¿Héroes o villanos?: «Conquistadores», de J.P. Cañamero y Proyecto Cultura

Maria Morant Giner

“Porque ha menester para sublimar los heróicos hechos y hazañas que hicimos cuando ganamos la Nueva España y sus provincias en compañía del valeroso y esforzado Capitán Don Hernando Cortés, y para poderlo escribir tan sublimadamente como es digno, fuera menester otra elocuencia y retórica mejor que no la mía.”

(Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de Nueva España)

“Conquistadores: ¿héroes o villanos?” Bajo esta pregunta se enmarca la propuesta de Proyecto Cultura, dirigida por Pedro Luis López Bullet. Conquistadores revisa algunos de los hitos más emblemáticos de la conquista: desde la llegada de Colón a la orilla de San Salvador hasta las expediciones de Francisco de Orellana por el Amazonas y Hernando de Soto por el Mississipi en 1542. Un recorrido paródico-dramático que alcanza medio siglo de peripecias y empresas desafortunadas, y, que requiere ser contado con nuevas estéticas y lenguajes teatrales que evidencien el absurdo oculto en estas gestas dominadas por la violencia y la ambición material.

Para esta propuesta desmitificadora, J. P. Cañamero recurre al teatro del absurdo e incorpora diferentes discursos propios de los mass media: el publicitario, al más puro estilo teletienda, para los primeros intercambios de objetos y piedras preciosas entre los hombres de Núñez de Balboa y los indígenas; el meteorológico para narrar las vicisitudes de Hernán Cortés en Tenochtitlán; el deportivo para la Batalla de las Salinas, en la que los dirigentes, Pizarro y Almagro, se enfrentan en un improvisado ring. Finalmente, Inés Suárez, cofundadora de Santiago de Chile, se adueñará del escenario, protagonizando una ficción para una reputada plataforma de streaming.

Chema Pizarro, Nuqui Fernández y Francis J. Quirós irán dando vida a esta cantera de personajes, caracterizados con ropajes negros contemporáneos: chupa de cuero y pantalones estilo yogui de algodón. Los cambios de personajes no se producen entre bambalinas, sino que son la dicción y gestualidad las que ayudan a dar vida a los diferentes reyes, reinas, conquistadores, indígenas, amantes e, incluso, perros. El humor verbal y disparatado junto con el dinamismo actoral y las rupturas de la cuarta pared son los responsables de mantener al público atento a lo que sucede en el escenario.

La puesta en escena es indudablemente sobria, minimalista: en el centro del escenario una bañera con ruedas que irá desplazándose por el escenario como si de un navío se tratase. Completan el atrezo dos bastones polivalentes, que hacen de cruz en una escena y en la siguiente emulan armas de fuego, y así sucesivamente. Las luces, gestualidad y música completarán esta original (pro)puesta en escena.

La mímica y los gags entretejen un discurso paralelo al puramente textual y evocan en el escenario objetos y animales. La música, que irrumpe en varios momentos, da paso al baile y escenas coreografiadas en las que lo corporal se adueña del escenario y deja, por unos minutos, la palabra en segundo plano. La banda sonora resulta, sin duda, reconocible para el espectador: desde los hits del rock más gamberro hasta “Mi gran noche”.

Las referencias musicales son uno de tantos recursos empleados en este montaje para ganarse la simpatía y complicidad del público. Si bien los hechos mencionados y revisados sucedieron cinco siglos atrás, López Bellot sabe acortar las distancias e introduce pequeños guiños de rabiosa actualidad como los virus que se escapan “accidentalmente” y se convierten en el arma más efectiva para subyugar a la población, el caloret y las riquezas ocultas en Panamá. Las diferentes referencias locales als Moros i Cristians de Alcoy, a la paella o l’esmorzaret sembraron las carcajadas entre el auditorio.

Conquistadores revisita desde el humor y la parodia algunos de los grandes hitos de la Historia en mayúsculas para demostrar cuánto de absurdo hubo en ellos. ¿Héroes o villanos? Este montaje de carácter didáctico-festivo no toma partido, la pregunta queda en el aire y al público le toca decidir qué etiqueta utilizar.  

Sala Russafa, del 13 al 16 de enero de 2022

Texto: J.P. Cañamero; Dirección y dramaturgia: Pedro Luis López Bellot; Interpretación: Chema Pizarro, Nuqui Fernández y Francis J. Quirós; Espacio sonoro y música: Álvaro Rodríguez Barroso; Diseño de iluminación: Pedro Luis López Bellot y Jorge Rubio; Diseño de escenografía: Pedro Luis López Bellot: Diseño de vestuario: Juanjo Gragera; Fotografía: Jorge Armestar

La comedia que ha reconciliado a Góngora y Quevedo: «La niebla», de Chema Cardeña

Lucrecia de Dios – Lucía Fernández Herrero – Víctor Barberá Puig

I

Sin duda, La niebla es un espectáculo que habrán disfrutado todos los amantes de la literatura española que hayan tenido la oportunidad de asistir a su puesta en escena. Así lo demostró el público del pasado 12 de noviembre, que durante la función no pudo disimular la risa y que, una vez finalizada, estuvo más de un minuto aplaudiendo a los actores.

La obra se ha estrenado en la Sala Russafa y con ella la compañía Arden Producciones celebra sus 25 años —aunque con uno de retraso debido a la pandemia—. La niebla es una comedia escrita y dirigida por Chema Cardeña, director artístico de la compañía, quien a su vez encarna a un Góngora en sus últimos años de vida, enfermo y desmemoriado. Le acompaña en la escena Juan Carlos Garés —productor de Arden—, quien interpreta al célebre adversario literario del cordobés: Quevedo. También aparecerán —en una semipresencialidad muy propia de los tiempos que corren— Iria Márquez (María de Zayas), Rosa López (Jusepa Vaca La Gallarda), Saoro Ferre (Felipe IV) y Manuel Valls (Lope de Vega).


La niebla se ambienta en la Córdoba de 1627, donde un Góngora ya desmemoriado está escribiendo en su celda cuando irrumpe Quevedo. El poeta conceptista se esconde en su celda de san Marcos en León huyendo de unos guardias. La sorpresa llega cuando se percatan de la presencia de su rival literario y empieza una acalorada discusión entre ambos. Góngora y Quevedo empuñan como armas sus papeles y se dan estocadas literarias, arrojándose los versos que el otro les compuso en un cómico encuentro que repasa los mejores poemas surgidos de su pugna. La lucha entre ambos se va dirigiendo progresivamente hacia otros temas, como, por ejemplo, a quién pertenece esa celda y dónde se encuentran —¿Córdoba o León?— hasta que empieza a aparecer el resto del elenco.


Uno de los puntos fuertes de la obra es el tratamiento que reciben los protagonistas. Los personajes aparecen humanizados; nos muestran sus cosas buenas, sus debilidades, sus groserías, sus dudas, sus aspectos menos políticamente correctos… Los actores que les dan vida, cuerpo y voz, lo hacen de forma que el público puede sentir que verdaderamente está escuchando hablar a estos personajes, que para muchos no son más que nombres sobre un papel. En ese sentido destaca la actuación de Juan Carlos Garés y Chema Cardeña, que saben muy bien llevar a escena a Quevedo y Góngora y hacen olvidar al público que se trata, efectivamente, de actores. Esto resulta sumamente importante, pues la obra tiene como eje central la psicología de los personajes, sus conflictos internos, sus relaciones… En general, las actuaciones fueron excelentes y, en algunos puntos, conmovedoras.


Las apariciones del resto del elenco, casi fantasmales, no se hacen sobre el escenario propiamente, sino a través de proyecciones audiovisuales en el telón que cubre la parte posterior de la estancia en la que se encuentran los poetas. Cabe señalar que los diálogos grabados y proyectados se presentaron muy bien medidos y cuidados, compenetrándose a la perfección la presencialidad con la virtualidad —en eso, nos sacan ventaja a muchos que hemos tenido que sufrir el teletrabajo—. Estas visitas servirán en la trama para plantear nuevos temas y conflictos y hacer avanzar la farsa. Así, personajes como María de Zayas o Lope de Vega pasan por la celda —nombre acertadamente ambiguo que emplean los personajes para referirse al espacio patente— a saludar a los poetas. Destacamos la divertida aparición de Lope de Vega. El Fénix, que se había intentado mantener por encima de sus rivales esquivando sus groseros ataques, acaba perdiendo los papeles y entrando al juego de los otros, en un episodio sumamente cómico en que los insultos se arrojan sin miramientos.


Durante la obra, estas proyecciones ilusorias, que muestran una realidad más ficticia que tangible, sirven tanto para mostrar a los personajes como al espacio en que cada uno de los poetas cree estar. Recordemos que la niebla que cubre la memoria de un Góngora en sus últimos días de vida, que ya no es capaz de recordar ni tan solo sus propios versos, será uno de los hilos conductores de la farsa. En consecuencia, no debemos fiarnos de todo lo que aparece en escena. En este sentido, la luz también se muestra efectiva, pues proyecta sobre cada poeta la silueta de la verja de una ventana. Por esta, ambos mirarán hacia el exterior de la celda y verán lo que cada uno de ellos desea ver. Además, cambiará de intensidad y tono según las reflexiones de los poetas. Finalmente, les ayudará a disipar la niebla que cubre sus recuerdos y les arrastrará hacia la verdad.


Si hay un efecto de la escenografía que merece destacarse es, precisamente, el de la niebla que cubre el escenario y, progresivamente, a todo el público. La Sala Russafa, en ese sentido, resulta idónea para la representación por su tamaño y disposición, ya que acaba integrando al público en las preocupaciones del cordobés.


El espacio representado en esta obra es metonímico, con pocos elementos. No obstante, resulta en ocasiones ciertamente ambiguo, pues en ello reside parte del encanto del montaje. La escena es cerrada y en el escenario encontramos dos escritorios —el del cordobés y el del madrileño—, uno a cada lado. A la derecha de la sala, por donde entra Quevedo al inicio, nos señalan la entrada latente de la celda. Detrás, el telón de fondo que sirve para las proyecciones se cerrará oblicuamente para mostrar a los personajes que se asomarán al interior de la estancia. Es evidente que la proyección no se da donde debería ubicarse la puerta real, por la que entraba Quevedo. Además, ese telón cubre la parte posterior donde se encuentra una habitación (con una cama, una silla, un reclinatorio y una gran cruz), por lo que difícilmente podría tratarse de la puerta de entrada. Estos datos incoherentes, sumados a las proyecciones y a que nunca estamos seguros de dónde se ubica la celda, resultan anti-ilusionistas y desrealizadores. Así, todo lo señalado hasta ahora ayuda a recrear esa atmósfera nublosa y desconcertante que solo al final de la obra revelará su verdadero sentido.


La ambientación en los Siglos de Oro no es un obstáculo para que el montaje toque temas de rabiosa actualidad como es la reivindicación del papel de las mujeres en las letras y en la sociedad, las complicadas relaciones entre el poder y el desempeño artístico, además de una crítica a la visión que personajes más actuales que Quevedo tienen acerca de Madrid como centro del país que, irremediablemente, desprecia al resto del territorio. También se tocan temas más universales como lo difícil que resultaría para cualquiera saberse desmemoriado y no poder confiar en lo que le dictan sus sentidos.

En conclusión, La niebla es muchas cosas, pero sobre todo se revela como un cuidado y cariñoso homenaje a los dos grandes poetas del Barroco español, al mundo teatral de la época y a sus otros protagonistas, ya sean actrices, escritoras o poetas.

Lucrecia de Dios

II

El pasado día 14 de noviembre asistí a la representación de La Niebla, dirigida por Chema Cardeña en la Sala Ruzafa. Este montaje versa sobre la enemistad de dos grandes autores de nuestra literatura: Luis de Góngora y Francisco Quevedo. La obra narra el regreso de Góngora a su ciudad natal, Córdoba, después de un episodio de amnesia, donde se encuentra con su enemigo, Quevedo, en su domicilio. Gracias a este encuentro se dará rienda suelta a diversos conflictos, navegaremos por los diferentes recuerdos de estos personajes míticos y nos toparemos también con diversas personalidades del Siglo de Oro.

Este montaje ha sido llevado a los escenarios para celebrar el vigésimo quinto aniversario de la compañía teatral Arden Producciones. Esta compañía teatral fue fundada por los actores que dan vida a los dos literatos, Juan Carlos Garés y Chema Cardeña, con un objetivo: el de dar vida a montajes de aspecto clásico mediante textos actuales.

Una de las curiosidades que entraña este montaje es que el espacio es muy difícil de concretar hasta el final de la obra, ya que cada uno de los personajes dice estar en un espacio diferente: mientras que Góngora cree estar en su tierra natal, Quevedo asegura que se encuentran en una prisión en León. Lo realmente interesante es que no se encuentran en ninguno de los dos lugares, puesto que ambos están en una especie de purgatorio en el que, gracias a los momentos que han pasado en compañía del otro, han podido limar de alguna manera sus diferencias.

En cuanto al tiempo, volvemos a encontrar esa dificultad por enmarcar la acción en un período determinado ya que, como hemos dicho antes, al final de la representación nos damos cuenta de que ambos escritores están en el limbo. Pese a su estructura clásica aristotélica y las personalidades presentes del Siglo de Oro, la obra aborda diversos temas actuales como son el papel de la mujer en la sociedad, la justicia o la corrupción. Personalmente, me ha gustado mucho la manera en la que han tratado el primero tópico.

La Niebla nos acerca dos figuras totalmente desconocidas, la cómica Jusepa Vaca “La Gallarda”, representada por Rosa López, y la escritora María de Zayas, interpretada por Iría Márquez. La primera nos muestra lo mal vistas que estaban las actrices en aquella época, muchas veces eran despreciadas y no dudaban en tildarlas de prostitutas. Esta visión de gran parte de la sociedad es representada por Quevedo, que desde el primer momento la trata como un ser inferior por el hecho de ser actriz, y aunque Góngora la defiende, lo que más destaca de ella es su habilidad de vestirse de hombre para sus representaciones.

En cambio, la segunda mujer que aparece en escena es una escritora del Siglo de Oro español y una de las primeras mujeres que reivindicó el papel de estas en la sociedad. Las mujeres que protagonizan su prosa protestan contra su situación social, sus obras no buscan entretener, inducen a la reflexión. En la representación, de Zayas también se enfrenta a Quevedo ya que solo tiene para ella comentarios misóginos. La aparición de estas dos figuras femeninas es importantísima porque se trata de mujeres que rompieron moldes y fueron “libres” de ser y hacer lo que ellas querían. La obra rescata dos personajes relevantes olvidadas como tantas otras, realizando una función esencial en la recuperación de personalidades influyentes que destacaron en la sociedad de alguna manera o de otra.

Estos personajes aparecen en el escenario a través de vídeos que se proyectan en una de las partes del decorado (que es móvil). Así pues, podemos observar como el teatro incorpora las nuevas tecnologías tan vigentes y utilizadas en nuestra vida diaria. Lo interesante de este tipo de apariciones es que los personajes de las grabaciones interactúan con Góngora y Quevedo, como si de viodeollamadas se tratase. Los protagonistas de estas “llamadas” aparecen enmarcados por un fondo gris y nebuloso, lo que nos puede dar pistas del lugar donde se encuentran realmente estos dos grandes escritores de la literatura española.

La decoración del escenario no es muy llamativa, salvo los paneles blancos utilizados para proyectar las diferentes apariciones de los personajes. En primer término, encontramos dos escritorios y dos sillas separadas para cada uno de los autores; Detrás de estos, los paneles blancos para proyectar aquello que los personajes veían por la ventana. Las luces en esta parte del escenario eran oscuras, buscando crear una atmosfera misteriosa. El juego de luces empleado es muy interesante: en ocasiones son cálidas y simulan el alumbrar de las velas, en otros momentos simulan la luz del sol. En el momento en el que el espectáculo llegó a su fin y se destapó el lugar en el que se encontraban Góngora y Quevedo, las luces se vuelven totalmente blancas y las máquinas de humo llenaron el espacio de niebla para crear ese ambiente místico de purgatorio o limbo.

Esta representación me ha parecido una propuesta muy interesante ya que trata una de las enemistades más famosas de nuestra literatura. Pese a la ambientación de la acción dramática en el imaginario áureo, nos muestra como los conflictos de hace siglos siguen siendo temas de completa actualidad que siguen afectando a la sociedad y nos siguen produciendo verdaderos quebraderos de cabeza y múltiples disgustos.

Lucía Fernández Herrero

III

“La niebla” es una comedia escrita por Chema Cardeña que aborda un hipotético encuentro entre Luis de Góngora y Francisco de Quevedo en la fase final de sus vidas. En la obra se tratan una gran diversidad de temas como su enemistad, la relación del poder con el arte, la forma y función social de este o el papel de las mujeres en la sociedad del momento.

El montaje corre a cargo de la compañía Arden Producciones, fundada hace 26 años por Chema Cardeña y Juan Carlos Garés. Cabe mencionar que ambos fundadores dan vida en esta propuesta a Góngora y Quevedo. Con esta obra la compañía pretendía celebrar su 25 aniversario, sin embargo, debido a la pandemia tuvo que posponerse hasta el 2021, conmemorando así el que ellos han llamado “25+1 aniversario”. Este montaje es un homenaje a sus inicios, ya que Arden comenzó su andadura con la representación de “La Estancia”, una obra en la que también se recreaba el encuentro entre dos escritores sumidos en una profunda enemistad: Shakespeare y Marlowe.

En relación con la obra que nos atañe, el encuentro entre los autores españoles ocurre en un espacio y en un tiempo indeterminados. Este es uno de los grandes interrogantes y objetos de discusión dentro de la obra. La confusión se debe a que tenemos dos perspectivas cognitivas que se oponen: Góngora asegura que ambos se encuentran en su casa, en su querida Córdoba; mientras que según Quevedo se encuentran en su celda, en León.

Respecto a los temas que se abordan, el primero que podríamos destacar es la enemistad entre Góngora y Quevedo. La obra comienza con el “encuentro fortuito” entre ambos, el posterior reconocimiento mutuo ya que la estancia está oscura, y la lectura de algunos de los poemas que se dedicaron el uno al otro. De hecho, los autores guardan los poemas del rival y los leen pasionalmente generando cierto ambiente cómico ante los insultos que se dedican mutuamente. Este choque está presente durante casi toda la obra en mayor o menor medida, aunque en ciertas ocasiones pasa a un papel muy secundario y da la impresión de asistir a un encuentro entre dos amigos de toda la vida.

La aparición de otros personajes áureos proyectados de forma espontánea facilita la progresión y variedad temáticas. El primer personaje en aparecer es Lope de Vega. En la obra se expone la existencia de cierta enemistad entre Quevedo y este escritor, fruto de uno de los debates que propone la obra. Mientras que Quevedo y Góngora optaron por una literatura barroca de complejidad formal, Lope apostó por unas obras mucho más próximas al pueblo, lo que provocó en parte que tuviera un éxito enorme en su época. Así, en el texto teatral, Quevedo critica abiertamente a Lope por la realización de un teatro excesivamente comercial, con lenguaje plano y sencillez y reiteración temáticas.

Otro conflicto muy interesante en relación con el arte que propone es su mirada y su finalidad. A lo largo de la obra, Quevedo realiza varias alusiones a la situación de decadencia en la que se encontraba el Imperio español. Así, el autor le recrimina al cordobés la falta de realidad en sus obras, la ausencia de denuncia ante las injusticias del momento, la evasión que realiza al evocar mundos lejanos, personajes míticos. Le recrimina, en definitiva, que su poesía esta vacía de contenido, especialmente de contenido social. Se propone de esta forma si el arte debe estar comprometido o no, uno de los grandes debates de la historia en relación con este.

Los siguientes personajes en aparecer son la actriz Jusepa Vaca “la gallarda” y la escritora María de Zayas, que introducen una problemática que se subraya bastante en la obra, que es el papel de las mujeres en la época. En estas intervenciones cobra también gran relevancia Quevedo, cuya misoginia es realmente sorprendente. Esto dará lugar a una confrontación entre el autor madrileño y ambas mujeres. En primer lugar, asistimos a la discusión con Jusepa. Al rechazo que sufre Quevedo por las mujeres se le une el que siente por el teatro. Así, para el autor madrileño, ser actriz de comedias es sinónimo indudable de prostituta. También en esta línea encontramos el encuentro con María de Zayas, que reivindicará el papel de las mujeres escritoras, las cuales sufrían una inmensa discriminación al considerarlas la mayor parte de la población como ineptas para la labor intelectual. No es casual que Cardeña haga aparecer a esta autora coetánea, de éxito, que ha sido borrada del canon del Siglo de Oro.

Finalmente, otro tema que adquiere bastante relevancia en la obra es la relación del arte con el poder. Se nos cuenta cómo Góngora acaba en la miseria tras la pérdida del mecenazgo del conde de Niebla y el rechazo de la Corte. Hacia el final de la obra, aparece el rey Felipe IV y libera a Quevedo de su pena, no sin antes hacer un discurso sobre que los artistas son prescindibles frente a los que ostentan el poder, que no lo son.

Del montaje cabría señalar especialmente la proyección de los cuatro personajes anteriormente mencionados. El escenario cuenta con dos planos. El primero, más próximo al público imita una especie de estancia de la época con un escritorio a cada lado, uno para cada escritor. Entre el primer y el segundo término hay una especie de pared móvil blanca que hace la función de pantalla, bien de personajes, bien de paisajes o fondos. Esta pared podía desplazarse en su mayor parte hacia el interior del escenario habilitando un segundo espacio compuesto por una cama y una cruz. Este plano tiene una importancia más bien secundaria en la obra. Desde mi punto de vista, el montaje es bastante innovador, no lo suficiente como para distraer al espectador, pero sí lo suficiente como para ayudar a crear un ambiente extraño propio del espacio indeterminado en el que se encuentran Góngora y Quevedo.

Continuando con el montaje, el vestuario y la decoración son fundamentales para situarnos en la época abordada. Tiene bastante importancia la luz dentro de la obra: al inicio de la obra, el escenario está prácticamente a oscuras, con la única iluminación de unas velas. Esta oscuridad consigue que en un principio los personajes no se puedan reconocer el uno al otro, creando cierta comicidad. Después, la luminosidad aumenta, especialmente en los momentos en los que se acercan a lo que sería la ventana. Sin embargo, al final, la luz se va volviendo tenue en el momento de la pérdida de la memoria de Góngora, a lo cual se le suma la aparición de la niebla. Esto choca completamente con el momento en el que la luminosidad aumenta representando que se encuentran en un espacio que podríamos caracterizar como celestial en el que Góngora recupera la memoria.

 En mi opinión, lo mejor de la obra es que todos estos temas siguen muy presentes en la actualidad. De hecho, llama la atención cómo en algunos sentidos la sociedad no ha cambiado tanto como a veces llegamos a creer: los debates sobre la forma y la función del arte siguen hoy muy vivos en determinados ámbitos. La discriminación hacia la mujer aún no ha concluido después de siglos y siglos, especialmente en el ámbito intelectual más elevado. Finalmente, la influencia de los grupos de poder y el Estados en el arte, sobre todo cuando atañe a la promoción de obras que proponen ciertos esquemas de pensamiento, es incuestionable.

Víctor Barberá Puig

Sala Russafa, 21 de octubre al 14 de noviembre de 2021

Actores – Chema Cardeña y Juan Carlos Garés; Actores en audiovisual – Iria Márquez, Rosa López, Saoro Ferre y Manuel Valls; Texto original – Chema Cardeña; Escenografia – Luis Crespo; Iluminación – Pablo Fernández; Vestuario – Pascual Peris; Caracterización/Maq-Pel – Merche Luján; Espacio Sonoro – Littlefields; Diseño Gráfico – Miguel Quesada; Fotografia – Juan Terol; Creación Audiovisual – Josemi Felguera; Utilería y Atrezzo – María Poquet; Regiduria – Juanjo Benavent; Grabación vídeo – InusualPr; Cartel – Riki Blanco; Producción – Arden Producciones S.L.; Producción Executiva – J.C. Garés / David Campillos; Equipo producción – M. Carmen Giménez / Marco Antonio Castellanos
Coordinación Técnica Gira – Yapadú Produccions S.L.; Comunicación – María García Torres; Redes/Promoción – Almudena Iglesias; Administración – Cruz Gasteazy; Distribución – Carles Alonso #ArdenOnTour; Ayudante Dirección – Jerónimo Cornelles; Dirección – Chema Cardeña

¿Quién te va a salvar?: «Fer-te el sopar i altres delícies» de Ester Medrano y Lucía Sáez

Nuria Sánchez Lara

No sé exactamente qué me esperaba, pero, sin lugar a dudas, lo que presencié, no. Acababa de llegar a Valencia, esa ciudad que lucha cada dia por ser mi hogar. Se había hecho de noche a pesar de que eran las seis y treinta y cuatro de la tarde. El domingo se había oscurecido y nuestras esperanzas de llegar al teatro brillaban por su ausencia. Llegábamos tarde. Otra vez. Para variar. Irse rozando la hora con la yema de los dedos es algo que solo puede salir bien en las películas. Bajamos del autobús, nos abandonó en medio del caos de la capital. Abrimos Google Maps como dos guiris perdidos y corrimos siguiendo las indicaciones de la monótona voz que salía del móvil. Cinco minutos para que cierren la taquilla. Semáforo en rojo; la espera es agonizante. Prácticamente, nuestros pies volaron hasta llegar a Russafa. De repente, ante nosotros, allí estaba: el teatro. “Hola, soy Nuria Sánchez. Había reservado dos entradas para Fer-te el sopar i altres delícies”. “Ací les tens. Disfruteu”. “Moltes gràcies”. Cierra la taquilla. Parecía mentira, pero habíamos llegado.

Nos sentaron en primera fila, de manera que estábamos a la misma altura que el escenario. Entre él y nosotros, la comunicación era entre iguales. La sala se apagó y nos dejó a todos en la penumbra. Una luz blanca encendió el escenario y permitió que viésemos un sillón acompañado de una planta colocados en el centro y, en cada lado, una tela que caía del techo y llegaba hasta el suelo. No esperaba demasiado, si soy sincera, pero entonces aparecieron los personajes, dos mujeres y, ¡qué mujeres! El decorado que componía la obra apenas hablaba, sin embargo, añadir más elementos habría sido llenarla de ruidos innecesarios. 

Las dos eran muy diferentes. Una de ellas era más joven, delgada y alta. Esta, vestía de blanco y llevaba el pelo suelto, mientras que la otra, había elegido ropa negra y su peinado era muy perfecto y estirado.  

La obra alternaba escenarios más realistas con cuadros fantásticos e incluso, surrealistas. Al principio, era algo que chocaba por la rareza de la primera escena. Empezó a emerger humo, las luces se volvieron del color de la sangre y nuestras protagonistas salieron de detrás de las telas convertidas en Caperucita Roja y la Abuelita. Mi acompañante y yo nos miramos con cara (o más bien, ojos) de extrañeza. Reacción comprensible teniendo en cuenta que la primera escena era una especie de conversación, con un tono bastante humorístico, con el público. A partir de este momento, se empezó a entender cómo iba a ser la dinámica de la obra, así que, cada vez que la luz se teñía de rojo, nos preparábamos para irnos a un mundo alejado del nuestro. 

Todo este conjunto planteaba una pregunta importante que, al final, era el mensaje que ibas a masticar durante la cena: ¿quién te va a salvar? A veces debemos dejar que nos cuiden, nos mimen y nos ayuden, pero cuando el elemento en el que nos apoyábamos desaparece, ¿quién va a estar ahí? Solo nosotros mismos. No podemos permitirnos mimetizarnos con una niña asustada que espera con ansia la llegada de un cazador que la rescate. 

La obra hablaba de cuidar a los demás, pero, sobre todo, de cuidarse a uno mismo ya que es algo que últimamente se tiene un poco olvidado porque incluso el quererse se ha comercializado, es puro marketing o son tontos consejos de self-care en un post de Instagram con un fondo bonito. Uno de los actos no solo muestra a la perfección toda esta falsedad, sino también, el estado de culpabilidad en el que podemos caer por no echarnos la crema de la mañana y de la noche, no comer ensalada todos los días, no estar haciendo suficiente deporte, no subir una foto del viaje que he hecho con mi familia… La mujer que vestía de negro iba siendo aplastada por toda esa presión social al ritmo que la de blanco le iba soltando todos estos “autocuidados”. 

Lo interesante y lo que más me ha gustado es que consiguió hacernos reír y, por encima de todo, llorar. Una hija desquiciada y sin tiempo se dedicaba al cuidado de su madre, cuya memoria se había marchado hacía tiempo. La hija buscaba las llaves sin ningún éxito y su madre solo hacía que quitarse la zapatilla. Cada vez que lo hacía, la mujer perdía más el control sobre la situación ya que a todo esto se iban añadiendo nuevas tareas que debía realizar ese día. Mientras esto ocurría la señora, sin ser ella la que hablaba realmente, miraba al público y hablaba de cuántas personas había en esa situación, entregándoles su tiempo a personas que solo estaban de cuerpo presente. Entonces giró la cabeza y le dijo: ‹‹¿y a ti quién te va a cuidar?›› Lo más bonito de todo esto fue que en el último intento de colocarle la zapatilla, halló dentro de ella las llaves que creía perdidas. Mi acompañante y yo nos miramos con ojos llorosos y supimos que la obra nos estaba hablando.

Su madre al final las encuentra porque ellas siempre lo encuentran todo y velan por los cuidados de sus hijos, pero no siempre estará, no siempre estarán. Cuando esto ocurra, nos preguntaremos quién nos salvará, entonces tendremos que protegernos porque nosotros somos los únicos que nunca nos vamos a abandonar (o no deberíamos abandonarnos). 

Sin embargo, aunque este fuese el mensaje principal de la obra, yo me quedé con uno un poco más secundario, tal y como a veces me sentía en mi propia vida. ¿Cuándo van a ser tus últimas veces?, nos espetaron. ¿Cuándo comeré espaguetis con mi hermana por última vez? ¿Cuál será mi último sorbo de cerveza en jarra congelada? ¿Con quién cantaré en el coche en mi último viaje? ¿A quién le diré mis últimas palabras? Al cumplir la edad que nos permite almacenar los recuerdos, empezamos a saber cuáles son nuestras primeras veces, pero jamás intuiremos o seremos conscientes de que ahora estamos haciendo ciertas cosas que podríamos no volver a hacer mañana. La realidad de esas palabras hizo tangible ese momento, casi corpóreo, como si alguien me abrazase. Entonces me di cuenta que tampoco sabía cuándo pasearía por las calles de Valencia por última vez. No obstante, ese día, empecé a sentirme como en casa.

Sala Russafa. Del 18 al 28 de noviembre de 2021

Dramaturgia Ester Medrano i Lucía Sáez.; Intèrprets Ester Medrano i Lucía Sáez.; Creació escènica La SubTerránea; Direcció escènica Paco Zarzoso; Diseny de vestuari José Maria Adame; Disseny de llums Disego Sanchez; Espai esènic La Subterránea.; Espai sonor Lucía Sáez; Direcció Tècnica Diego Sanchez; Producció La Subterránea; Il·lustració Matilde Criado; Correcció Robert March; Video Nacho Carrascosa; Foto Nerea Coll; Distribució Xema Soriano

Un periquito en la pecera: «El jardín de Valentín», de Tranvía Teatro

María Carrió Asensi – Coral Pérez Contreras

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El pasado domingo 5 de diciembre fui a la Sala Russafa a ver el último espectáculo de la compañía Tranvía Teatro. Esta es una compañía aragonesa que ha traído a Valencia un espectáculo teatral llamado El jardín de Valentín.

La compañía teatral Tranvía Teatro es una compañía cuyo origen se remonta al Aragón de 1987, en el que un grupo de estudiantes de Arte Dramático decidieron crear una compañía de teatro profesional. En 1992, después de haber llevado a cabo seis espectáculos, el Gobierno de Aragón la declara Compañía Concertada. Tres años más tarde, enfocarán su labor dramatúrgica en la creación de un espacio escénico en Zaragoza para dar paso, en 1996, al Teatro de la Estación.

No obstante, a partir de ese momento deja de ser Compañía Concertada del Gobierno de Aragón y, hasta 1999, será compañía titular. Un año más tarde, Tranvía Teatro y el Teatro de la Estación se separan de manera parcial. La compañía Tranvía Teatro se orienta hacia la producción artística, mientras que el Teatro de la Estación acogerá compañías y espectáculos internacionales.

La obra El jardín de Valentín se estrena por primera vez en Portugal el 9 de noviembre de 2021, bajo una iniciativa internacional del Circuito Ibérico de Teatro. Tras su estreno en el Teatro Das Beiras de Portugal, se trajo hasta el barrio de Russafa, en Valencia.

El jardín de Valentín es un espectáculo teatral que toma los textos de grandes dramaturgos y humoristas como Samuel Beckett, Karl Valentin y Rafael Campos. Bajo la dirección y puesta en escena de Cristina Yáñez, cuenta con la maravillosa interpretación de Javier Anós, Daniel Martos y Natalia Gómara al piano.

Para la representación de la obra, se dispone tan solo de una sala con un piano y dos banquetas. Del diseño del espacio escénico y el atrezzo se encarga F. Labrador y tanto en el suelo como en la pared hay proyecciones de imágenes que simularán el paso del tiempo, ayudarán a ubicar la acción o respaldarán con algún tipo de soporte audiovisual aquello que los personajes están diciendo. En ese sentido, se puede hablar de un espacio de la representación icónico polivalente.

El espectáculo comienza en el momento en que dos individuos se encuentran en un espacio indeterminado que, por las proyecciones del suelo y de la pared, parece remitir a un jardín, probablemente el jardín de Valentín. Estos dos personajes discuten por el hecho de encontrarse siempre en el mismo lugar y cuestionan cuál es el sitio que debería ocupar el otro. Bajo este cuestionamiento de su posición, y del lugar que ocupan, se articulará toda la trama de El jardín de Valentín.

Para todas estas reflexiones en torno a la existencia, la iluminación y las proyecciones de vídeos o soportes visuales serán muy importantes, ya que servirán de apoyo fundamental para los personajes. De ello se ha encargado Felipe García Romero y consigue reforzar el espacio escénico dotándolo de una singularidad y una fuerza muy característica.

Este espectáculo es un espectáculo metateatral en el que todo él gira en torno a la función del teatro, del espacio que ocupan los actores y las actrices y cómo los recibe el público. Para hablar de esta contraposición hay una constante alusión a un «ellos» y a un «nosotros». Esta distinción se ve reforzada en el vestuario, de la mano de Jesús Sesma, ya que los personajes van vestidos con ropajes propios de la clase baja de finales del siglo XIX, lo cual los distancia más de aquel «ellos».

Aluden al término «ellos» para referirse a lo que está fuera del teatro; a lo que está más allá del círculo de la representación y de la propia sala en el que se está llevando a cabo. Forma parte de este «ellos» el público, que viene de fuera y se introduce en la sala y en la representación tan solo durante un rato. Por el contrario, ese «nosotros», hace referencia a los propios actores, y está en constante diálogo con el «ellos» al que quieren acercarse, pero no pueden. Toda su vida parece encerrarse en la esfera de la representación.

Los personajes de Daniel Martos y Javier Anós (que en ningún momento reciben nombre) intentan desligarse de aquello que los ata y los condiciona durante la representación teatral. Ellos mismos comienzan a tomar consciencia de su propia existencia como personajes que representan un papel que ya está escrito, y quieren romper con ello; transgredir las normas y lo establecido en el guion. Es por ello por lo que hay constantes alusiones a las jornadas teatrales y al oscuro. Los personajes quieren que las jornadas terminen y llegue «el oscuro final». Están cansados de representar siempre lo mismo.

Poco a poco entre estas discusiones, que dan lugar a conflictos y debates entre los dos personajes, se van intercalando historias que ellos cuentan y para las cuales usan una bolsa de la cual van sacando objetos. De este modo, el personaje de Daniel Martos cuenta la historia de cuando fue con su madre a ver una obra de teatro a la Sala Russafa, sacando un plano de la bolsa. Aquí se hace una referencia directa a la sala de la representación a través de la cual se puede intuir un pequeño resquebrajamiento de la cuarta pared.

Por su parte, el personaje de Javier Anós, sacará un pez de cartón de color dorado para contar aquella vez que intentó poner el pez en la jaula del periquito y el periquito en la pecera. Esta es una metáfora muy llamativa que de nuevo permite entroncar con las reflexiones acerca del lugar que ocupan los personajes. El pez en la jaula del periquito se muere porque no es su lugar, del mismo modo en que ellos no consiguen salir del círculo de teatro porque no se sienten pertenecientes al «ellos» constante al que aluden, aunque quieran formar parte de él.

A medida que los personajes van hablando, las imágenes proyectadas sobre el suelo y la pared cambian. Se proyecta el amanecer, atardecer y la luna. Esto nos puede llevar a pensar en el paso del tiempo dentro de la fábula. A través de las imágenes del amanecer y anochecer podemos intuir que en la fábula pasarán aproximadamente tres días. Aunque todo ello se concretará en un tiempo real de una hora y diez. A esta duración y diferenciación entre el tiempo teatral concentrado y el tiempo real también aludirán los propios personajes a partir de lo que sucede en el segundo día del drama.

En el segundo día, los personajes hablan de los bichos como animales domésticos, y de la vaca como el animal más doméstico de todos, ya que da leche y la leche está en todas las casas. A la vez que hacen referencia a estos animales, en la pantalla del suelo se proyectan imágenes de los distintos bichos que van mencionando, así como del estampado de una vaca. No obstante, hay un momento en que comienza a hacerse cada vez más oscuro, sin terminar de sumergir la escena en una completa oscuridad, pero los personajes se pierden de vista.

El personaje de Daniel Martos le pregunta al de Javier Anós a dónde ha ido, y si es que ha ido a buscar una salida. Aunque en ese momento no se especifica a qué salida se refieren, a medida que avanza la representación se entenderá que se refería a una salida del teatro, para poder estar con ese «ellos» al que se refieren; el público y los de fuera.

El personaje de Javier Anós le responde que ha ido a mear, ya que lo necesitaba porque la segunda jornada siempre es la más larga y quiere que llegue ya el oscuro. A continuación, el personaje interpretado por Martos dirá: «La última palabra tiene siempre la palabra FIN». Esta frase es muy esclarecedora, ya que se hace alusión directa al texto teatral. Un texto teatral que los está oprimiendo y cuya representación no los deja salir.

Sim embargo, el personaje de Javier Anós se cansa de esperar a que llegue el oscuro y le dice a su compañero que se va a ir como si fuera uno de «ellos». Por la misma puerta por la que salen «ellos» y con «ellos». Sale por un lado de la sala, por la puerta que ha usado el público para entrar, y que usará luego para salir, y se marcha.

Lo siguiente que se escucha es una llamada telefónica. El personaje de Daniel Martos responde y en la pantalla se proyecta la imagen de su compañero, quien ha conseguido salir y convertirse en «uno de ellos» y ahora está viajando por el mundo. No obstante, esa ilusión dura poco, ya que minutos más tarde vuelve a introducirse en la sala de la representación. A continuación, se da una ruptura completa de la cuarta pared y se juega con el tiempo de la representación y el tiempo de la fábula.

El personaje de Javier Anós asegura haber estado fuera cerca de nueve meses, casi un año. Sin embargo, su compañero le responde que eso es imposible, porque la gente que está sentada en las butacas es la misma, no ha pasado el tiempo que él dice. Hay un intento de aceleración de la acción frustrado, ya que es el propio personaje de Martos el que dice que la percepción que tiene de haber estado fuera casi un año es una ilusión, ya que el público es el mismo. Aquí la escena se convierte es una escena integrativa que mete al público también dentro de la representación, ya que uno de los personajes ya no está en el escenario, sino en el patio de butacas y apela directamente al espectador; rompiendo la cuarta pared.

Al final, el personaje de Javier Anós vuelve al círculo de la representación y habla con su compañero sobre cómo tienen que hacer un espectáculo final que haga reír al público, ya que no quieren que se vaya triste, aunque ellos sigan encerrados en su existencia y no puedan convertirse en ese «nosotros» tan anhelado. Es por ello por lo que la obra se cierra con un baile final al ritmo del piano, que ha ido acompañando todas las escenas anteriores. Cuando finaliza el baile, los tres personajes acuden al centro del escenario y saludan, pero el oscuro sigue sin llegar. En este momento, el personaje de Javier Anós dice que han de marcharse, el oscuro tendría que haber llegado, pero no lo ha hecho. Los espectadores ya llevan una hora y diez viendo la representación, por lo que es hora de irse. Dicho esto, los actores abandonan la escena, y acto seguido se hace el oscuro.

El hecho de que no haya oscuro final, mientras los personajes están en el escenario y dicen haber terminado con la representación, puede resumir perfectamente toda la esencia de la obra y cómo, al igual que el escenario, toda ella tiene forma circular. El principio es el final y el final es el principio. Nunca acaba y todo el rato sucede lo mismo.

Los personajes tienen miedo de salir, y finalmente, como hace el personaje de Javier Anós, termina volviendo al círculo; al jardín de Valentín, porque es el lugar en el que se sienten ellos mismos y, aunque quieran existir fuera de él, no pueden hacerlo.

Por mucho que quieren formar parte de ese «nosotros» que ha ido a verlos, y del que forma parte el público, cuando el personaje de Javier Anós sale y vuelve al espacio de la representación, se da cuenta de que realmente no puede existir fuera de él; siempre termina volviendo. Tenía que volver y vuelve.

Esta representación anacrónica que combina vestimentas propias de finales del siglo XIX y tecnología y proyecciones, con las cuales interactúan los personajes, apela directamente al espectador y lo hace partícipe desde ese «nosotros» al que los personajes se quieren acercar y con el que quieren mimetizarse para dejar de interpretar un papel.

Una representación fascinante, divertida y con un mensaje que invita a la reflexión a través de personajes que beben de Buster Keaton, Charlot o los hermanos Marx. Una reflexión, ya no solo en torno al mundo del teatro, sino también al mundo de ese «nosotros»; de los de fuera del teatro.

¿Hasta qué punto ese «nosotros» está también encerrado en su propia representación? ¿Hasta qué punto nosotros también interpretamos un papel que se nos impone? Los personajes quieren salir de teatro porque piensan que así serán libres, ¿pero son realmente libres los que están viendo la representación?

2

En esta obra se nos presenta a tres personajes sin nombre. Por un lado, tenemos a la mujer de pelo rosa (Natalia Gomara) que solo está allí para tocar el piano en determinados momentos y para ir ofreciendo el poco atrezo que se presenta en la obra. Su existencia parece fluctuar entre el estar y el no estar (pese a mantenerse siempre en escena), pues en varias ocasiones los otros dos personajes, que podríamos calificar de los verdaderos protagonistas, no parecen notar su presencia, pero en otras ocasiones hablan como si fuese parte de su grupo.

Por otro lado, tenemos a dos hombres, uno mayor (Javier Anós) y otro más joven (Daniel Martos), que son los que tienen todo el diálogo (la mujer no habla en ningún momento, aunque sí hay cierta gestualidad por su parte). El joven se nos presenta como el más sabio y el de mayor edad como el más inseguro, incluso algo tonto. Sin embargo, los papeles de ambos evolucionan a lo largo de la obra, pues el mayor, que aparentemente parecía algo tonto, comienza a plantearse dudas existenciales y a reflexionar sobre su papel en el mundo, concretamente en su pequeño mundo, el cual parece ser el escenario. Mientras que por otro lado el más joven pasa de la seguridad absoluta a cierta inseguridad.

En lo referente al argumento, la obra en sí viene a consistir en el paso de varias jornadas (marcadas por la aparición de la luna y el amanecer en una pantalla que hace de fondo) en la que los personajes principales (el joven y el mayor) divagan sobre escenarios inverosímiles y sin sentido. Un ejemplo de esto lo tenemos cuando el mayor de ellos nos habla de la imposibilidad de meter sus peces en la jaula de su canario y a este en el acuario de sus peces o cuando el joven menciona la vez que fue al teatro con su madre y le sorprendió que teniendo que pagar ellos, fuesen los actores los que tuviesen el mejor sitio. Esta última anécdota resulta especialmente interesante, pues el joven menciona que fueron a ver la obra a la Sala Russafa, lugar donde nos encontrábamos los que acudimos a ver la representación.

Entre estos diálogos sin aparente sentido hay un momento, durante las primeras jornadas, en el que el joven menciona que él padece angustia existencial y que su compañero padece ansiedad existencial y creo que esto nos ofrece el inicio de una justificación que explica el por qué se han estado comportando como lo han hecho. Parece que están constantemente divagando por miedo a tratar un asunto concreto, y este asunto concreto es al fin sacado a relucir por el de mayor edad. Este le preguntará a su compañero en varias ocasiones qué sentido tiene la existencia de ambos, a lo que el joven terminará cediendo y dirá que su existencia no tiene sentido como tal, que lo único seguro es que están ellos, que viven dentro, y están los de fuera, que vienen de vez en cuando, pero terminan marchándose.

En esta diferenciación entre los de dentro (ellos) y los de fuera, podemos deducir que están hablando de que los de dentro son los personajes de una obra de ficción (concretamente la que estamos viendo) y los de fuera somos el público que asiste a verla. Esta idea se ve especialmente reforzada cuando el joven menciona que ellos solo existen cuando los de fuera llegan y que cuando estos se van se hace la oscuridad y la nada hasta que vuelven. En este caso la oscuridad representaría el final de la obra y la nada el hecho de que sin público la representación no tiene sentido y por tanto ellos, como personajes de dicha representación, no podrían existir.

Esta idea, que ya podríamos considerar metateatral, va más allá, pues ambos personajes terminan confesando que en más de una ocasión han tratado de irse con los de fuera (el público) y que al llegar a ‘la luz’ no se han atrevido a salir. Ninguno de los dos confiesa que es por miedo, pero se deja traslucir en la forma que tienen de hablar sobre el tema, especialmente el joven, que insiste en que no han salido todavía porque no están listos para ello y también en que las cosas deberían quedarse como están.

Sin embargo, esta aparente conformidad es rota por el mayor, el cual, en lugar de seguir el guion habitual en el que él se marcha antes que su compañero, dirá que se quiere quedar en escena el último, a lo que el joven responderá sorprendido, pero terminará cediendo. Una vez se queda en escena lo vemos salir por la puerta por la que el público ha entrado y tendrá que salir después, rompiendo de este modo la cuarta pared.

Al hacerse la luz de nuevo, vemos que un teléfono suena y el joven lo coge. Se nos muestra entonces en la pantalla del fondo al mayor de ellos caracterizado de turista y con fondos de diferentes lugares emblemáticos del mundo. Al parecer ha llamado al joven para acusarlo de cobarde por no atreverse a salir al mundo exterior, y le critica por haberle dicho que los de fuera vivían como ellos, pero en un mundo más pequeño.

Esta idea que nos hace pensar que el personaje de la ficción ha salido al mundo real se rompe por completo cuando vuelve a aparecer en escena y el joven le adivina todo lo que va a decir, mostrándonos de este modo que todo lo que ha pasado y su supuesto escape es parte del guion de la obra que están interpretando. El joven refuerza esta idea al decirle al mayor que lo que él ha considerado casi un año de estar en el exterior, en realidad han sido unos minutos, y que no hay ninguna posibilidad de que ellos puedan salir de dentro (el escenario o la obra).

En este momento de confrontación entre ambos personajes también es interesante que ambos hagan referencia directa al público en varios momentos, rompiendo de nuevo la cuarta pared (el mayor menciona en una ocasión que él ha sido como ‘ellos’ al salir del teatro, señalando directamente al público). En esta discusión también resultan interesantes las palabras del joven «todo es una sombra, una ilusión, una ficción». Estas parecen hacer referencia directa a la obra La vida es sueño de Calderón de la Barca, donde encontramos unos versos casi idénticos «¿Qué es la vida? Un frenesí./¿Qué es la vida? Una ilusión,/una sombra, una ficción (…)» (2010: 167). Y esto es especialmente interesante porque en la obra de Calderón en general y en este verso en particular se trata el motivo de que la vida es sueño, algo que en esta obra es uno de los focos principales, aunque en lugar de sueño podemos decir ficción, pues la vida para los protagonistas de la obra resulta ser literalmente una ficción.

Por último y tras la charla del joven, el mayor termina asumiendo que nunca podrá huir de allí y vuelve derrotado al escenario. Ante esto el joven le dice que no pueden terminar la función en un tono tan sombrío por lo que hacen un pequeño baile ridículo antes de terminar. Sin embargo, cuando se supone que la obra debía terminar y ambos se quedan quietos esperando la oscuridad, esta no llega. Ante esto el joven se pone especialmente nervioso y se dirige directamente al público diciendo que ya deberían haber terminado la obra y que al día siguiente volverían a representarla (justo al día siguiente se volvía a interpretar la misma obra en la misma sala). En este breve discurso hacia el público también dirá que la representación nunca es igual, probablemente haciendo referencia a que cada actuación, aunque sea de una misma obra, es diferente a las demás. Al fin las luces se apagan y se termina la función.

Una vez aclarado el argumento y la temática principal de esta peculiar interpretación, pasemos a hablar de algunos aspectos técnicos. El primero de ellos, la escenografía. Y es que, aunque es escasa, está muy bien utilizada.

En escena nos encontramos únicamente con un hermoso piano blanco, lugar en el que la mujer se pasará gran parte de la obra. Luego tendremos una pantalla que hará de fondo (lugar donde aparece la luna y el amanecer durante el paso de las jornadas) y otra pantalla en el suelo que tiende a proyectar hierba por el día y oscuridad total por la noche. Las pantallas son sin duda lo que darán más juego en la obra, pues no solo serán indicativas del paso de las jornadas junto a la iluminación (la cual se va haciendo más tenue conforme avanza el día) sino que también se usarán como representación de lo que los personajes van diciendo. Un ejemplo de esto lo tenemos cuando entre las múltiples divagaciones de ambos, el joven le dice al mayor que los de fuera no paran de provocar guerras y se matan entre ellos, algo que se verá representado en la pantalla del fondo con imágenes bélicas y cementerios. También tenemos otro ejemplo de uso de la pantalla en el momento ya mencionado en el que se nos muestra al mayor de los personajes cuando llama.

Esta escenografía, como ya se ha mencionado, se combina con la iluminación, la cual en esta obra adquiere un papel especialmente relevante. La iluminación no solo marcará junto a las pantallas el inicio y final de las jornadas, sino que, siguiendo el hilo de la argumentación, nos está indicando también cuándo se acerca el final de la obra y cuándo tenemos un momento de especial importancia (en este caso se ilumina mucho más la escena). Un momento especialmente interesante de la iluminación lo tendremos cuando todo queda en completa oscuridad al final de una de las primeras jornadas y los personajes cogen linternas y se iluminan solo su rostro, momento en el que podemos ver el miedo del mayor de los personajes ante la oscuridad y seguramente ante la idea de que pueda ser el fin de la obra y por tanto de su existencia temporal.

Acompañando a estos elementos tenemos el vestuario que, aunque se mantiene prácticamente constante en toda la obra, tiene ligeras variaciones. De base tanto el joven de los personajes como la mujer parecen llevar un atuendo de vagabundo, mientras que el mayor de ellos lleva un traje viejo y sucio. Durante la obra estos atuendos no cambiarán, sino que se añadirán elementos a ellos, generalmente sombreros. Lo vemos cuando hablan de las guerras y se ponen un casco y un sombrero de soldado o cuando el mayor llama y lleva unas gafas de sol y un colgante de flores. También en el baile final veremos que se ponen unos sombreros ridículos acorde con lo que están cantando. Es interesante mencionar que, aunque el personaje femenino no hace mucho durante la obra, sí será la encargada de ofrecer estos accesorios en la mayoría de las ocasiones y también tendrá el suyo propio para acompañar a los que llevan los otros dos personajes en cada momento.

En relación con este personaje femenino, tenemos el apartado musical. Y es que, la chica es la encargada de tocar el piano en momentos muy determinados donde acompaña con música las locuras de sus compañeros de escena. Música que se basará únicamente en ella tocando el piano y de vez en cuando en el canto de sus compañeros.

Por último, quería mencionar el trato del tiempo en esta obra, pues resulta algo peculiar. Los personajes nos hablan de jornadas como sinónimo de días, término que teniendo en cuenta la temática de la obra no parece ser fruto de la casualidad, pues es usado habitualmente para marcar los diferentes actos de una obra de teatro. El caso es que a lo largo de la obra podemos observar unas tres o cuatro jornadas (de nuevo, marcadas por la aparición de la luna y el amanecer) que no responden a una duración determinada (algunas son mucho más largas que otras) y que parecen marcar únicamente el cambio de acto. También vemos una incongruencia cuando el mayor de los personajes dice haber estado un año en el mundo exterior pero su compañero le puntualiza que han sido unos minutos.

Teniendo en cuenta todos estos elementos nos encontramos en definitiva ante una obra cuyo mensaje, aunque no sea directamente mencionado, se nos transmite no solo mediante los diálogos de los personajes sino también mediante el uso de todos los apartados escénicos, logrando de este modo que algo que el público comienza a deducir durante las primeras jornadas, quede muy claro de cara al final de la obra.

Sala Russafa. 4 y 5 de diciembre de 2021

Dramaturgia y dirección: Cristina Yáñez; Intérpretes: Javier Anós, Daniel Martos y Natalia Gomara; Diseño espacio escénico y atrezzo: F. Labrador; Iluminación/videocreación: Felipe García Romero; Espacio sonoro-arreglos musicales: Rubén Larrea; Vestuario: Jesús Sesma; Producción ejecutiva:  Fernando Vallejo