Una experiencia inmersiva: «La mujer de negro», de Susan Hill, Stephen Mallatratt y Rebeca Valls

Naara Vergara.

En el Teatre Talia de Valencia se estrenó “La mujer de negro” el miércoles 21 de mayo en el estratégico horario de las 20:00. Aquel día obtuvo un muy buen debut, con prácticamente todas las butacas ocupadas, por un público mayormente de entre cincuenta y setenta años. La propuesta es la siguiente: la obra en cuestión es una adaptación, hecha por Stephen Mallatratt, de la novela homónima de Susan Hill –a la cual no se hará alusión, para un enfoque exclusivamente de la obra teatral–, la cual ha sido bastante popular en Europa desde su estreno en Inglaterra hace treinta y ocho años.

La trama se resume brevemente en un abogado –Arthur Kipps– que recibe la tarea de viajar a un remoto pueblo para buscar el testamento de una anciana aparentemente ermitaña, recién fallecida. En el pueblo no se habla de la anciana, todos actúan de forma extraña al oír su nombre; por ello Arthur se interesa en la vida de la anciana: tras días de sucesos paranormales en la casa de la difunta y luego de no encontrar su testamento lee unas cartas, donde descubre medianamente su historia. Luego de conversar con un pueblerino, él le confiesa todo el misterio: la anciana adoptó a su sobrino, pues su hermana había sido madre soltera. La madre biológica del niño enloqueció cuando su querido hijo –al cual le había costado dejar ir– falleció tras un accidente, enfermó y murió también.

Luego de dicha muerte, comenzó a aparecer en el pueblo su figura fantasmal, y cada vez que aquello sucedía un niño moría. Finalmente Arthur decide irse del lugar, y vive una vida normal: se casa y tiene un bebé, el cual fallece trágicamente en un parque de atracciones, al ir con su madre en una atracción. Arthur contrata a un actor/director de teatro para que le ayude a contar el suceso a su familia en un intento de librarse de aquello que tanto le pesa.

Siguiendo esta línea, la historia se aprecia desde este enfoque: el actor que Arthur contrata actúa su papel y Arthur actúa diversos papeles, de las distintas personas que acompañan a Arthur en las escenas. La obra se convierte entonces en un metateatro excelente, principalmente en el inicio: donde quien llegase al teatro sin saber nada acerca de la obra realmente llegaría a pensar que es un ensayo y la obra aún no ha comenzado.

Los dos actores que encarnan a Arthur y al Actor son Diego Braguinsky y Jordi Ballester, respectivamente. Ambos realizan una actuación impecable, considerando la dificultad extra que le otorga el metateatro: la diégesis vendría a ser el presente (el ensayo de la obra) y la metadiégesis aquel relato de los hechos ocurridos en el pasado (la obra). Esta estructura otorga al espectador un dinamismo muy enriquecedor, además de profundidad y complejidad a los personajes; lo cual hace que una obra de prácticamente dos personajes no se vuelva aburrida en ningún momento: pues realmente parecía que se estuviese viendo a diez personas diferentes y no solo a dos.

En cuanto a la puesta en escena, la escenografía es auténticamente brillante. El escenario estaba dividido en dos partes por un telón intermedio semitransparente, el cual funcionaba como un separador de espacios físicos en la metadiégesis. Así, entre diégesis y metadiégesis cambia radicalmente el atrezo: para la diégesis se utilizaron múltiples elementos cuidadosamente seleccionados para encajar perfectamente entre sí y en la época que representaba (años 50), destacando el cuarto del niño fallecido.

Por otro lado, el atrezo en la metadiégesis es bastante simple: se utiliza una cajonera aparentemente de mimbre y un banco de madera acolchado, todo con aspecto envejecido. Ambos elementos se acomodaban para representar diferentes cosas, dándole así múltiples usos apelando directamente a la creatividad del espectador: el banco y el baúl de mimbre fueron carreta, escritorio y silla, cama, mesa de bar, vagón de tren, entre otras. También, como elemento muy útil, se destaca una especie de biombo teatral giratorio: una estructura de madera sobre ruedas de tres paredes, que cumplía la función de “trasladar” a los personajes de una habitación a otra o de un lugar a otro. Así, los personajes atravesaban la pared que contenía la puerta, y también se utilizaba la pared que contenía la ventana para efectos especiales (aparición del fantasma de la mujer, etc.)

En conjunto con las diferentes iluminaciones constantemente en juego y los sonidos sumamente realistas se lograba crear una representación bastante buena de los espacios que se deseaba representar. Esta economía escénica –claramente intencional– en definitiva suma puntos al involucrar directamente al espectador en la creación del espacio escénico y dramático.

Uno de los puntos fuertes y probablemente más atractivos de la obra en cuestión es el ilusionismo, incorporado a la obra por Nacho Diago. Aquello forzaba positivamente una inmersión en la obra. Se destaca especialmente los efectos de humo que simulaban figuras fantasmagóricas en los pasillos, que más de un grito causaron entre los espectadores. Así, luz, sonido, actuación, proyecciones, atrezo e ilusionismo fueron orquestadas a la perfección para crear la tan comentada “experiencia inmersiva”.

Según expresa Sanz Pérez , la obra en cuestión es “una de las obras más longevas del West End londinense (…) Treinta años ininterrumpidos y más de 10 millones de espectadores explican el éxito de la adaptación de la novela de Susan Hill. (…) no ha parado de representarse mundialmente (…) desde su estreno en el Lyric Theatre de Londres en enero de 1989”, y no es de extrañar que así sea, pues “La mujer de negro” cumple en definitiva con lo que promete: una experiencia única de inmersión, donde realmente se vive la historia a través de todos los elementos utilizados.

Pese a que la mujer de negro es una figura perteneciente al cánon del horror folclórico global –al igual que el hombre de negro y sombrero de copa, por ejemplo– y se pudiese llegar a pensar que es algo a lo que no vale la pena recurrir; al contrario de perder su atractivo, Rebeca Valls –la directora– supo incorporar y orquestar todos los elementos para mantener al espectador incluso paranoico, pues llevó el teatro físicamente más allá del escenario, para posicionarlo en los pasillos y en el cielo del teatro, en los pasillos, butacas e incluso en el aire. Los espectadores, luego de entregar una ovación de pie, salieron del teatro observando cautelosamente el espacio para no encontrarse con sorpresas; y aquello, en estos tiempos de sobreexposición y sobreestimulación, representa un auténtico logro.

Siguiendo esta idea, aquello último nos lleva a reflexionar ¿debe el teatro enfocarse en crear este tipo de experiencias tan inmersivas para poder llegar al público?, ¿hubiese tenido el mismo efecto una obra que no involucrase todos esos elementos?, pareciese que el teatro en pleno ruidoso y líquido siglo XXI debe incorporar cada vez más y más elementos nuevos para prácticamente obligar al espectador a quedarse; y eso es probablemente aún más terrorífico que la propia mujer de negro.

Del 4 al 29 de junio de 2025, Teatre Talia

Autora: Susan Hill; Versión: Stephen Mallatratt; Dirección: Rebeca Valls; Intérpretes: Jordi Ballester y Diego Braguinsky; Ilusionismo: Nacho Diago; Espacio sonoro: Víctor Lucas

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