La risa no es pecado: «Andanzas y entremeses de Juan Rana» de Ron Lalá y la Compañía Nacional de Teatro Clásico

Carla Juárez Pinto

Pues desde el sabio más docto, hasta el varón más notable

lleva un Juan Rana escondido

en el caudal de su sangre.

(Andanzas y entremeses de Juan Rana, Ron Lalá)

Alcohólico, holgazán, suicida, prevaricador, sodomita, mal marido y mal amante, pero ante todo   «hombre de teatro». Cosme Pérez, el verdadero nombre del comediante del Siglo de Oro Juan Rana, vuelve a las tablas, cuatro lustros más tarde, para recordarnos la importancia del humor en una sociedad sumergida en la dinámica de lo políticamente correcto, y en la que pareciera que no hay rastro ya de la risa lúcida y crítica, que nos recuerda la belleza y la maldad de nuestra contradictoria condición humana.

«Quema, quema, quema: ese es nuestro lema». Con estas palabras y una luz tenue que acompaña al hábito eclestiástico del tribunal, da comienzo el juicio de la Santa Inquisición contra Juan Rana, un alma noble presa en un cuerpo villano. Este es el marco en el que se desarrollará la obra dirigida por Yayo Cáceres y Álvaro Tato; un litigio muy productivo

dramaturgicamente hablando, pues será el mismo tribunal el que repase las andanzas y entremeses de Cosme Pérez, con el objetivo de deliberar si debe ser condenado por deshonesto o perdonado por genio. El problema —o más bien el gran acierto de la historia— es mostrarnos a un sujeto que, aun siendo un canalla y un caradura, no deja de recordarnos a un ser humano de carne y hueso: virtuoso y, a su misma vez, perverso.

Los cuatro actores de la compañía representan, en un cambio de papeles continuo, al cómico que fue Juan Rana, no solo en sus entremeses, en los que desafió los límites de lo censurable en la época, sino también en su propia vida, combinando así escenas de las obras y de su biografía. En este repaso de las diferentes profesiones que desarrolló Juan Rana como la de doctor, alcalde, poeta o ventero, se combina el humor que lo caracterizó —como cuando siendo alcalde se condena él mismo a diez años de galeras por haber cometido un error, pero decide compartir cinco con su mujer ya que están casados en «galeras gananciales»— con una irónica y elegante crítica social a nuestra actualidad: «Yo Juan Rana, me condeno a galeras y renuncio a la alcaldía como hacen todos y cada uno de los gobernantes españoles a la mínima sombra de sospecha, cohecho, prevaricación o soborno».

El público, que hace de prolongación del propio tribunal, rompiéndose así la cuarta pared, asiste expectante a las reprobables, pero también subversivas escenas de la vida de Juan Rana, como su condena por «sodomita» o por intercambiarse los papeles de marido y mujer en su propia boda, en la que él fue disfrazado de novia.

¿Cuáles son las pruebas para este juicio? Una nómina de entremeses de los mejores autores de la época, que tuvieron a Juan Rana como protagonista: Calderón (Los dos Juan Rana o El triunfo de Juan Rana), Moreto (El retrato vivo) o Quiñones de Benavente (El doctor Juan Rana). Los testigos serán los propios escritores, lo que nos permite ver desfilar por las tablas a Calderón e incluso a Diego de Velázquez.

La noble labor del docere ut delectare de los ronlalistas transporta al amplio público textos clásicos del Siglo de Oro, y hace que el espectador sin prejuicios deje a un lado las precisiones academicistas para disfrutar, reírse y valorar el humor de la época. La diversión está más que asegurada en este drama gracias al cuidado trabajo con la música, que hace que podamos considerarla casi como una obra musical. Los cinco actores, además de intérpretes, crean en el escenario un grupo de música popular al que no le faltan instrumentos improvisados: piano, bongos, guitarras, percusión exótica… Sus voces son, además, afinadas y armoniosas, como si de un coro consolidado se tratase, y donde cada uno combina su tonalidad con un instrumento y unas letras que avanzan, a su vez, el drama de la obra. La escenografía, por su parte, es sencilla, apropiada y útil. El espectador asiste a un estrado y dos

rampas a los lados que simulan una posible infraestructura de un tribunal inquisitorial en esa época, donde los testigos y el enjuiciado deberían situarse al medio, a sus lados los jueces y enfrente de ellos los asistentes y curiosos (el público). La originalidad de este escenario es que sus elementos no son fijos, sino que van transformándose a medida que van surgiendo nuevas necesidades escénicas.

La reflexión en torno a los límites del humor se combina en esta obra con una crítica voraz a la consideración del artista en la sociedad, para preguntarse si son los artistas el orgullo y ejemplo de la nación española, apreciación que traspasa las fronteras del siglo XVII para llegar hasta nuestros días. Para los directores de estas Andanzas y entremeses, nuestra sociedad desdeña el papel del artista y su contribución a la cultura, como pasó con la labor del cómico Juan Rana, que recuperó figuras clásicas como la del arlequín de la Comedia del Arte o la del bobo renacentista, y cuyo único crimen fue haber hecho reír al público de generación en generación con un humor irreverente y festivo, en el que toda la sociedad aparecía retratada.

Llegada la hora del juicio final a Juan Rana, una confesión del propio inquisidor, que al principio se estremecía ante la obscenidad de las hazañas juanranescas, suspende la celebración del proceso: el sentenciador se ha reído «¡Ay, señor / ! ¡Qué desgracia! / Me está gustando / y haciendo gracia…». En este punto de la obra, el espectador vuelve los ojos sobre sí mismo para preguntarse qué está sucediendo con el humor en el siglo en que vivimos. El reconocimiento de la libertad de expresión como uno de los derechos fundamentales por los que más se luchó en el siglo XX, recibe hoy continuos ataques de aquellos contra los que justamente combate el humor: los intolerantes. Y es que lo único peligroso de la risa es su capacidad de hacernos pensar, por eso mismo molestaba tanto al poder religioso en el Siglo de Oro y por el mismo motivo en el siglo XXI es la sociedad misma —y no ningún tribunal— la que anda poniéndole límites. En una época en la que, a falta de tribunales, somos nosotros los que hacemos de censores, solo nos queda recordarles, como hace Ron Lalá en Andanzas y entremeses, que por ahora —y esperemos que así sea muchos siglos— la risa no es pecado.

Teatre Principal de València, del 3 al 5 de diciembre de 2021

Intérpretes: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Daniel Rovalher,
Fran García, Miguel Magdalena; Textos: Pedro Calderón de la Barca, Agustín Moreto y otros; Versión y dramaturgia: Álvaro Tato; Dirección: Yayo Cáceres; Idea original y creación colectiva: Ron Lalá; Composición y arreglos: Yayo Cáceres, Juan Cañas, Miguel Magdalena; Dirección musical: Miguel Magdalena; Iluminación: Miguel A. Camacho; Escenografía: Carolina González Sanz; Vestuario: Tatiana de Sarabia; Diseño de sonido: Eduardo Gandulfo; Jefe técnico: Eduardo Gandulfo; Técnico de luces: Javier Bernat; Maquinista: Elena Cañizares; Fotografía y diseño: David Ruiz; Prensa: María Díaz; Coproducción: Compañía Nacional de Teatro Clásico y Ron Lalá.

Un homenaje al teatro cómico: «Andanzas y entremeses de Juan Rana», de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Ron Lalá

Carles Márquez Molins

Foto David Ruiz

La fábula de esta obra puede resumirse de la siguiente manera: Juan Rana, encarnado en las tablas por Cosme Pérez, es sospechoso, entre otros delitos, de blasfemia y sodomía, por lo que el inquisidor general decide iniciar un proceso contra él. Para llevarlo a cabo llaman a tres testigos: Bernarda, Velázquez y Calderón. Cada uno aportará su versión y, para aderezarla, se insertarán entremeses. Finalmente, cuando van a prender a Juan Rana, no lo encuentran y, más tarde, conocen la noticia: Juan Rana ha muerto. Más adelante se representa la muerte de Juan Rana y se toma una decisión respecto al proceso inquisitorial (el inquisidor general decide retirar los cargos). Se trata de una comedia que contiene ambigüedades, como aquellos entremeses en los que Juan Rana finge su muerte. En el entremés está muerto, pero sigue cantando y actuando como si estuviera vivo.

La puesta en escena se caracteriza por la mezcla coherente de actuación y musicalización. Por otra parte, la escenografía se caracteriza, en cierto sentido, por su utilitarismo, pues los actores empleaban muchos de los objetos que sacaban a la palestra. El montaje del escenario simulaba, además, la manera en que se montaban a veces los escenarios sobre los corrales de comedias. Había dos rampas laterales y un cortina o paño de escaso tamaño que hacía las veces de telón por el que algunos personajes abandonaban la escena. En ocasiones, los actores se dirigían al público, pero lo apelaban no como al público del teatro, sino como al del proceso inquisitorial que estaba teniendo lugar (el proceso contra Juan Rana). En términos generales, el espacio escénico se usaba de una manera convencional, esto es, como lugar en el que se representa. De hecho, el carácter metateatral de la obra favorecía dicho uso.

 La relación entre lo mostrado y lo oculto se ve claramente en dos episodios: 1) en aquellos momentos en los que el inquisidor general admite –ante Dios– que se ha reído de las chanzas y burlas de Juan Rana y se refiere a los martirios a los que se ha sometido y 2) cuando, al haber muerto ya Juan Rana, aparecen ranas en el escenario a modo de lluvia anfibia (si atendemos a la escena es como si lloviesen, pero si el espectador se desliga del hecho teatral para analizarlo externamente sabe que son otros actores los que están introduciéndolas en el escenario), 3) los momentos en los que uno de los actores superpone su voz desde detrás del paño (en esas ocasiones se acompaña a la voz de una iluminación general escasa al tiempo que se ilumina la parte por la que está el paño, de manera que voz e iluminación coincidan). Otros momentos de vínculo de la iluminación con la ficción son aquellos en los que se utiliza iluminación «de discoteca» para algún entremés más vivaz y otros en los que se emplean pompas de colores que flotan en el espacio escénico a una velocidad moderada, lo que ayuda a ralentizar el ritmo. 

 La escenografía varía bastante a lo largo de la obra, y las modificaciones suelen venir determinadas por el cambio de entremés o pieza breve. Como bien se apunta en el título de la obra, Andanzas y entremeses de Juan Rana, esta se desarrolla mediante entremeses, por lo que la escenografía, el vestuario y los papeles de los actores cambian con bastante frecuencia. 

Los objetos que se emplean en la obra son de diversa índole y su uso depende, las más de las veces, del cambio escenográfico. Así, podemos distinguir, fundamentalmente, tres tipos de objetos: 1) los instrumentos, 2) objetos con un impacto notable en la escenografía y 3) objetos circunstanciales. Al primer tipo pertenecen la caja, la vihuela o la guitarra (siendo este último el instrumento –junto con la voz– el más usado a lo largo de la obra). Al segundo tipo pertenece la escenografía fija como puede ser el tablado, el paño y las rampas. Por último, al tercer tipo pertenecen, por ejemplo, las ranas que llueven en el escenario o las escaleras que aparecen en alguna de las escenas. 

La función del vestuario es, por decirlo de alguna manera, adaptarse al entremés que se representa. De este modo, todos los actores representan al principio el papel de inquisidores y, por tanto, van vestidos acorde a dicho papel, pero muchos de ellos cambiarán de vestuario al mudar de papel. Así, el torturador hará de criada, y otro de los inquisidores de Bernarda.

En cuanto a los personajes, está claro que Juan Rana es el protagonista, pero también encontramos personajes secundarios, como el inquisidor general, el torturador, Velázquez, Calderón, Bernarda; y terciarios, como el resto de inquisidores. 

La música tiene un papel clave en Andanzas y entremeses de Juan Rana, ya que se trata de una obra musicalizada que se encontraría en un punto medio entre una obra no musicalizada y un musical. Asimismo, la música está pensada acorde con la escena, de manera que cada pieza tiene como objetivo la sintonía con esta y la del conjunto con el público, por lo que a los entremeses más vivaces les corresponderán, por ejemplo, versos y frases cantadas al ritmo de rumba. 

El ritmo de la obra es vivaz y, en ocasiones, allegro, pues los entremeses están cargados de música y hay una escasa frecuencia temporal entre las actuaciones actorales, lo cual hace que el espectador no tenga apenas tiempo para entretenerse. Sin embargo, los dos primeros tercios de la obra tienen un ritmo más vivaz que el último, en cuyo inicio –de carácter allegro– se nota una ligera ralentización del ritmo que afecta a la totalidad del ritmo de la fábula.

La obra contiene muchas escenas llamativas, así que señalaré dos de ellas. En uno de los entremeses, Juan Rana se transforma en estatua y actúa como tal. Impresiona en este caso la entereza del actor para interpretar al representante-estatua durante tanto tiempo. Por otra parte, Juan Rana representa, en otra de las escenas, a su pintura. Esta no es estática como la estatua, sino que va cambiando con las decisiones de otros personajes, que la manipulan al ritmo de canciones. 

Esperaba ver una obra que sintetizase, de manera cómica, las andanzas de Juan Rana, por lo que la representación me satisfizo. A mi modo de ver, el espectáculo puede disfrutarlo cualquier espectador que quiera aproximarse al teatro aurisecular de una manera alegre y mínimamente concienciada. Digo «concienciada» porque considero que en esta colaboración de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Ron Lalá se ha hecho un trabajo encomiable con la figura de Juan Rana, lo cual puede verse en la recuperación de textos de Calderón o Moreto, pero también en el uso de la escenografía que imita la manera en que, en ocasiones, se montaba en los corrales de comedias. El resultado no es solo una obra, sino un homenaje a la figura del gracioso, a la profesión actoral y a la risa. A dicho homenaje le acompañaron, al finalizar la función, las ovaciones del público del Teatro Principal de Valencia.

Teatre Principal de Va´lència, del 3 al 5 de diciembre de 2021

Intérpretes: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Daniel Rovalher,
Fran García, Miguel Magdalena; Textos: Pedro Calderón de la Barca, Agustín
Moreto y otros; Versión y dramaturgia: Álvaro Tato; Dirección: Yayo Cáceres; Idea original y creación colectiva: Ron Lalá; Composición y arreglos: Yayo Cáceres, Juan Cañas, Miguel Magdalena; Dirección musical: Miguel Magdalena; Iluminación: Miguel A. Camacho; Escenografía: Carolina González Sanz; Vestuario: Tatiana de Sarabia; Diseño de sonido: Eduardo Gandulfo; Jefe técnico: Eduardo Gandulfo; Técnico de luces: Javier Bernat; Maquinista: Elena Cañizares; Fotografía y diseño: David Ruiz; Prensa: María Díaz; Coproducción: Compañía Nacional de Teatro Clásico y Ron Lalá.