálogos, a pesar del contenido, no se hacen densos y se han sabido espaciar con la acción, demostrando gran habilidad para llevar los tiempos de cada escena; quizá algunas pecan de innecesarias, pero no es un defecto acusado y la historia se desenvuelve con considerable naturalidad.

El final ha sido correcto desde un punto de vista textual, pero para mi gusto se queda en escena a mitad, haciéndome sentir que no ha habido un desenlace y esperaba realmente un clímax más preparado y no tan abrupto. Es un final, como se pretende durante toda la obra, confuso, en el que se puede entender que el mundo se ha acabado, no sin antes unir a estos dos personajes presumiblemente antagónicos, ahora igualados, que miran desde la aceptación todo ese caos. Es un cierre esperanzador, al mismo tiempo que la constante huella del teatro del absurdo pone de manifiesto la dureza de enfrentase a las muchas incógnitas libres de interpretación para el público. De esta forma, con una propuesta sosegada y acogedora, Aurelio Delgado ha dado voz a una problemática como es la incomprensión del mundo, la falta de sentido de la vida y de cómo cada uno establece una idea acerca de esta, pero que parece desaparecer a medida que se avanza, mostrando memorablemente en escena lo preocupante que resulta para los personajes el no saber y encontrarse en medio de un todo a lo que, bien pensado, no tiene ni tendrá más sentido que el que le queramos dar.

Carme Teatre, del 28 de noviembre al 8 de diciembre de 2024.

Texto y Dirección: Aurelio Delgado; Intérpretes Domingo Chinchilla y Voro Cerdán.

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