Gloria Ayllón Muñoz.

Darío Tempori se dedica a la venta de panchos o perritos calientes en un restaurante ambulante que lleva de un extremo a otro de Buenos Aires. Pasa el día entre comandas, el traqueteo del carro, el humo de la parrilla y el alboroto de la ciudad. El escenario de la representación se limita al breve espacio que ocupa el puesto, además de una silla pequeña que siempre coloca al lado porque era la que su hija Sofi utilizaba para sentarse. Así, parece que la obra se limita a la escenificación de un relato autobiográfico, diríase que incluso a la mera exposición de la vida cotidiana de un trabajador cualquiera de Buenos Aires.
Leo de Bari, que interpreta a Darío, igual nos habla sobre su trabajo, sobre el interés que toma en examinar al cliente, que nos recita versos o prosa de Benedetti —el tipo es un panchero que encuentra tiempo para la lectura—. Sin embargo, su monólogo, que tiene lugar poco antes del inicio de la jornada laboral, y que funciona muy bien como plática casual, mantiene a la perfección las convenciones de un monólogo confesional. Aunque siempre he creído que explicarse es rendir cuentas ante uno mismo y ante el resto.
En ese sentido, la producción de Lagartera Teatre apuesta por la narración de tú a tú de un conflicto que el protagonista recuerda que ocurrió hace aproximadamente quince años, y que, por la disposición de los episodios biográficos, se trata subrepticiamente hasta casi alcanzar el término de la representación. Darío Tempori, al que sus amigos llamaban «Corto fierro», participó en una de esas peleas en círculo, propias de la juventud y del ambiente callejero de algunos barrios, en la que, cuando se vio a punto de asestarle una pedrada en la cabeza al que por aquel entonces era un buen amigo, se prometió no recurrir nunca más a la violencia. No cumplió su promesa.
De modo que lo que motiva la logorrea del Corto fierro es un conflicto y una pérdida. Así, se presenta al inicio, en medio de la oscuridad, como espectador de una escena de su infancia. En el subte, el pequeño Darío, sentado junto a su madre, observa con atención a los pasajeros del vagón y lleva en la mano unas cartulinas que entrega por un puñado de pesos. Crece en un barrio obrero de Buenos Aires y aprende a vivir en la precariedad. Esta primera escena funciona muy bien no sólo en su papel de situarnos en un determinado marco espacio-temporal —Leo de Bari está estupendo en la recreación de las voces de los vendedores ambulantes—, sino también como captatio benevolentiae. Entonces, la primera imagen de Darío es la de un niño marcado por la clase. Y esa imagen nos conmueve.
Estas tres escenas que describo tienen en común, además de su importancia en la construcción del discurso, que no sólo se relatan, sino que se representan. Darío a menudo utiliza la narración para contarnos algo de su pasado: la separación de su exmujer, que se marchó con un hombre de dinero que la llevó a Europa, o la solicitud de un préstamo para su carro ambulante. Solo en ocasiones recurre a la analepsis total. El diálogo con su hija, que llega tarde a casa y sólo puede decirle que le robaron el celular, es uno de esos episodios representados. Tiene importancia porque en el silencio de la niña y en la sensación agridulce que le invade a Darío flota algo que todavía desconocemos.
Descubrimos que, cinco días después de lo sucedido, Sofi le cuenta a su padre que se retrasó porque en el camino de la plaza a su casa un joven abusó de ella. La obra no incide demasiado en el hecho, tampoco en la denuncia o en la investigación de después, aunque deja claro que las autoridades se encuentran cómodas en una posición no beligerante: «Pero ¿cómo iba a consentir Sofi con trece años?». Ante la ausencia de la justicia, Darío decide enfrentarse al joven con un arma de fabricación casera. Conversando con un cliente, se entera de dónde vive el muchacho y decide presentarse; él también quiere darle una oportunidad para explicarse. El personaje se enfrenta a una situación similar a la que le da sobrenombre: tiene que decidirse por el diálogo o por la violencia. Tras un forcejeo y un paso en falso del joven, Darío le dispara por la espalda y se deshace de las pruebas.
La resolución del conflicto, que no es ni siquiera la partida de su hija hacia Europa para vivir con su madre, tras enterarse de que fue su padre quien mató al muchacho, se da con el final de la obra, cuando Darío entiende que Sofía no necesitaba que su padre actuara, sino que la acompañara. Esto último llevado a escena resulta algo acelerado. Una vez conocemos lo ocurrido, el panchero pone en marcha el carro, enciende las parrillas y deja que la confesión se pierda en el humo.
Lo cierto es que Corto fierro tiene una buena ejecución, pero adolece en el planteamiento. Su posición en contra de la violencia en un contexto de inseguridad al que aluden un par de veces, la escalada de violencia de género en 2010, es lícita, pero se limita a un par de gestos y frases vacuas que caen en la reflexión fácil. No aprovecha tampoco las herramientas de análisis que le ofrece el discurso de clase, convertidas en iconografía: un Mickey Mouse de cartón que su madre le regala en Navidad, un bote de salsa de aguacate con efectivo que guarda con recelo, o una referencia a los continuos apagones en el conurbano. En definitiva, una obra que queda reducida a un conjunto de imágenes reconocibles, algunas con fuerte vinculación a lo bonaerense, y a un conflicto tratado de forma simplista.
8 a 11 de mayo de 2025, Teatro Círculo
Texto e interpretación: Leo de Bari; Dirección: Laura Bellés; Diseño iluminación: Alejo Fanego; Fotografía: Jordi Pla; Diseño y construcción carro: David Durán; Canción final: Cecilia Cherro (voz) y Ariel Cherro (guitarra); Producción musical: Carlos García; Apoyo incondicional: Xavo Giménez.