Aya Ait Daoud El Hazem.

Me dirigí a ver Mi Federico con la intención de cumplir una tarea académica, pero terminó no siendo una experiencia más. Entré en la sala pensando que iba a ver una obra sobre Lorca, pero salí con la sensación de haberlo escuchado en persona.
Esta obra teatral se presentó en la Sala Matilde Salvador del Centre Cultural La Nau (Universitat de València), dentro del ciclo “Intersección” organizado por el Aula d’Arts Escèniques del Servei de Cultura Universitària. La función tuvo lugar el 30 de octubre de 2025, con una duración aproximada de 90 minutos.
Esta obra teatral resucita la voz de Federico García Lorca para que él mismo, desde un más allá simbólico, dialogue con el público sobre su vida, sus amores, su muerte y, sobre todo, su arte. En escena, un solo actor encarna al poeta granadino con una intensidad conmovedora, y nos habla de sus recuerdos con Pablo Neruda y Salvador Dalí, de su amor censurado, de su asesinato y del poder redentor de la poesía. La escena se transforma en un espacio que resucita la memoria de Lorca, como si él estuviera en persona dirigiéndose al público. De hecho, el actor nos dice en un momento que los muertos no han perdido una cosa que los vivos sí, esta es, la memoria.
En cuanto al marco de lectura, la pieza se aproxima al teatro discursivo, pues combina el homenaje biográfico con una reflexión político-artística sobre la libertad de expresión y la memoria histórica. No obstante, su puesta en escena incorpora también elementos asociativos, con imágenes poéticas y un tono casi performativo que apela a la emoción y la conciencia del espectador. La palabra de Lorca aquí, más que narrar, es un acto de memoria viva.
Desde el primer instante, el escenario me atrapó por su sencillez y su belleza silenciosa. Una pared negra al fondo, una mesa de madera con un par de sillas, una maleta antigua, una guitarra, una lámpara, una camisa blanca colgada… Todo parecía colgado con una precisión casi poética. Eran solo objetos cargados de memoria, como si esperaran a que alguien [él] volviera para habitarlos.
Entonces apareció Federico García Lorca. O su sombra. O su voz. No sé muy bien cómo explicarlo, pero aquel actor, solo en el escenario, era Lorca. No lo interpretaba, más bien, lo encarnaba. Vestía una chaqueta con agujeros, con manchas de sangre que el propio personaje intentaba remendar, como si quisiera zurcir su muerte. Y desde ese gesto tan simple empezó todo: una conversación entre un muerto y los vivos [el público].
Nos habló directamente, mirándonos a los ojos. A veces con un tono de humor, con ironía, imitando ese acento andaluz; otras con tristeza que se te metía en el pecho. Recordaba su vida, sus amistades, sus amores, su arte y su muerte. Hablaba de Pablo Neruda con un tono lleno de humor -” nos dijeron que no íbamos vestidos como poetas, y respondimos: somos de la secreta”- y todo el público nos reímos. Pero después, cambió a un tono más dramático, y con una sola frase, nos devolvía al dolor: “Yo no morí; a mí me mataron.”
El teatro se llenaba de luces que cambiaban con él, se alternaban luces blancas, amarillas, verdes, azules y rojas. A veces incluso nos iluminaban a nosotros, el público, y en ese momento sentí que Lorca nos miraba realmente.
Hubo escenas que te atravesaban. Cuando habló de Salvador Dalí, su tono de voz se volvía íntimo, dolido, casi susurrante. En ese momento, se llevó la mano al pecho, donde estaba la mancha de sangre, y dijo que su amor había sido erótico y trágico, trágico porque no pudo vivirlo libremente. Luego, al recordar la muerte de Dalí (esas últimas palabras, “Mi Federico”) sonó una brisa de fondo y se oscureció el escenario.
Pero luego de aquella escena tan dramática, se cambiaba a una con un tono más humorístico. Empezó a cantar “La Tarara” mientras tocaba la guitarra, y consiguió que el público se uniera a él. Fue un momento de alegría pura, pero enseguida la risa se rompió. Habló de Antonio Torres, de cómo lo mataron sus propios primos por “maricón”. La rabia en su voz era real, de nuevo, el tono cambió. El escenario se oscureció y él recitó “Cuando las estrellas clavan rejones al agua gris…”. Fue imposible no estremecerse.
El espectáculo oscilaba entre la vida y la muerte, entre el amor y la pérdida, entre la risa y la herida. A veces bailaba con música cubana, riendo, libre, como si celebrara la vida. Otras veces se sentaba al suelo, se encogía y lamentaba sus amores imposibles. Alternaba una voz dramática con una voz cómica. Hablaba de Emilio, de Rafael, de Eduardo, de los hombres que amó y que la sociedad le negó. «Las cosas que se van no vuelven nunca», dijo, y el silencio volvió a pesar sobre todos nosotros.
En un momento dado, el escenario cambió y se escuchó el tráfico de Nueva York, Lorca apareció confuso, divertido, con acento andaluz, diciendo que no sabía hablar inglés. De repente, acariciaba un gato imaginario que se iba, y su voz bajaba de nuevo al dolor, mientras una luz rosa le iluminaba a él. Así era toda la obra un vaivén entre la risa y la pena, entre el teatro y la vida.
Y entonces llegó el final. Se sentó al suelo, con una luz roja envolviéndolo. Habló de su muerte, del disparo, del miedo, del amor no correspondido. Dijo: «Lo que quería era amar, amar con libertad”. Después, los agujeros de su chaqueta desaparecieron, como si los poemas los hubieran curado. «Los poemas curan las heridas», susurró. Y el sonido de una brisa volvió a sonar de fondo.
Mi Federico no sigue una línea cronológica, sino una sucesión de recuerdos, saltos y evocaciones que conforman una memoria fragmentada. Lorca transita libremente entre pasado y presente, entre la vida y la muerte. Las transiciones son fluidas, sostenidas por la música de guitarra, el piano, los sonidos del viento, el mar o las campanas, que funcionan como puentes sensoriales más que narrativos.
En escena hay un solo personaje, pero poblado de ausencias: Dalí, Emilio, Rafael, Antonio, Neruda… Todos están allí, aunque no los veamos. Lorca los convoca con su voz, sus gestos, sus silencios. Son presencias latentes.
Como conclusión, la puesta en escena de Mi Federico me pareció profundamente cuidada, pues busca conmover desde la sencillez y la verdad. El actor no interpreta a Lorca, lo convoca, es como si lo dejara hablar a través de él.
La obra nos recuerda que Lorca sigue vivo no solo en sus versos, sino en la memoria de quienes seguimos escuchándolo. Cuando al final él pronuncia «He ganado yo y no ellos», entendí que no se refería solo a su historia personal, sino a la victoria del arte sobre la barbarie, de la palabra sobre el silencio.
Sali del teatro en silencio, con la sensación de que había asistido a algo más que una función: a una resurrección. Esa noche, Federico García Lorca volvió a hablar, y todos los que estábamos allí lo escuchamos.
30 de octubre de 2025, Sala Matilde Salvador, Universitat de València.
Dirección: Joan Miquel Reig; Ayudante de dirección: Carles Montoliu; Dramaturgia: Carles Montoliu y Emili Chaqués; Intérpretes: Emili Chaques; Espacio escénico: Joanmi Reig y Marc Campins; Vestuario: Pascual Peris y Joan Mique Reig; Distribución: Ibánez y Payá; Diseño Gráfco: Nacho Ruipérez.