Daphne Monfort.
Cárcel de muñecas es una propuesta teatral llevada a escena de la mano de la compañía emergente Las Barraca, en la que Abril, Juan, Adrián y Jordi, estudiantes de Arte Dramático, dan vida a Ditto, Ada Carrasco, G.Orgia y Canalla Montiel, protagonistas tanto del espectáculo como de la presente reseña. La pieza nace con el objetivo de trasladar el universo drag queen del reducto del ocio nocturno para inscribirlo en el teatro contemporáneo. Al fin y al cabo, ambos mundos están marcados por la supervivencia entre bambalinas, consiguiendo irrumpir con su argot escénico ante nuevos públicos.
A pesar de que la sala Matilde Salvador, en el Centre Cultural La Nau, es de dimensiones reducidas y sus sillas no son muy cómodas, tampoco ayuda el hecho de que estén situadas en una grada tan pegadas entre sí, creando la sensación de que si arrastras tu asiento un poco hacia adelante, acabarás derribando a tus vecinos como si fuesen fichas de dominó. Sin embargo, esto poco importa, ya que el espacio está lleno y las actrices captan todas las carcajadas y las miradas del público.
Antes de comenzar, y de que se apaguen las luces, el telón ya está colocado a un lado ―si es que acaso recuerdo que el lugar tuviese―, lo cual rompe de entrada con el misticismo esperable del evento. El espectador observa en el escenario una sencilla mesa plegable de plástico con dos sillas del mismo material situadas en el lado izquierdo; una austeridad que busca denotar la dureza de la cárcel, y puede que del presupuesto. Sobre el techo, sobrevuelan cuatro pequeñas bolas de discoteca con unos altavoces de megafonía de color rosa, por los que, en ocasiones, la voz femenina y burlona de la presunta alcaide interrumpe la escena. Asimismo, las luces de los focos de diferentes tonalidades, al rozar los brillos de las bolas de discoteca, crean unos destellos que ilustran, una vez más, el magnetismo que encarna cada una de ellas.
La obra se presenta a través de una polifonía de voces que se entrelazan constantemente con números musicales, donde el uso del playback y las coreografías dotan de una ingeniosa musicalidad a las palabras recitadas. Canciones icónicas de figuras como Belén Aguilera, Rosalía, Rocío Jurado y Massiel inundan el espacio, evidenciando una cuidada selección musical que sirve como extensión narrativa de estas mujeres, permitiendo así que sus historias continúen desarrollándose por medio de la música.
La trama transcurre, como su propio título indica, en un centro penitenciario. En un primer momento, se desconoce qué delitos han cometido exactamente, si bien las reclusas insisten en su gravedad. Mediante sus relatos, quieren hacer creer al espectador que merecen estar allí, y a su vez, intentan convencerse a sí mismas de que es así. Conforme avanza la trama, el asistente advierte que estas mujeres están encarceladas al amparo de la Ley de Vagos y Maleantes. Esta norma fue una de las pocas leyes de la Segunda República que el régimen franquista no derogó y fue modificada para incluir expresamente la persecución de la homosexualidad. De este modo, las actrices revelan su verdad, han sido detenidas por el mero hecho de querer ser libremente quienes son.
Desde realidades escénicas y visiones del mundo muy diferentes, las cuatro construyen un relato cómico sumamente humano, atravesado por la amistad, la identidad, la resistencia colectiva y el desasosiego de habitar una sociedad que continúa tratando de apartarlas de los espacios públicos y de las calles.
El final de la obra culmina con una violencia sobrecogedora, cuando la voz de la alcaide interrumpe las ensoñaciones de la libertad con un demoledor: «Código amarillo, un maricón se está intentando suicidar en el baño». En ese instante, la comedia se fractura y recuerda al espectador que, detrás de las vestiduras imaginarias, persiste una tragedia sistemática. El desenlace sitúa a las cuatro artistas frente al público, en silencio y con el rostro serio, mientras sobre ellas se proyecta un montaje de noticias de delitos homófobos y distintas discriminaciones que sufre el colectivo LGTBIQA+. Finalmente, los aplausos reclaman a sus dueñas; esa tarde renacieron unas nuevas estrellas.
En definitiva, Cárcel de muñecas emerge como semilla de la renovación teatral. A través de lentejuelas y espejismos, la compañía Las Barraca sacude la escena contemporánea con un nuevo enfoque que deja al espectador completamente maravillado. Sin embargo, la obra nos deja una sensación profundamente agridulce, es un dardo envenenado, una advertencia de que vayamos con cuidado, porque en cualquier momento estamos a un paso de volver a un punto de difícil retorno, privándonos de nuestros derechos y libertades.
Sala Matilde Salvador, Universitat de València, 22 y 23 de abril de 2026
Texto y dirección: Las Barraca; Intèrpretes: Ada Carrasco, Canalla Montiel, Ditto i G. Orgia