Carlos Vaello Galera.
El teatro Talia nos presenta la producción «Escape Room», que si bien cuenta con algunos conceptos interesantes, en general representa una adición más a un género ya muy explotado. Su guion se basa en la película “Escape Room” dirigida por Joel Joan en Catalunya y financiada en gran parte por la Generalitat de Catalunya (600.000 euros). La versión valenciana y adaptada al teatro cuenta con un guion elaborado por el propio Joel Joan y por Hèctor Claramunt, bajo la dirección de Xavi Mira —quien también asume uno de los roles protagonistas—, el montaje reúne a un elenco de actores y actrices con una larga trayectoria en medios audiovisuales, como Lara Salvador, Águeda Llorca, Josep Manel Casany y Cristina García, contando además con la participación especial de Ferran Carvajal, que si bien no actúa en la obra aparece en ella. La obra se anuncia como una comedia negra con elementos de thriller psicológico, un género que en principio promete tensión y reflexión. Sin embargo, el desarrollo del espectáculo revela una propuesta que prioriza la comodidad del espectador y el humor reconocible por encima de la profundidad dramática o la innovación escénica.
La premisa argumental es la siguiente: En una noche cualquiera en la València contemporánea Edu, un empleado municipal con un pasado profesional ambiguo, va a presentarle a sus amigos a su nueva novia, Martina, una profesora universitaria de economía, inteligente y de firmes convicciones progresistas. Sus amigos son Vicky y Ral, un matrimonio aparentemente consolidado, vinculado al mundo del cine desde una perspectiva comercial y poco ambiciosa, y con una ideología y un estilo de vida abiertamente conservadores y materialistas.
El punto de encuentro es la entrada de una “escape room”, una habitación en la que tienes que resolver puzles con amigos para escapar. Sin embargo, lo que comienza frente a la puerta como una conversación evidentemente introductoria entre Edu y Martina, que recuerda a cuando en las novelas del siglo s.XIX la criada se pone a hablar sola al principio de la obra y en su monólogo introduce a los personajes principales, al aparecer finalmente los otros dos personajes (Vicky y Ral) se produce una presentación incómoda, plagada de tirones ideológicos y roces personales apenas disimulados, junto a una mención rápida de un asesino que va por Valencia descuartizando gente, aunque los personajes no le dan mucha importancia. Todo da un giro radical cuando entran y la puerta de la sala se cierra tras ellos. La luz se apaga y en una pantalla situada sobre el escenario aparece la figura grotesca y siniestra de Menenguel, un personaje de acento alemán caricaturesco que les informa de que es un nazi malvado y de que están atrapados en su juego: tienen una hora exacta para resolver una serie de acertijos o morirán.
La premisa, pues, es la de un thriller de supervivencia y encierro. Pero el mecanismo pronto revela su verdadera naturaleza. Los acertijos no son rompecabezas lógicos abstractos, sino dispositivos para exponer los secretos más vergonzosos, las mentiras más arraigadas y las traiciones más íntimas de cada uno de los cuatro personajes, que son más bien esperables, Ral, el guionista de derechas, es un putero, su mujer Vicky le pone los cuernos de manera continua (con 36 hombres), Edu en el fondo es de derechas y militante del PP. Las infidelidades repetidas de Vicky, su resentimiento profesional como actriz constantemente “enchufada” en las películas por su marido el guionista, la militancia en el PP de Edu, que había convencido a Martina de que era progresista y feminista y el desprecio encubierto de Ral hacía su mujer salen a la luz, forzados por la presión del cronómetro y la amenaza de muerte. Todo esto lleva a un final en el que Menenguel obliga a los personajes a besar una bandera nazi y decir “Heil Hitler” con el brazo en alto como ultima prueba, cosa que aceptan todos los personajes salvo Martina, aunque al final acaba cediendo. Finalmente se revela que todo era una prueba de Edu para demostrar que todos somos unos hipócritas. Como golpe de humor gratuito y excusa para justificar el cameo aparece en la pantalla el autentico asesino de València (Ferran Carvajal), mata a Menenguel y reinicia el cronómetro, se cierra el telón.
El primer elemento que llama la atención es la construcción de los personajes, que se apegan de manera casi literal a arquetipos socioculturales muy reconocibles. Martina (Águeda Llorca) es la «progre» dogmática, la que da lecciones, no sabemos mucho de ella, a parte de que es el personaje más joven (34 años frente a los cincuenta que rondan los demás), que es profesora universitaria de economía y que tiene un hijo de 9 años y todo esto lo aprendemos en una primera interacción entre ella y Edu.
Alrededor de la totalidad de sus interacciones con otros personajes son o bien para criticarlos, como cuando le echa en cara repetidamente a Ral y Vicky haber llegado tarde contra los deseos de Edu, o para “educarles” sobre porque se equivocan con sus creencias a nivel político o personal. Es un personaje tan caricaturizado por el guion que su evolución hacia la humillación y la rendición está cantada desde el minuto diez pero acaba estando muy mal ejecutada, reducida a una mera capitulación ante una muerte segura, su novio Edu (Xavi Mira) es el hombre «tibio», el que miente para quedar bien, conoció a Martina al meterse accidentalmente en una marcha del 8M al salir del ayuntamiento y dice que se enamoro de ella por la potencia con la que gritaba “nosotras parimos, nosotras decidimos” y que le hizo unirse al canto.
Que se sacrifique toda verosimilitud en la historia de los personajes o en cualquier otro aspecto de la obra con el fin de añadir un chiste fácil no debería extrañarnos aquí, pues Martina se enamoró también de lo “deconstruido” que estaba Edu. Él no tiene hijos que se mencionen en la obra y pese a haberle contado a Martina que es muy progresista en realidad es militante del PP, motivo por el que monta toda la parafernalia de la “escape room” para convencerla de que da igual porque todos somos unos hipócritas. Recurso que por algún motivo funciona de forma automática sin ningún planteamiento por parte de ella y tras descubrirse la realidad del “escape room” accede automáticamente a casarse con él.
Vicky (Lara Salvador) y Ral (Josep Manel Casany) son la pareja «pija y acomplejada», con su matrimonio en crisis y su superficialidad a cuestas. El tono de la interpretación, especialmente el de Josep, se apoya en una gestualidad y un tempo cómico que recuerdan enormemente a sitcoms de hace dos décadas. Es un humor de mueca y situación forzada, que prioriza la risa fácil sobre la verdad del personaje. No hay sutileza ni matices; cada uno es exactamente lo que parece, y su transformación durante la obra es meramente anecdótica, un movimiento más dentro del mecanismo de la trama. Falta oscuridad, ambigüedad, algo que los haga realmente interesantes más allá de servir de vehículo para los chistes y el «mensaje».
El lenguaje y el humor constituyen otro de los pilares problemáticos del montaje. Los diálogos son ágiles y tienen ritmo, pero se sustentan en un repertorio de chascarrillos y referencias locales —la Ciudad de las Artes, la corrupción de Camps, el arquitecto Calatrava, la gestión del PP valenciano— que generan una risa por reconocimiento inmediato. Este tipo de humor, aunque efectivo para crear complicidad con un público que comparte ese bagaje, opera como un código cerrado y no aporta densidad al conflicto dramático. El discurso político que se esboza es de una simplicidad tremenda: la derecha aparece como casposa, frívola y corrupta; la izquierda, como rígida, intransigente, hipócrita y moralmente soberbia. La obra parece conformarse con señalar estos estereotipos sin llegar a cuestionarlos ni a profundizar en lo que podría haber detrás de ellos, ofreciendo una crítica social que se queda en la superficie y en lo ya sabido.
La puesta en escena, dirigida por Xavi Mira, está muy bien preparada. Durante la obra vemos dos espacios. Una calle urbana con carteles y paredes desgastadas y una habitación de hormigón con todo tipo de artilugios de algo así como el sótano de Dexter, tenemos a la vista elementos de tortura, una guillotina e incluso miembros humanos esparcidos por una mesa ensangrentada, en un punto de la obra aparece incluso una cabeza.
El uso de tecnología —pantallas que muestran al villano Menenguel y un gran cronómetro que avanza en tiempo real— es literal y utilitario. Un buen detalle es que el cronómetro sobre los personajes nos confirma que el tiempo diegético y el tiempo dramático son equivalentes durante toda la obra y no tenemos realmente ningún ejemplo de dilatación o condensación temporal. Aparte de esto las pantallas son simplemente pantallas; el cronómetro, un reloj. No hay una exploración significativa de estos elementos como parte de un lenguaje escénico contemporáneo, ni se integran de una manera que aporte capas de significado a la historia. La iluminación y el espacio sonoro cumplen su función de marcar el ritmo y la atmósfera, pero sin arriesgar o crear momentos visual o sensorialmente memorables. De hecho esta obra carece de todo elemento extradiegético excepto por un tono de misterio que suena cuando los protagonistas descubren una nueva pista.
El desenlace de la obra es donde quizás se hacen más patentes sus contradicciones y su falta de convicción dramática. La trama se resuelve mediante un doble giro argumental. En primer lugar, se revela que toda la situación ha sido un montaje orquestado por Edu, con ayuda de un cómplice (Menenguel), con el fin pedagógico de enseñar a Martina una lección sobre como todos en el fondo somos unos hipócritas y por eso debemos ser tolerantes. Este recurso narrativo, el “todo era una broma”, tiene el efecto de trivializar instantáneamente el sufrimiento y las revelaciones de los personajes a lo largo de la obra, convirtiendo el drama en una especie de terapia de choque de dudosa ética. Además, no surge de manera orgánica de la caracterización de Edu, que se nos muestra como un hombre tremendamente tibio y simple, sino que se presenta como un artificio conveniente para resolver la trama.
Inmediatamente después, se introduce un segundo giro todavía más cuestionable y absurdo. El cómplice de Edu, Menenguel, aparece asesinado por el “auténtico asesino de València” mencionado al principio de la obra y se reinicia el temporizador. Es un chiste sin ningún tipo de relación a lo anteriormente mostrado y sirve unicamente para sacarle una ultima risa al público (además de poder decir que Ferran Carvajal está incluido en el reparto, pese a que este no actúa y aparece unicamente en una grabación de 2 segundos de la pantalla).
En conclusión, «Escape Room» se configura como un producto teatral bien ensamblado y profesional, pero intrínsecamente conservador y poco ambicioso. Cumple su función de entretener a un público que busca una velada sin complicaciones, con risas fáciles y un suspense manejable. Los actores realizan un trabajo solvente dentro de los límites que les marca un texto y una dirección que no buscan la complejidad. No obstante, la obra desaprovecha por completo el potencial de su premisa inicial para convertirse en una reflexión incisiva sobre la hipocresía contemporánea, la política de las identidades o los mecanismos de la presión grupal.
Opta, en cambio, por transitar por el camino más seguro: el de la confirmación de prejuicios, el humor fácil y el mensaje moralizante pero inocuo. Es un espectáculo que puede dejar satisfecho al espectador que no pide nada más que pasar un rato agradable, pero que resultará profundamente decepcionante para quien espere del teatro una experiencia que cuestione, conmueva o ofrezca una mirada renovadora sobre el mundo. A esto se le suma la seguridad que mantiene con todas sus temáticas. Del PP se critica la gestión de Camps, la construcción de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, pero no se tocan temas modernos mucho más relevantes y polémicos, como la gestión de Mazón de la DANA o, por parte de los personajes de derechas, los casos de corrupción que están saltando dentro del PSOE. La obra trata de establecer una critica de las identidades políticas, pero en su propósito de ser lo más segura y por lo tanto lo menos ofensiva posible para cualquiera de estos grupos menciona exclusivamente hechos de hace treinta años.
De esta forma lo que podría haber sido una crítica interesante y original de la mentalidad española se acaba convirtiendo en una sarta de chistes fáciles al estilo de Santiago Segura. Esta obra sufre la misma enfermedad que el resto de la industria del cine y del teatro español y para verlo solo hace falta ver el resto de obras que nos presenta para el año que viene el propio teatro Talia, como “pareja abierta” de Isabel Martí que trata de una pareja de mediana edad que decide probar la poligamia o “¿Quieres pecar conmigo?” de Borja Rabanal que se vende a si misma como “una comedia muy satisfayer” y que trata de unas mujeres de mediana edad que salen de fiesta y tal.
Son comedias que usan una formula totalmente gastada y que ya no llaman la atención de nadie, su público objetivo es el mismo, gente de un rango de edad de 30-50 años y un rango político más bien centrista tirando a la izquierda, aunque a pesar de ello no se atreven tampoco a establecer una crítica real de la derecha de este país, no sea que haya alguno de derechas que abandone la sala.
Es lo mismo que observamos en la industria del cine español, una industria con unos parámetros de producción tan consolidados que es indiferente ver una película u otra y que lleva al mismo resultado. Salas vacías y una industria que sobrevive casi exclusivamente a través de subvenciones del Estado. He encontrado una crítica de Filmaffinity hacía la película “Mari(Dos)”, dirigida en 2023 por Lucía Alemany que resume en cortas palabras este fenómeno:
“No no y no, no volveré a ver cine español.. pero siempre caigo. Y tropiezo, naturalmente. Es cine malo, sin ideas, sin enganche, sin pensar, va a matacaballo, porque todos tenemos que comer a diario.”
En mi opinión este comentario resume en dos frases porque fracasa la industria del cine español, es un cine de producción industrial de los mismos chistes con el mismo sujeto una y otra y otra vez sin demasiado pensamiento detrás. A veces las ideas son interesantes pero la ejecución vuelve al producto desfasado y algo aburrido para su público objetivo y tedioso y autocomplaciente para los que somos más jóvenes.
Por otro lado, desconozco a que se debe que una obra moralizante sobre las políticas de identidades y las personalidades ideológicamente performativas como Martina evite mencionar ni por encima cualquier suceso político relevante hoy en día, voy a asumir que se debe al miedo de perder posibles subvenciones para representarla, en cuyo caso me parece igualmente lamentable. Igualmente, aunque las mencionase, sería exclusivamente para enseñarlas y hacer algún chiste fácil sobre ello, como hace con los hechos políticos que si que representa (gobierno de Camps, CACs). No es una obra horrible pero es ya algo muy visto, es el “Padre no hay más que uno 5” del teatro. Es un producto que desde luego se consume hasta cierto punto, del que hay reseñas, pero que no perdura en la memoria de nadie.
Teatre Talia, 10 de diciembre de 2025 a 1 de febrero de 2026