Islas interiores: «Plenamar», de Begoña Tena

Pedro Moreno Lozano.

Plenamar constituye una ambiciosa y atractiva apuesta dramatúrgica de autor —en este caso, autora— dentro del panorama de la escena actual de la Comunitat Valenciana. De entrada, reunir en una producción no estrictamente comercial, seis intérpretes —siete contando la interpretación musical en directo— más la nutrida producción de vídeo, iluminación, escenografía, etc. (apreciable en la ficha técnica), no deja de ser un valiente reto en los tiempos que corren, solo posible contando con el apoyo del IVC.

La interesante propuesta escénica funciona a la perfección como metáfora global en la que convergen todos los elementos. Urdida y mostrada mediante la utilización de planos simultáneos de profundidad, los personajes aparecen y desaparecen junto con el resto de elementos, sutilmente y en hábil sintonía con el texto, tanto mediante los diálogos como a través del juego de entradas y salidas. Se desarrolla así un ajustado carrusel de escenas que se suceden e incluso, por momentos, se solapan, formando un crisol de experiencias humanas que se funden entre sí, utilizando como catalizador la búsqueda de una plenitud vital esquiva en la sociedad.

La trama, en clave de sororidad femenina, se basa en la búsqueda de la identidad a través del camino interior. Narra la llegada de una joven artista a la comunidad de retiro creativo para mujeres, situada en la vieja ermita del islote, creada por Amanda, una mecenas editora y Adela, su inseparable amiga de la juventud, encargada de la intendencia. La norma para ingresar es renunciar al pasado, pero el objetivo oculto de la joven es, precisamente, encontrar solución al enigma de su pasado; la excusa, filmar un documental sobre la última ermitaña que vivió en la isla. Allí conocerá a una catedrática de conservatorio que, además de encargarse de tocar el clave de la ermita, está escribiendo una novela sobre la compositora Wanda Landowska, un encargo de Amanda que no llegará a buen fin. Los otros dos personajes son: una humilde pastora capaz de comunicarse con Margarita —el fantasma de la última ermitaña—, que se enamorará perdidamente de la catedrática y quiere iniciar su educación adulta para poder vivir una relación plena con ella; y el farero, solitario hombre de mar y último representante de una familia de fareros, único hombre del reparto, que finalmente descubriremos que también vive un romance secreto. Todos estas líneas narrativas se entreveran formando un racimo de experiencias humanas que se acabarán fundiendo en un crisol de vivencias y recuerdos, a veces conflictivos, pero que acabarán dejando la puerta abierta a un futuro mejor.

El espacio escénico conjuga diferentes planos presentes, latentes y virtuales recurriendo a la iluminación, la transparencia y el vídeo. El decorado físico, elemental, casi minimalista, lo conforman dos volúmenes: en el de la izquierda se aprecia una biblioteca y un antiguo clavecín; el de la derecha se presenta una elevación rocosa sobria y agreste.

Se representan así dos islotes unidos por un tómbolo transitable únicamente con marea baja; el primero se entiende habitado por la comunidad y el otro figura un montículo que cumple como montaña y jardín, en el que se intuye un antiguo faro, que en realidad será un espacio latente, ya que en ningún momento llega a aparecer en escena.

La cuarta pared es el paisaje que se avista desde la isla, el mar, pero también, a lo lejos, el pueblo, la civilización. Este conjunto de espacios servirá de base a la gran metáfora dramatúrgica.

El espacio sonoro es inseparable de la narración. La música, perfectamente integrada, adquiere especial relevancia por la interpretación en directo, comienza a sonar desde el primer instante y acaba siendo un personaje más. Gracias a una certera, a la par que espectral iluminación, se muestra una especie de altar musical. Es uno de los planos de profundidad que emerge cada vez que se oye, pero al dejar de sonar, se desvanece en su propio silencio.

Opera como banda sonora de la isla, armonizando la voz humana —casi como nostálgico canto de sirena— con sonidos emitidos desde el órgano electrónico: sonidos clásicos de clave, órgano y sintetizadores de bajas frecuencias que logran así, hacer sonar la música que la compositora lleva en su cabeza o ejecuta desde la ermita; pero también, combinados con sonidos naturales de campanas tubulares y percusión sinfónica, consiguen, desde ambientar la tormenta o ser la representación diegética de la campana y el timbre de la comunidad, hasta convertirse en la imagen sonora de los pensamientos y las sensaciones de los personajes.

Otro agente fundamental es el vídeo, tercer plano escénico narrativo de fabulosa potencia que se apodera de la escena mediante la proyección de imágenes en blanco y negro y añeja textura de Super-8 a escala gigantesca en relación a las actrices. Son, fundamentalmente, primeros planos de los propios personajes, fragmentos del documental que, según van narrando su historia, dan a conocer al público detalles de las protagonistas, ayudando así a entender sus misterios, sus miedos, su modo de actuar, y, en definitiva, a comprenderlas mejor. La irrupción de imágenes de un documental que todavía se está filmando, fragmenta la linealidad temporal de la narración. El efecto de los tres planos narrativos simultáneos mediante el tul transparente resulta especialmente expresivo y sobrecogedor.

El resto de elementos, presentes o latentes en la escena, son confusos; todas sus acciones son también metáfora de la vida interior de los protagonistas, con sus miedos, sus lazos, sus trampas y, al fin y al cabo, sus ilusiones. Así, la niebla esconde, la tormenta agita, la civilización amenaza, mientras el mar ensordece, aturde, asusta, pero finalmente se abre a la esperanza.

La representación del mar y sus mareas se lleva a cabo con otro poderoso artefacto pertrechado a base de velas que las actrices enganchan y desenganchan de cabos marinos colgantes que descienden del telar.

El ritmo de la obra, muy vinculado a la atmosfera sonora y musical, es adecuado a la progresión de la acción y el desarrollo del argumento. En una lectura en clave metafórica, como el mar de la isla, se muestra suavemente cadencioso en los momentos de misterio; tranquilo y sugerente para la seducción y los amores; enérgico y violento en el conflicto; y alegremente brillante en la apertura final.

Especialmente destacable también es el clímax de la tormenta, muy impactante escénicamente por el despliegue de medios. Las velas se extienden al vuelo junto con la explosión estroboscópica de luz y de humo, con todo el elenco actoral en frenética actividad y la ambientación sonora acorde al estrépito.

Respecto al texto dramático, conocemos los detalles de su gestación por diferentes entrevistas concedidas por la autora, en las que ella misma relata y precisa la génesis del mismo. Referenciamos los enlaces al final de esta reseña, por encontrar sumamente interesante la forma de reflejar un mundo interior fértil e inquieto. Por mi parte, puedo decir que solo la naturalidad y sencillez del lenguaje logran redimir los picos excesivos de un texto insaciablemente trabado en contenidos debido, quizá, a la voluntad por parte de la dramaturga de abordar varios retos en un mismo envite. Por ello, casi en cada escena o conversación parecen abrirse nuevas cuestiones, todas ellas trascendentes y sensibles de ser tratadas en profundidad. Esto en sí mismo no sería un problema, a no ser por la prolijidad de asuntos planteados en una misma pieza.

Son abundantes reflexiones cruzadas entre dilemas como: la memoria y el olvido, por supuesto; la soledad y el acompañamiento, aparejado con la lealtad y el abandono; la libertad y la dependencia, enlazadas con el amor, vivido a la vez como angustia y como solución; el retiro como escondite o como refugio, junto con pertinencia de la huida y el regreso. Todo ello aparece explícito en los diálogos. Otros forman parte de la atmósfera de la pieza, por ejemplo, el mar como metáfora de peligros y de libertad, el misticismo silvestre franciscano o la ascesis solitaria; e incluso la espiritualidad, la vida más allá de la muerte y, por si fuera poco, el suicidio. Pero, además, aparecen diseminados temas adyacentes al milenarismo del fin del siglo XX, la dependencia a los teléfonos y en general a estar permanentemente comunicados; la inevitabilidad del progreso; las transformaciones del mundo laboral, la educación para adultos; el ecosistema, la explotación petrolífera, la conservación de las especies, la naturaleza y la civilización. En fin, honestamente y no es más que una opinión crítica, creo que no era necesario abarcar tanto y se podría haber prescindido de alguno de estos temas.

Sin embargo, esto, que podría haber causado una sensación de aglomeración y marabunta de difícil coherencia, queda mágicamente aligerado gracias a que la densidad y abundancia de contenidos del texto no se traduce en densidad formal. Con toda la obra íntegramente en valenciano, el lenguaje resulta espontáneo, natural, incluso familiar, sincero y libre de pedanterías forzadas. A ello hay que añadir una estupenda y eficaz dirección escénica, junto a la brillante interpretación actoral, llena de cercanía, naturalidad y ternura, no exenta de convenientes pinceladas de humor.

El resultado es una empatía cómplice con el público que se deja llevar hasta por los laberintos existenciales que se le van planteando. Finalmente, todas y cada una de las trampas en las que se veían envueltas las protagonistas se resuelven desde la libertad, el amor y la esperanza. Una pieza, en resumen, que deja muy bien sabor de boca y madura estupendamente en el recuerdo de esos entrañables personajes, mitad náufragos, mitad navegantes en su vibrante y conmovedor periplo vital.

Del 7 al 18 de mayo de 2025. Teatre Rialto de València

INTÉRPRETES: Carme Juan, Laura Useleti, Merce Tienda, Pau Gregori, Silvia Valero, Talia Bobany, Ana Sanahuja, Maria; AUTORÍA: Begoña Tena; DIRECCIÓN: Laia Porcar, Núria Vizcarro; COMPOSICIÓN MUSICAL: Versonautas (Ana Sanahuja i Roqui Albero); ESPACIO LUMÍNICO: Cube.bz _ Space and Lighting; ESPACIO ESCÉNICO: Anna Fonollosa; DISEÑO Y REALIZACIÓN DE VESTUARIO: Marian Varela; CARACTERIZACIÓN: Inma Fuentes VISUALES: Andreu Signes Pérez CARTEL: Marta Negre; MIRADA EXTERNA: Joan Manel Albinyana; AUXILIAR DE DIRECCIÓN: Carmen María Serrano; TRADUCTOR TEXTO Y LINGÜISTA: Albert Bellés; REALIZACIÓN ESCENOGRAFÍA: Imaginary Landscape MEDIACIÓN: Maribel Bayona, Anna Albaladejo; COORDINACIÓN TÉCNICA: Alfons Barreda, Carmen Huerta, Kike Ferrer PRODUCCIÓN EJECUTIVA: Esther Moreno; DIRECCIÓN ADJUNTA ARTES ESCÉNICAS IVC: María José Mora; PRODUCCIÓN: Institut Valencià de Cultura; AGRADECIMIENTOS: Raquel Asensio, Juan Francisco Fandos, Michel, Emilio, Joaquín, Simetría Grupo, Raquel Asensio, Juan Francisco Fandos, Michel, Emilio, Joaquín, Simetría Grupo, Ajuntament d’Almassora, Auditori Les Boqueres, al personal del Museu de Belles Arts, del Palau de Congresos de Castelló y Teatre Principal de Castelló.

NOTAS DE PRENSA:

Estreno de la obra de teatro Plenamar en el Teatro Rialto https://valenciaplaza.com/teatro-danza-valencia-comunitat-valenciana/plenamar-una- isla-para-las-misticas-ateas

Obra de teatro «Plenamar» en València

https://valencianews.es/cultura/el-institut-valencia-de-cultura-presenta-plenamar-una- obra-sobre-el-aislamiento-con-direccion-y-autoria-de-castello/ https://noticiasciudadanas.com/el-institut-valencia-de-cultura-estrena-plenamar/

Teatre Arniches ofrece este fin de semana ‘Plenamar’, última producción propia del IVC

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