La noche se puso íntima: «Federico. Función sin título», de Carles Montoliu y Emili Chaqués

Nerea Benítez Collado – Jessica De Matteis

I

Esta obra de Emili Chaqués y Carles Montoliu, interpretada en la Sala Ultramar de Valencia por el mismo Chaqués y Paula Santana, se presenta a sí misma con la voz ficticia de Federico García Lorca, que dice: “Ya que no me disteis una tumba, dejadme un escenario para contarlo todo”. Y, tal y como advierte, nos presenta a un Lorca y a una Margarita Xirgu fantasmas que nos cuentan las historias de amor del poeta a través de distintos símbolos que ocupan el escenario.

Desde el inicio, la obra plantea una conciencia de la cuarta pared y del público que hay detrás. El personaje de Lorca –aunque sería más adecuado llamarlo Federico, dado los temas más íntimos que trata- y de Xirgu, que de repente reparan en nosotros, los espectadores y espectadoras, se encuentran sin un guion que interpretar, con una función sin título, y, para no dejar al público sin espectáculo, deciden rescatar el recuerdo de todos los amantes de Federico. Es interesante esta asunción metateatral, cómplice en realidad, que permite a la obra ciertas licencias humorísticas como, por ejemplo, excusar la falta o intermitencia de acento granadino del poeta porque, según nos cuentan, los muertos no se parecen a los vivos y, a veces, así como pierden su aspecto original, pierden su acento[1]. Desde el público respiramos aliviados: vamos a ver una obra sobre la vida de Federico García Lorca y contamos con asistir a una historia dramática, pero qué bienvenido es reírse de vez en cuando. La risa, afortunadamente, fue un elemento repetido a lo largo de la función.

El relato comienza y, con él, la luz se atenúa –como buen público, debemos recuperar la seriedad-. Federico y Xirgu se pasean por el escenario -separado de los asientos por una fila desordenada de zapatos, elemento que retomaré más adelante-, reparando y haciéndonos reparar en los diferentes objetos que hay en él: unas sillas, una estantería con libros, una percha con una camisa, una guitarra, etc. Lo que en un inicio parecían trastos en una habitación algo desordenada, a medida que el poeta va recordando, se trasforman en otros personajes de la historia: los amantes –o amados de forma no correspondida- de Federico. Así, una camisa se convierte en el símbolo de Buñuel, una gabardina en Dalí, una cuerda en un miembro de la Barraca, y hasta a Antoñito el Camborio termina evocándose a través de estos objetos. Este aspecto metonímico de la obra no sólo resuelve el problema de los amantes –Si solo hay dos actores, ¿cómo va a ser esta la historia de los amantes de Lorca?, me pregunté cuando leí la premisa-, sino que convierte a los personajes/actores y a sus emociones en protagonistas absolutos. Al fin y al cabo, se trata de contar las historias, de interpretarlas y de emocionarse con ellas, pero a través del recuerdo narrado, no de la vivencia presente. Esta distancia temporal -¿dimensional?- de los personajes con el relato que cuentan, enfrascado en estos objetos, resulta muy efectiva: con los elementos justos llenan un espacio cargado de sentimientos contenidos. Ciertamente, el público no necesita más. De hecho, en algunas ocasiones, podría decirse que necesita menos.

La obra sabe alternar muy bien los momentos de drama y de comedia, sabe cuál es el segundo adecuado para soltar un chiste, una expresión mu’ salá con cargado acento granadino, una intervención de Xirgu[2], un poema o una alusión directa al público, justo antes de que el relato trágico se convierta en excesivamente melodramático. Sin embargo, así como configura a los personajes y espacios ausentes de manera sutil, mínima y suficiente, se excede en explicaciones sobre cómo debemos sentirnos y qué debemos opinar como espectadores. Pienso, por ejemplo, en los recursos sonoros –oímos viento, un arpegio de piano, etc.-. Estos explicitaban emociones que ya conseguían evocar por sí mismos los actores con su voz, su gesto y su expresión, lo cual, paradójicamente, corría el riesgo de provocar una distancia accidental con el público. En otras palabras, el exceso de información con fines emotivos y evocadores –esta luz significa que podemos reírnos sin culpa, este viento que suena nos dice que el poeta se siente solo, estos pitidos de claxon quieren decir que estamos en Nueva York…-, en ocasiones, tenía efectos brechtianos que nos recordaban a los espectadores y espectadoras que nos encontrábamos en una sala de teatro. Teniendo en cuenta que se trata de una obra y una fábula bastante convencional, sin riesgos ni vanguardismos, cuyo objetivo es contar una historia y emocionar con ella, dudo que esta distancia fuera intencionada. 

En esta línea, había ocasiones en las que el texto también se excedía en sus explicaciones. La obra, recordemos, trata sobre las historias de los amantes de Federico García Lorca, poeta homosexual asesinado y cuyo cuerpo aún no se ha hallado. El escenario, insisto, aparece enmarcado en una pila de zapatos –simbolizando los muertos sin sepultura-. ¿Hasta qué punto era necesario explicitar textualmente ciertos mensajes? Al fin y al cabo, ¿qué clase de público asistiría a una obra en la que se va a tratar sin tapujos los amoríos evidentemente homosexuales de Lorca, símbolo cultural por excelencia de las atrocidades del fascismo? El mero hecho de haber llevado al escenario una obra así es un posicionamiento político y el público que va a asistir a su representación lo sabe –y muy probablemente sea rojo y/o gay-.

Lo que pretendo señalar con esto es la conciencia errónea que parece tener la obra al tratarse a sí misma como revolucionaria. A unos espectadores y espectadoras como nosotras no era necesario exclamar que hay que amar en libertad[3], ni que es injusto que en este país aún haya cuerpos en cunetas sin identificar[4]. Estos mensajes ya quedaban perfectamente claros sin tener que decirlos en voz alta y, de hecho, al exclamarlos pierden la naturalidad con la que deberían tratarse. “Love is love” es una idea que hay que seguir transmitiendo, pero no como si fuera el último grito en ideología revolucionaria; no lo es. La figura de Lorca, sin ir más lejos, fue revolucionaria en su momento, pero a día de hoy no queda de más olvidar su “Oda a Walt Whitman”, donde defiende al hombre homosexual, sí, pero siempre y cuando sea infeliz y no tenga pluma[5]. Tampoco sobra recordar que estuvo en el bando republicano, claro, pero la superioridad clasista con la que trataba a Miguel Hernández ahí queda. Es decir, y para terminar con este aspecto, si Federico. Función sin título pretendía concienciar políticamente podría haber elegido otros mensajes –hay que amar libremente, está bien, pero ¿la homosexualidad sólo es tolerable si hay amor de por medio? ¿Y la clase social, interviene de alguna manera en la ecuación?-, u otro público al que dirigirse. O, de lo contrario, haberse limitado a contar su historia porque, a decir verdad, ya funcionaba perfectamente con las sutilezas.

Pese a estos últimos párrafos, lo cierto es que esta obra cuenta con más aspectos positivos y acertados que negativos. Sin ser experta en la materia, creo que sabe combinar muy bien diferentes registros, tanto en lo que se refiere al drama y a la comedia –la actuación de Chaqués y Santana fue extraordinaria-, como en la elección de referencias culturales. Los diferentes recuerdos de los amantes se intercalaban con fragmentos de poemas que ambos actores sabían recitar –interpretar, mejor- y transmitir al público, siendo estos momentos de los más emocionantes de la obra –tuvieras formación filológica o no-. El escenario y sus objetos, que servían tanto para evocar personajes nombrados como para trasladarnos a diferentes lugares –Nueva York, Cuba, la Residencia de estudiantes, etc.- cumplían perfectamente su cometido desde su simpleza. Esta última, y a pesar de sus excesos, sea una de las palabras que mejor defina la obra.

Como en Lorca, y en Federico, en Federico. Función sin título encontramos “alta cultura”, y una  agradable dosis de folclore; intimidad, pero un innegable fondo político; tragedia, pero también –y gracias- mucho salero.

Nerea Benítez Collado

II

Para citar un inmortal verso del igualmente inmortal Federico García Lorca, “la noche se puso intima” el pasado 21 de enero en la Sala Ultramar de Valencia, al asistir a la puesta en escena de Federico. Función sin título por la compañía L’Últim Toc Teatre. El título presenta al poeta y dramaturgo con su propio nombre ochenta y cuatro años después de su injusto asesinato por el bando franquista a comienzos de la guerra civil en 1936. Sus restos todavía no han sido encontrados y su cuerpo no tiene tumba: la única certeza es que, tras su fusilamiento, fue enterrado en una fosa común. Por esta razón, y con motivo del ciento vigésimo aniversario de su nacimiento, en 2018 decidieron volverle a concederle la palabra Emili Chaqués y Carles Montoliu: «Ya que no me distéis una tumba, dejadme un escenario para contarlo todo». El título alude presumiblemente a Comedia sin título, una pieza de del mismo Lorca que se quedó inconclusa a causa de su asesinado, como las historias de amor que (mantuvo) con Buñuel, Dalí, Emilio Aladrén, Eduardo Rodríguez Valdivieso, Rafael Rodríguez Rapún y Juan Ramírez de Lucas, representados icónicamente en la escena por una camiseta, un abrigo, una chaqueta, un sombrero y una cuerda. Todas estas relaciones rompieron, pero Margarita Xirgu (interpretada por Paula Santana) confiesa a su gran amigo que algunos de sus amantes le comunicaron, en momentos diferentes, no haber dejado de amarle. Su vida intensa y apasionada hubiera podido seguir: tenía mucho que decir, que escribir (como evidencia la referencia del título) y que amar. Así que, por fin, Federico se rebela: “necesito contarlo, si los muertos no hablan, yo no morí: a mí, me mataron”. Entonces la obra pretende ser una historia de un rescate de la trágica muerte de Federico García Lorca y de todas las víctimas del franquismo, representadas en el escenario por el convencional símbolo de las zapatillas: “¿Como es posible que 80 años después de su muerte sigue habiendo tantos zapatos en las fosas comunes? ¡Qué vergüenza este País!” -afirma Federico-, denunciando así no solo los crímenes del franquismo, sino también el olvido que lo siguió y la necesidad de recuperar la memoria histórica. Sin embargo, estos momentos tensos y dramáticos se alternan enérgicamente a momentos cómicos que representan su vida llena de amor y su personalidad excéntrica. Dicho dinamismo se produjo gracias al efecto de distanciamiento, que rompió la tensión dramática llevando el público a pasar de la conmoción sufriente hacia su injusta muerte, a la risa atraída por su vida apasionadora. Este cambio de intenciones es subrayado a través de la iluminación: los momentos felices en los cuales Federico recuerda su vida, se caracterizan por una iluminación neutra, mientras que los momentos dramáticos ven un escenario oscuro, con una luz cálida que ilumina el rostro del actor, acompañado por una música trágica o por el rumor del viento. Además, se ponen en escena los presentimientos de muerte que recorren la producción poética y la vida de Lorca: en este caso, la iluminación se centra en Federico, pero con un llamativo color violeta.

El mismo Emili Chaqués interpreta a Federico, acompañado en la escena por Paula Santana, en el papel de Margarita Xirgu. Santana, en mi opinión, fue la joya de la corona de la puesta en escena: su pasión e intensidad enamoraron visiblemente a todo el público. Por lo contrario, tengo que admitir que, aun reconociendo el talento de Emili Chaqués, no acaba de convencerme su interpretación de Lorca, que no me transmitió el Federico que la misma compañía teatral pretendía presentar al público como: “esa persona de hablar atropellado, cascabelero, magnético e irresistible que compaginaba su alegría de niño grande con capítulos vitales ennegrecidos por su obsesión por la muerte y el amor no correspondido”.

La música acompaña la escenificación, con las voces y unos pasos danzantes de Federico y Margarita. El actor mismo tocó la guitarra y un piano representado icónicamente por una luz en la mesa que representaba las teclas de este. Otros momentos en los cuales se presume representar un lugar de manera icónica es cuando una mesa y unas tazas de café trasladan los actores en un bar de New York. A pesar de estas excepciones, el espacio escénico es metonímico: la escenografía se compone por una mesa cubierta por arena, un armario y unas sillas, que representan un espacio interno.

La Sala Ultramar fue el lugar perfecto para la representación de Federico. Función sin título: la sala pequeña, el escenario cercano a los espectadores y el público restringido, permitieron otorgarle la intimidad que se quisiera reproducir.

Jessica De Matteis

Sala Ultramar. Del 20 al 23 de enero de 2022

Intérpretes: Emili Chaqués y Paula Santana; Dirección: Joan Miquel Reig; Ayudante de dirección: Carles Montoliu; Dramaturgia: Carles Montoliu y Emili Chaqués; Espacio escénico: Joanmi Reig y Marc Campins; Vestuario: Pascual Peris y Joan Miquel Reig; Diseño gráfico: Nacho Ruipérez; Distribución: Ibáñez & Payá Producciones; Producción: l’Últim Toc Teatre.


[1] Y es de agradecer, ya que fui a ver la obra con tres personas andaluzas que legítimamente podrían haberse ofendido.

[2] Con esto no quiero dar a entender que el personaje de Xirgu funciona como contraposición cómica de Federico. Afortunadamente, ninguno de los dos personajes aparece encajado en un papel muy tipificado. En el caso de Xirgu, y dado que es Federico quien tiene intervenciones más largas, sus intervenciones servirían para destensar o, por lo menos, sacarnos del recuerdo de Federico para devolvernos a escena.

[3] Sin ir más lejos, el personal que se encartaba de la gestión de la Sala Ultramar utilizaba el femenino inclusivo a la hora de hablar.

[4] Para ser justa, entre el público había niños y niñas, así como personas que no tienen por qué conocer todas las referencias culturales que se hicieron, lo que justificaría ciertas explicaciones a las metáforas, como la de los zapatos vacíos.

[5] “Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,

contra el niño que escribe

nombre de niña en su almohada,

ni contra el muchacho que se viste de novia

en la oscuridad del ropero,

ni contra los solitarios de los casinos

que beben con asco el agua de la prostitución,

ni contra los hombres de mirada verde

que aman al hombre y queman sus labios en silencio.

Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,

de carne tumefacta y pensamiento inmundo,

madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño

del Amor que reparte coronas de alegría.”.