Yasmin Chaabane.

L’últim ball es la propuesta escénica que se desarrolla como meta-teatro que refleja sobre la condición del actor, la familia que se crea en el escenario y la fugacidad del trabajo artístico. Esta obra escrita y dirigida por Carles Alberola para la compañía L’Horta Teatre narra la relación entre dos actores de la escena valenciana, (interpretados por Carles Alberola y Alfred Picó), que después de retirarse reciben la propuesta de actuar nuevamente juntos en recuerdo de un amigo fallecido. El espectáculo gracias a lo desdibujar la realidad con la teatralidad adquiere mayor fuerza emotiva y performativa que se desarrolla de manera natural gracias al trabajo actoral.
El personaje de Alfred Picó llamado Lino es central desde el comienzo donde se ve enfermo y desilusionado en una silla con detrás la escenografía de la fachada del teatro que representa un recuerdo doloroso ya lejano. Morgan interpretado por Carles Alberola se muestra como el opuesto, un personaje caótico y extremadamente locuaz, que sigue intentando (sin resultados) alcanzar el gran éxito. Esta dicotomía de caracteres es el motor dramático de toda la obra generando una multitud de conflictos pero también provoca diferentes escenas humorísticas demostrando la capacidad actoral de ambos. Es Morgan quien propone a Lino subir nuevamente al escenario juntos y esta propuesta muestra el conflicto central, que revela heridas todavía abiertas y que nos hace preguntarnos si es realmente posible reconstruir vínculos y reencontrar el impulso creativo.
Desde esta primera parte caracterizada por la corporalidad estática de los personaje y la ausencia de escenografía, que representan la interioridad de Lino sin el teatro, un espacio vacío y nostálgico, se diferencia la segunda parte donde los personajes se preparan para su show. Los actores, en esta segunda parte, son activos y en movimiento acompañados con un trabajo de escenografía más elaborado. Esta contraposición no es una elección casual pero demuestra que los personajes en el escenario se convierten en su versión más libre y creativa.
La narración sigue con tono cómico, los actores se preparan cara a cara representando como uno es el espejo del otro y hablan recordando viejas vicisitudes hasta el momento de salir al escenario donde Morgan y Lino (literalmente) salen del guión. Nosotros, los espectadores tenemos el honor de presenciar la última función de estos personajes mientras los vemos entrar en un espacio desnudo de aparente espontaneidad. Esta parte no obstante tiene las premisas de ser improvisada tiene una notable complejidad de movimiento escénicos y diálogo con un humorismo calculado para el público valenciano. Este show único e irrepetible nos permite como espectadores empatizar con Lino y Morgan, que demuestran verdaderamente el placer de actuar demostrando como cada función puede ser el último baile. De esta manera la obra actúa como un espejo interior que nos confronta con nuestros finales próximos y nos pide con urgencia de reconectar con nuestro niño interior buscando lo que realmente nos define.
Esta comedia es capaz, no obstante su continuo tono ligero y humorístico, de presentar un texto dramático con una significativa densidad conceptual articulada en diferentes capas de significación. Reflexiona sobre la temática del edadismo, o sea la expulsión de los trabajadores en el ámbito performativo, y explora la condición humana y artística de manera universal e íntima enfocándose en dinámicas interpersonales.
La escritura de Carles Alberola dedica al teatro el papel protagonista imaginándolo como lugar de redención y de reencuentro donde la vida puede darte una segunda oportunidad. Todo esto es posible gracias a la pareja conformada por Carles Alberola y Alfred Picò que constituyen el eje de la obra y aportan una química única que permite al público verse reflejados en sus intentos de reconstruir su relación. Debido a la naturaleza semiautobiográfica de los personajes, el binomio interpretativo de los actores adquiere aún más eficacia comunicativa, que se despliega en el escenario a través de su vínculo auténtico construido trabajando más de tres décadas juntos.
El espacio escénico diseñado por Montse Amenós se configura como dispositivo de significación que refuerza el mensaje de la obra. La escenógrafa ha construido un espacio que se adapta a los personajes en su intimidad preparatoria, un lugar que evoca un camerino a través de componentes característicos del backstage como el atrezzo y el espejo central. Este último es fundamental porque juega con la dualidad del actor y el personaje y la dicotomía entre Morgan y Lino que atravesando (literalmente) el espejo rompen sus diferencias. La gran arquitectura luminosa, no sólo permite dividir el desarrollo de la obra de forma explícita, sino adquiere diferentes capas de significación. En los monólogos de Lino, esta escenografía se ve en penumbra íntima demostrando como para este personaje el teatro es un recuerdo doloroso que es incapaz de soltar como un fantasma, mientras en el gran espectáculo, la pareja juega con tono humorístico. Esto es posible gracias a la estructura de la fachada del teatro, que se ilumina como adquiriendo vida y en cada chiste juega con las luces como riéndose, actuando como un personaje más. Durante esta escena, es significamente visible el trabajo coreográfico de Noèlia Pérez que sobre todo en las escenas bailadas demuestra el gran estudio corporal hecho.
Esta obra fue producida para celebrar el 50o aniversario de la renombrada compañía valenciana L’Horta Teatre. El espectáculo dispuso una amplia gira que ha superado el centenar de funciones en toda España. Este dato resulta particularmente relevante si consideramos las tasas de precarización de las artes escénicas en el contexto del teatro valenciano y en general del estado. La crítica y el feedback de los espectadores se muestran positivos destacando en particular la experiencia de inmersión emocional del público. La prensa subraya las extraordinarias capacidades de Alberola de alcanzar un texto que es capaz de hablar un lenguaje universal sobre la fragilidad de los vínculos y de la condición humana, sin renunciar a las especificidades culturales. “L’Últim Ball” alcanza incluso al prestigioso Festival Grec de Barcelona donde se presenta como representante de la escena teatral valenciana contemporánea.
En conclusión “L’Últim Ball” constituye una experiencia que trasciende la sola representación performativa para reinventarse como meta-teatro sobre temas universales y de actualidad articulando una multitud de capas de significación. Es una obra que requiere, para los actores, un amplio grado de vulnerabilidad que reconozco y admiro. Mostrando sus fragilidades, Carles Alberola y Alfred Picó funcionaron para el público como un espejo donde nos invitaron a vivir con ellos a celebrar este último baile compartido.
9 de marzo de 2025, Auditori Municipal Gabriel Aracil de Moixent